CARTAS A MIS HIJOS (JANA MARÍA ARAGÓN GAVIÑA)
- TOMO II -
V.J.M.J.
LA EDITORIAL
“DAVID, SAÚL…y su ABUELITO
PEPE LUIS”
tiene el gusto de presentarles:
“CARTAS A MIS HIJOS”
(“ASÍ VIVÍ LAGUERRA”)
TOMO II
TOMO II
V.J.M.J.
“Los ABUELOS
CARTA XV
Burgos 8- 4- 1.985
Mis queridos
hijos: Otra vea con vosotros.
Me alegró
mucho……………………………………………….. ....................................................................................
Hoy sí
que cojo la pluma la mar de contenta.
Dicen, y es bien cierto, que “recordar es volver a vivir”, y esta vez, lo que
voy a volver a vivir es maravilloso; aún después de 54 años me parece un sueño;
tal vez no haya tenido otro igual. Miento, no hace mucho he soñado con vuestro
padre que me llenaba de cariño; este fue mucho mejor.
De todos
modos vuelvo a confesaros que yo todavía sentía miedo. Nos encontrábamos como
engañando a la gente, ocupando un lugar que por nuestras ideas no nos
pertenecía, y lo cierto es que nosotros, mis padres, no habían hecho nada para
lograrlo, no hubo engaño alguno, ocurría todo tal y como D. Alejandro había
dispuesto.
Bueno, pues
sigamos con el tren y con la “Guardería Infantil del Socorro Rojo”.
Ya cuando
salíamos de Madrid estaba anocheciendo. ¡Qué cosas se fijan en la memoria…! Veo
hoy perfectamente como los coches en las proximidades de la estación cambiaban
de agujas, entre una luz un tanto oscura.
Al llegar a
Cuenca, no sé la hora, pero serían más de las 11, los niños pequeños iban
dormidos, ¡algunos lloraban, llamando a sus madres! Las chicas mayores los
cogíamos en brazos y los acunábamos No sé si os dije que venían algunos menores
de dos años.
Parece que
estoy viendo a mi predilecto, también se llamaba José Luis, como tú y papá. Era
rubito, de ojos muy azules, gordinflón y tranquilo, pero en su primera noche
sin su mamá, sin conocernos a nadie, le teníamos asustado y no dejaba de
llorar. La abuela no se sentaba un momento. Una buena Maestra no debe tener
silla; su trabajo es casi un Ministerio.
En la
estación nos esperaba el Inspector, Sr. ¿?, varías personalidades y otros
Camaradas del Socorro Rojo de la Ciudad Encantada.
Hablaron
con mi madre y acordaron pernoctar allí, y, al otro día continuaríamos en el
coche hasta Valencia. Para los niños era ya muy tarde; todo se debía a las dos
horas de retraso con que salimos de Madrid.
Nos
llevaron a un chalet grande y precioso del Marqués de Cavanas. Estaba entonces
deshabitado, aunque perfectamente amueblado con gusto y verdadero lujo.
Creo que
tenía dos pisos y unos desvanes. Desde el “holl” muy espacioso que, al
anochecer sería nuestro cuarto de estar, partía una escalera amplia,
perfectamente alfombrada, que subía al piso superior. Abajo los servicios, la
cocina, varias salas y salones que ¿? para comedor. Arriba estaban los
dormitorios, eran muchos y en ellos cabían hasta cuatro camas; también me
parece que había un gran despacho. Me diríais, si no lo supierais, que cómo en
una noche pude conocerlo tan bien; es que no fue una noche lo que allí pasamos,
fueron muchas, como ya os contaré.
Al balcón
central de la fachada pertenecía la habitación que habían asignado a mis
padres, y que nos pareció que había sido preparada especial-mente para toda la familia. Una cama de matrimonio,
dos camitas pequeñas y una cuna. El reparto fue fácil, tía Vicen y tía
Isabelita en una, Pepín y yo en la otra, tía Amparito con los abuelos y tía
Lolita, con un muñeco precioso, en su cuna dorada de marquesita.
Cuando
después de cenar opíparamente, nos vimos todos juntos bien encerrados, nuestra alegría era tal que no dejábamos de
rezar y de ver, de forma palpable, que el tío Cristino empezaba desde el Cielo
a cuidar de nosotros.
El abuelo,
como siempre, seguía activísimo. No podía dar clase ni cobraba un céntimo,
seguía destituido, pero se le veía contento con su mujer y sus seis hijos. Por
la noche subía el agua al depósito con una bomba, y de esa forma, al
levantarnos teníamos agua para lavabos y las duchas; partía leña para el fuego
y, cuando pudo, guardó y enterró candelabros de plata, fotos familiares y cosas
de valor, con la idea de que, acabada la guerra, poder devolvérselos al Sr. Marqués, que por cierto
no le dio ni las gracias.
Yo me
encontraba feliz. La vida en aquel rincón aislado de todo, sin periódicos, ni
radio, parecía de otra galaxia. El otoño, aquel año, fue delicioso. Días
soleados y tibios nos permitían pasar horas enteras al aire libre en el jardín.
Me hacían repasar tercero, pero había tiempo para todo.
Empecé a
redactar ¿? Cuentos para representarlos con los mayores. Hacíamos trajes de
hadas, de príncipes y de princesas, de papel y con las cosas que encontrábamos
en el desván. Al anochecer, antes de cenar, eran los ensayos. Las comidas excelentes;
todos los sábados venía el camión cargado con verdaderos manjares para toda la
semana. ¡Qué paellas los domingos! En fin, después de los meses pasados,
parecía imposible tanta felicidad.
Por si era
poco, en una habitación muy coquetona, pintada de rosa y con cortinas
floreadas, encontré, o descubrí, una muy abundante biblioteca. Muchos días,
mientras el abuelo me creía “machacando” el más que sabido tercero, yo leía y
leía sin parar, sentada junto a un surtidor que había en el jardín, mientras que
el sol no dejaba de acariciarnos.
¿Quién
podía ambicionar más? De guerra ni se hablaba ni se notaba en parte alguna;
durante el tiempo que viví allí, unos dos años, Cuenca fue muy poco castigada,
apenas unos esporádicos bombardeos hicieron acto de presencia.
Nos
llevaron en autocar a visitar la ciudad. Me gustó mucho. Sus calles estrechas y
empinadas, sus escaleras en la calle del Agua… todo el casco antiguo me pareció
precioso y acogedor, creo que desde entonces empecé a desear vivir fuera de las
ciudades grandes.
Nos
despertaron pronto. Llamaron insistentemente en la puerta de la habitación.
Traían un telegrama ya abierto; mi padre, mi madre y yo saltamos de la cama
para conocer su contenido. Venía de Valencia; era muy escueto: “No se muevan,
el barco zarpó”. Mi madre solo pudo decir extrañada:
-“¿El
barco…?”
-“Sí, Vds.
iban a Rusia”, fue toda la contestación del señor que teníamos delante.
Cuando he
referido a mis hermanos, entonces muy pequeños, este pasaje tan interesante, me
dicen que no oyeron nunca a nuestros padres comentarlo, y es cierto, pero
también lo es lo que os he comentado; es que ya no vivían para avalarme.
Muchas
veces he pensado, si esto de ir a Rusia estaba ya previsto desde Madrid y D.
Alejandro no quiso decírselo a los abuelos, o si es que hubo alguna confusión.
De todas formas, si lo sabía, él creería que nuestra estancia, en tan lejanas
tierras, sería solo mientras durase la guerra en España.
No
obstante, pienso, siempre que oigo hablar de los ya viejos españoles que aún
viven allí con sus familias formadas y demás, que solo por dos horas de retraso
con que salió el tren de Madrid, no fuimos también nosotros los niños que les acompañaron.
Mis padres
reaccionaron rápidamente y pronto nos encontramos en el comedor para desayunar;
teníamos para cada uno chocolate con churros, bollos y un buen vaso de leche.
Todos la mar de contentos ante tamaño festín, aplaudimos mucho y devoramos
entusiasmados cuanto había.
Enseguida
empezaron las clases. La abuela no paraba un momento. Terminadas éstas, se
ocupaba del ropero; allí, ante la máquina de coser, arreglaba vestidos y
camisas, echaba piezas en los pantalones o hacía de un babi grande dos
pequeños. Vigilaba a los enfermos con sus achaques infantiles e indigestiones,
era una Profesora y una madre. Pronto los niños la empezaron a querer tanto
que, una vez acabada la guerra, muchos de ellos no dejaron de visitarla,
incluso ya casados. (Nota: Yo, Pepe Luis, que tantos periodos de mi vida tuve
la suerte de pasar con mis abuelos, conocí a alguno de ellos, recuerdo
particularmente a “Ponce”). Bueno, los mayores ayudábamos en todo. Lavábamos o
vestíamos a los pequeños, les dábamos de comer, jugábamos con ellos y les
ayudábamos en sus deberes.
Otra tarde,
un autocar nos paseó por el campo maravilloso de las Hoces del río. El momento
no podía ser mejor; ya estaba bien metido el otoño; el colorido era ideal, y a
mis pocos años hubiera querido saber grabar tanta belleza. Los dorados
brillantes, los ocres, el tostado de sus hojas medio secas, el amarillo más pálido
de otra muchas; de verdad que todo aquello me impresionó profundamente. Yo no
conocía otros paisajes que los serranos de Madrid y los árido y secos manchegos
de Castilla. Os vuelvo a repetir, me sentía completamente feliz. Creo que, en
mi egoísmo, no pensaba que había guerra; allí a los niños se les ocultaba todo
dolor.
Pero, como no, estas cosas no pueden durar
mucho tiempo, y así fue.
Recordé que
Palacio Valdés titulaba su primer capítulo, de una casi autobiografía novelada,
con estas palabras: “Adán sale del Paraíso”. Se refería al momento de dejar los
verdes prados de Asturias para ir a Madrid a estudiar Derecho.
De igual
forma podría yo también, sustituyendo Adán por Eva, decir que “El Paraíso había
terminado”.
Hijos míos,
en la Guardería se recibió otra orden que vino a cambiarlo todo. Habían venido
varios grupos escolares de Madrid y acordaron reunirlos en lo que había sido el
seminario de los Paules, junto al puente de San Pablo, frente a las Casas
Colgadas. Aquello, no cabía duda, iba a ser peor; nos reuniríamos más de 400
niños, con los consabidos profesores… pero eso no era todo lo malo, lo
verdaderamente peligroso es que, entre los Grupos que llegaban venía también el
del abuelo, el llamado “Carmen Rojo”, de la calle Fernando el Católico, esquina
Vallehermoso. Era imposible que mi padre fuese allí. Los alumnos le conocían,
sabían que había sido destituido por ser muy religioso, por ser un “carca”, esa
fue la explicación que les dieron al notar los niños que ya no iba a clase D.
José.
¿Qué hacer?
Acordaron buscar una habitación realquilada, donde vivir los tres pequeños, mi
padre y yo. Ya estaba acostumbrada a cambios imprevistos, así que otro no me
asustó, y en poco más de dos o tres días estuvo resuelto. Aún sin cumplir los
15 años ya estaba hecha toda una ama de casa, aún sin casa y con tres niños,
sin saber cocinar y sin apenas pan ni viandas… pero en aquellas edades no se
ven los inconvenientes; yo era la mayor, así que era la más indicada para
resolver el nuevo problema, y sin pensarlo, me
puse al frente de todo la mar de contenta.
Yo sigo
mejor, procuro…………………………………………….
………………………………………………………………………………..
Hasta
pronto, con besos y el cariño de vuestra
Madre
CARTA XVI
Burgos 17- 4 - 1.985
Mis
queridos hijos: Cuando os escribo la verdad es que no tengo mucho que deciros, ya que hablo con
vosotros con frecuencia, pero pedíais que os dejase escrito como viví los años
de mi adolescencia tan llenos de cosas, hoy poco corrientes, y esto me obliga a
coger la pluma. Sólo no me canso de pediros que luchéis por la paz, pues la
falta de amor no puede traer más que lo que entonces hubo, odio, venganza y
muerte en ambos lados, yo, entonces, solo veía una cosa, y es la que os cuento;
luego he conocido mucho de lo que hubo en la otra zona.
Pues bueno,
voy a seguir con el nuevo, y no último cambio de domicilio; nuestra estancia en
Cuenca.
Ya sabéis
que el abuelo era de Zarza de Tajo, cerca de Tarancón, por ello en la Capital,
fue fácil encontrar personas conocidas e, incluso, familiares lejanos pero de
las mismas ideas que ellos y que por ello no iban a delatar al abuelo, cosa de
lo más frecuente entonces, así que vimos como favor del Cielo el que unas
primas o parientes que vivían solteras con su padre ya mayor, nos alquilasen
una habitación con derecho a cocina.
Cuenca fue
casi toda la guerra un lugar bastante tranquilo y por ello estaba lleno de
evacuados, de otras ciudades más castigadas.
La casa
estaba situada en la parte alta, la más antigua y de mayor sabor, a mí me gustó
desde el primer momento, era todo distinto a lo que yo conocía.
También me
parece que sabéis como se llamaban, Mª Teresa la mayor, Amalia y Antonia.
Entonces me parecieron mayores, pero no lo eran, entre treinta y veintitantos
años debían de tener cuando las conocí allí. La noche que salimos del Chalet
del Marqués de Cavanas, tuvimos que pasarla en casa de otros zarceños que
vivían cerca de Carretería; al día siguiente en una furgoneta ellos mismos nos
subieron a casa de las primas. La buena familia que nos acogió esa noche, tenía
la casa llena; a más de ser personas mayores con muchas ocupaciones, vivían con
ellos evacuados de Teruel, así que en una habitación echaron dos colchones al
suelo y unas mantas, yo al menos dormí a pierna suelta. Antes de nada, como mi
padre acostumbró toda su vida, los cinco de rodillas dimos gracias a Dios.
Habíamos cenado bien y estábamos recogidos con personas cariñosas. Siempre que
los veía en mis callejeos procuraba saludarles con verdadera simpatía; fue
aquella noche que nuestra familia se separaba y no por poco tiempo.
Al llegar a
la nueva casa nos recibió Mª Teresa, nos ayudó a subir los bultos y le hizo
mucha gracia tía Lolita tan chiquitita y tan mona. Antes de presentaros a las
primas os quisiera explicar cómo era la casa, pues no se trataba de un piso, ni
mucho menos. Era, y creo que aún es, de una forma muy rara.
Nada más
abrir la puerta con llamador había una trampilla de madera por donde se bajaba
a una especie de cueva donde se guardaba leña y otras cosas, cajones, sillas
viejas y qué se yo cuantos cachivaches. Quiero extenderme en estos pormenores
pues os serán muy necesarios en los dos años que tendré que resumir en mis
cartas próximas.
Subíamos un
tramo de escalera y en el primer descansillo había dos puertas; en una estaba
la sala al estilo antiguo y dentro un dormitorio pequeño en el que dormía el
tío Jesús. De este señor, como de las primas yo no había oído hablar de ellos,
pues ya os dije que eran parientes lejanos del abuelo; pues bien, este señor
trabajaba como vigilante nocturno en el mejor Hotel de la ciudad; cuando subía
por las mañanas solía traer un taleguito negro lleno de restos de comida, y
pan. Muchas veces nos daba algo para desayunar, aumentando así la pequeña
ración a la que había que sujetarse. En la otra puerta estaba la que iba a ser
nuestro dormitorio. Había una cama grande antigua negra y dorada, en ella se
acostaban mi padre y los niños, muchas noches al ver tantas cabecitas juntas,
me recordaba al cuento de Pulgarcito y sus hermanos, tal y como nos lo
dibujaban durmiendo en casa del ogro, claro que sin ogro. Yo me encontraba
bien, nada me preocupaba fuera de poder comer, lo que fuese, y estar con mi
padre y mis hermanos calentita junto a la estufa.
Bueno, ya
se me olvidaba deciros que para mí había una especie de camita o banco muy
estrecho, pero suficiente; entonces no conocía yo el insomnio y luego… ni eso.
Sigo con la
descripción de la casa. En el segundo descansillo había también dos puertas, en una el comedor
y dentro el dormitorio de mis prima, en la otra la cocina y un retrete con
ventanuco a la calle, sin cristal. La cocina tenía la clásica campana para leña
y un fogón de carbón, a mí me dieron algo que ya no he vuelto a ver, era de
hoja de lata, portátil y para que funcionase y no se apagase el carbón, era
preciso estar soplando a todas horas; cuando lo recuerdo no dejo de pensar que
harían hoy las mujeres acostumbradas a las maravillosas cocinas que
disfrutamos. En el medio estaba una estufa que era el centro del hogar, ya que
todos nos apiñábamos a su alrededor, cuando teníamos leña, cosa que no siempre
se lograba.
Seguía la
escalera dos tramos más, en el tercero digamos podía ser otra vivienda ya que a
más de las dos consabidas habitaciones de los pisos anteriores había otra
cocina, en él me dijeron vivía otra prima viuda con dos hijos, pero que iba y
venía al pueblo y de esa forma parecía ese piso no habitado. En el último
descansillo de la escalera se hallaba un camarón, con un balconcillo corrido
desde el que se veía toda la ciudad; allí tenían unas gallinas, palomas y hasta
dos jaulas de conejos. A él subía a tender la ropa casi a diario pues los
pequeños se ensuciaban mucho.
Comprendo que digáis, hijos míos, que os
resulta pesada tan detallada descripción, pero de lo contrario no entenderíais
los acontecimientos que vinieron después, tan complicados en esos años de
secretos y casi espionaje que siguieron.
Os voy a
dejar hoy un tanto intrigados. En mi próxima carta os prometo presentar a mis
otras dos primas y veréis como empecé a llevar la nueva casa y lo pronto que
encontré amistades y los modos de pasarlo la mar de contenta. Estábamos en
guerra pero no olvidéis que os hablo desde los 14 años y lo de Membrilla había
pasado.
Cuidaros
mucho, yo sigo bastante bien…………………… ……………………………………………………………………………….
Os abraza
muy fuerte vuestra
Madre
CARTA XVII
Burgos 30- 4 - 1.985
Queridos
hijos: Ya estoy nuevamente con vosotros y con mis andanzas por estas tierras
conquenses que entonces me olían a pino quemado y a frescos aires serranos. El
dolor que tanto sufrí los primeros meses iba siendo arropado por una vida
diferente, llena de actividad y de sorpresas. ¡Qué fácil se supera todo en
aquella edad!
Voy ante todo a presentaros a las primas. Yo jamás había oído hablar
de ellas, pues decían serlo muy lejanas, sin embargo vivimos como verdadera
familia aquellos dos años en que permanecimos juntos.
La mayor era Teresa, debía tener cerca de los cuarenta años; era
modista, pronto me pidió que la ayudase a sobrehilar y a rematar cosas
sencillas, tuve que aprender, pero me gustaba sentarme, en el muy avanzado
otoño, junto a la estufa, y charlar de cosas muy amenas. Era cariñosa y
agradecía mucho mis pocas ayudas; me daba cosas de comer, que siempre disponía
con el achaque de que su padre, el “tío Jesús” las traía de lo sobrante en el
Hotel.
Pronto se dio cuenta de que si
con la aguja no era muy habilidosa, con el lápiz podía serle la mar de útil. No
era fácil en aquellos días encontrar figurines; una tarde de las muchas que el
abuelo me permitió acompañarle a entregar o probar sus encargos, vimos en
Carretería un vestido muy bonito, nos fijamos y al llegar a casa se lo dibujé
con bastante exactitud; desde entonces, si lograba le prestaran un figurín, yo
era la encargada de copiar los modelos que me indicaba, en un cuaderno, y así
podían las clientes tener más cosas donde escoger.
Quería mucho a las pequeñas,
con tía Lolita se entretenía mucho enseñándola a cantar dado el oído tan
estupendo que la niña demostraba tener. Tía Amparito era más inquieta, pero
obediente y nada guerrera, el abuelo le proporcionaba tarea, copiar palabras
sueltas y dibujar; eso le encantaba y nos llenaba los papeles que yo traía de
la compra, todos de estraza, de casitas y de niños jugando al corro; era lo
poco que veían las pobres desde el balcón; también les hice unas muñecas con
trapos que me daba Teresa, y tía Amparito no la soltaba ni para irse a la
cama.
Teresa a más de su costura, llevaba y
ordenaba la casa, las otras dos hermanas
mucho más pequeñas, la obedecían y pedían su opinión para todo. Ahora la recuerdo como persona lista,
valiente y buena. A más de todo esto tenía un humor y una gracia especial para
reír y hacer reír. Un día el abuelo me dijo que
esa manera de ser tan guasona le venía de familia, pues en el pueblo de Zarza
tanto se las conocía a su madre como a
su abuela por estos atributos.
Bien lo comprobé un día cuando en la
casa dirigió e inventó un verdadero sainete que más tarde os contaré y que en
el fondo había mucho de tragedia. La prima número dos, se llamaba Amalia; yo la
encontraba como amargada, bordaba muy bien, y así pasaba la mayor parte del
día.
Una mañana encontré entre unos libros un recordatorio de su toma de
hábito, no sé de qué convento. Nada me hablaron de ello, ni yo pregunté, así
que no sé si se había salido voluntariamente o si se debía a las circunstancias
de la guerra; era alta, delgada y tenía un cutis muy feo. Esta segunda prima
apenas me hacía caso, ni a mí ni a los niños.
La tercera se llamaba Antonia, era la más
guapa; alegre, animada, nunca la vi preocupada a pesar de tener tantos
problemas como luego supe. Lucharon durante toda la guerra, con verdadero valor,
casi heroico, trabajando sin descanso y privándose de muchos alimentos para salvar
a otros como luego supe. También se ocupaba de la casa, de las colas y de
aprender a escribir a máquina. Decía que al terminar la guerra se colocaría de
secretaria, como así fue.
Al principio me fue muy simpática y como
otras cosas son recíprocas, yo a ella también; después las cosas cambiaron y me
hizo pasar malos ratos. Terminé siendo su rival, y lo cierto es que yo ni me
esteré hasta última hora, después de una escena espantosa de celos, que yo creí
absurda dada mi poca edad y mi desconocimiento total del que ella tomaba como
su prometido. La verdad es que bien se merecía serlo.
Desde el primer día por la mañana, después de
preparar el desayuno y arreglar la habitación, yo salía en busca de cosas de
comer; aun teniendo cartilla de racionamiento había que hacer colas
interminables, y muchas veces se acababan los artículos y no te tocaba nada. El
abuelo se encargaba de dar de comer a las niñas (Nota del transcriptor: Si en
este caso solo hace referencia a las hermanas, debe ser porque mi tío Pepín
estaba, en esos días, en la “Guardería” con mi Abuela) , con su santa paciencia
de siempre; él no convenía que saliera mucho a la calle, no fuera que le
pidieran los documentos y el carnet.
En las colas había encontrado una forma
sencilla y práctica; me ofrecía en los puestos del mercado para ayudar a traer
y llevar cajas de patatas o lo que fuese, por lo general aceptaban mis
servicios y después me servían generosamente. De esta forma tenía asegurada la
compra y me sobraba tiempo, para llegar a Carretería y ver lo animada que
estaba de soldados que venían del frente unos días de descanso.
Así conocía a mi amiga Maruja; era también
de Madrid y andaba con sus hermanos pequeños en casa de su abuela, habían ido
huyendo también de los bombardeos y los obuses. Empezamos a conocer chicos
estudiantes, ella había cursado segundo y había empezado a asistir a bailes y
guateques. Nos hicimos madrinas de varios soldados, éstos nos pedían una foto y
que les escribiéramos y les mandáramos alguna cajetilla o alguna bufanda. Luego
no los volvíamos a ver en la vida, pero nosotras sí cumplíamos con nuestros
sagrados compromisos. Recuerdo que las dos, al mismo tiempo, nos enamoramos
perdidamente de un tal Clapés; era mayor, ¿? alto, de cara nos pareció William
Powell, pero nada de eso nos interesaba; todo el amor era debido a que en
varios festivales le vimos unas ¿? con su violín, y las dos como embrujadas por
el flautista de Hamelin le seguíamos en el momento en que le veíamos aparecer
en el ir y venir de la calle y única carretera. Al llegar a casa y ver mi padre la bolsa
llena de cosas de comer no se preocupaba de preguntarme por mi tardanza.
Tanto Maruja como yo no podíamos asistir
al Instituto, pero nos consideraban como compañeras y hasta contaron conmigo
para poner en escena con fines benéficos la obra del tan querido Casona “Nuestra
Natacha”.
Yo hacía un papel muy bonito,
Flora, la estudiante de Filosofía que se enamoraba de un chico biólogo la mar
de despistado, siendo ella la que lleva
toda la iniciativa amorosa. Resultó la mar de bien, y ya me consideraban una
más de la F.U.E. Yo pertenecía al Socorro Rojo de Madrid, eso ya era una
garantía, y en nuestras reuniones, siempre para ensayar, jamás se tocó el
factor político, ni la marcha de la guerra.
En
casa y sobre todo en la cocina me defendía bien. Aprendía cosas que os
parecerán inverosímiles: Un cocido sin carne ni tocino, sin otra cosa que
garbanzos puestos a cocer con una cebolla grande y al tiempo de echar la patata
se freía un ajo, se echaba al puchero con un poco de polvos amarillos y la sal.
Al rato se sacaba el caldo y se hacía la sopa con un poco de pan y luego el
resto; ¡nos parecía tan rico! La tortilla de patata sin huevo, era de lo más
original; se hervían las patatas con sal, se hacía una mezcla de agua y harina,
con los polvillos amarillos y unidos todos los ingredientes en la sartén se les
daba la forma de la tan célebre y española receta culinaria. El café se
sustituyó por cebada tostada que, una vez hervida, también nos resultaba
estupendo para el desayuno. A veces con la cartilla recibíamos un chocolate que
parecía tierra, ese se guardaba solo para los niños, los pobres lo celebraban
dando palmadas.
Pero hijos, la abuela en la Guardería,
procuraba recoger de las sobras pan, huevos duros, leche en polvo y hasta algún
bote de carne rusa, tan sabrosa a mi entonces paladar, que jamás probé cosa
parecida. Ahora estoy segura que era mucho debido a lo pobre de nuestros menús
caseros.
Os
dejo por hoy; en la próxima os contaré las complicaciones que empecé a notar en
casa, y otras muchas más que me estaban ocultando, aunque el abuelo sí que
estaba enterado, y que al fin tuve que ser yo casi la protagonista de tantas
cosas muy serias como allí había, y de las que yo estaba de lo más
ignorante.
Juan Carlos me llama a menudo
………………………………..................
………………………………………………………………………………..
Para todos
el cariño de vuestra
Madre
CARTA XVIII
Burgos 13- 5 - 1.985
Queridos
hijos: Mucho me alegran las salidas de…….
…estoy muy
ocupada, por la mañana escribo y recuerdo, y por la tarde pinto…ayer al
entregar “El Arco de Santa María”, una tinta china, la señora me encargó otro
de igual tamaño…………………………………. ……………………………………………………………………………….
Continuando
mi relato, seguiré con nuestra estancia en la Ciudad Encantada, durante el
primer año:
Muchas
tardes íbamos a la Guardería a ver a la abuela y a los hermanos, tío Pepín
pasaba temporadas allí y otras con nosotros.
Resultó que
al llegar el Grupo escolar del abuelo, el llamado “Carmen Rojo”, dio la
casualidad de no venir ningún niño de la clase de mi padre, y de no haber nadie
conocido, ya que los profesores encargados eran menos; total que por ese lado
no teníamos miedo a que nadie pudiera reconocerle como expulsado de su escuela
por sus ideas religiosas y derechistas.
La
Guardería estaba instalada en lo que había sido el seminario de los Paules,
frente a las célebres “Casas Colgadas”. El paisaje maravilloso y el edificio
muy propio para albergar a tantos niños y profesores como se llegaron a juntar,
pues acogieron a varios Centro Escolares.
La abuela
seguía trabajando sin descanso, se ocupaba del ropero, de vigilar a sus niños,
de sus enfermedades y de estar en contacto con las familias que habían quedado
en Madrid. Para ella no había más tiempos que para trabajar, no tenía descanso;
nunca la vi en recreo alguno; de un sitio pasaba a otro con su actividad
envidiable. De lo que sobraba en la cocina solía guardarnos algo, y mucho de su
mismo plato.
Para aquellos niños no hubo problemas
de alimentación, aunque nunca como los primeros meses en el hotel del Marqués
de Cavanas, que como os dije, era algo sorprenderle cuando llegaba el camión los
sábados cargado hasta los topes desde los pueblos cercanos. Aquí, en San Pablo,
así seguían llamando a la Guardería (era el nombre como se conocía en Cuenca
aquel lugar), se recibía mucha ayuda de Rusia. A más de prendas de abrigo,
mandaban margarina en latas de varios kilos, quesos, carnes en conserva, leche
en polvo y muchas cosas más. Los niño seguían siendo cuidados cuanto se podía,
dadas su edad y situación familiar. La ciudad continuaba tranquila, se llenaba
de soldados que venían unos días de descanso desde el frente de Teruel, y lo
animaban todo; los alimentos iban escaseando poco a poco, pero nunca lo que
debía estar ocurriendo en Madrid; yo, gracias a Dios, nunca me acosté con
hambre, aunque la dieta no fuese, lo que se dice, muy nutritiva. Lo que sí
recuerdo es que todo el mundo que sufría del estómago o del hígado, se curaba
rápidamente sin otro medicamento, y caso raro, hasta muchos enfermos nerviosos,
que a mi parecer ante una situación crítica tendrían que empeorar, pues ellos
mismos luchando por su sobrevivencia diaria, mejoraron muchísimo, sin atreverse
a decir que estaban curados.
En cuanto a los bombardeos, también fueron
pocos los que sufrió Cuenca. Recuerdo el primero y tal vez el peor, fue en el
casco de la ciudad. Era sobre medio día,
yo me encontraba en la cocina, junto al hornillo del carbón de encina y dándole
al soplillo para lograr que no se apagaran las escasas ascuas. En casa solo
estábamos tía Lolita y yo. Empezaron a moverse los cristales, oí claramente los
aviones enemigos y sonar, quizá un poco retrasadas, las sirenas para avisarnos
del peligro y la orden de acudir a los refugios. Me asusté mucho, retiré las
patatas de la lumbre y cogiendo a tía Lolita en brazos eché a correr cuesta
arriba, donde había una cueva enorme abierta en la roca; pero los altavoces
mandaron tirarnos al suelo, y así, a rastras, seguí subiendo la cuesta; yo
cubría con mi cuerpo a “mi niña”, os prometo que solo en ese momento pensé en
que no fuese a saltarle algo de metralla a ella, al mismo tiempo que lograr
alcanzar el refugio. Entonces pensé
en el abuelo y en tía Amparito, que raras veces salían de casa. ¿Dónde les
habría cogido el bombardeo? En la guardería tenían rocas tremendas muy cerca
que hacían de refugio natural más eficiente. No me preocupé por ellos. No duró
mucho, y sobre las cuatro de la tarde estábamos los cuatro en casa la mar de
contentos.
Otro bombardeo, que fue prácticamente
solo en la estación, destruyó varios vagones, pero además mataron muchos burros
que pastaban tranqui-lamente en sus alrededores.
Al otro día en las carnicerías se repartió carne
fibrosa, durísima y dulce; mi padre no la probó y yo prometí no volver a hacerlo,
pues su sabor era de lo más desagradable.
También
tuvieron que suspender la proyección del estreno de “Tiempos Modernos” de
Charlot. Nos hicieron salir de la sala despacio, y cuando el ruido de las
sirenas y las bombas cesó, volvimos a saborear las ¿? del film… ¡Qué diferencia
con los meses anteriores en Madrid!
En casa y con mis
amigos seguíamos igual; limpiaba la habitación alquilada, fregaba los suelos al
estilo de entonces, con estropajo de esparto, de rodillas y sin jabón. Y a
propósito de jabón; eso sí que era un gran problema, para muchas cosas usábamos
la greda, vosotros ni la habéis visto; es una especie de tierra pegajosa color
gris, que se saca de algunos desmontes y desengrasa mucho, ¡pero las ropas
blancas!... Era horrible, yo no podía de forma alguna lavar las sábanas en la
pila pequeña que allí solamente teníamos, ni dominar su tamaño, nunca he
tenido, ni tengo, fuerzas; la solución era el río, el Júcar pasaba cerca,
bajando por la puerta de San Juan. Los días buenos íbamos a pasarlos allí, de
esa manera me era más fácil y tendida la ropa al sol la regaba y la llevábamos
limpia a casa. Las niñas jugaban sobre la hierba y el abuelo me ayudaba con el
peso hasta casa.
Por
entonces fue a visitar la Guardería Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Era una
mujer de unos cuarenta y cuatro años, la misma edad que la abuela, peinaba moño
bajo, era fuerte, activa y muy trabajadora. Con mi madre se portó muy bien, la
abrazó la mar de cariñosa y agradeció cuanto hacía por aquellas criaturas
inocentes cuyos padres y madres morían en los frentes de batalla. Hicieron una
película jugando al corro con los niños y coincidió que mi madre daba la mano a
la célebre política internacional. Se marchó pronto, pero dejó un gran recuerdo
entre niños y mayores.
Yo en los ratos libres acompañaba a probar y entregar vestidos a los clientes
de Teresa, seguía frecuentando ensayos para festivales a beneficio de los
huérfanos de guerra u hospitales de sangre. Eran todos estudiantes de la F.U.E.
la mayoría, y otros de la C.N.T. o de la F.A.I. Me llevaba bien con todos, y en
verdad os prometo que sentía envidia de no poder asistir a sus clases. El
abuelo, como siempre incansable, me seguía hacer repasar el célebre tercero,
que aún hoy repito sin mirar los libros. Ya os voy a dejar por ahora, pero os
prometo que mis próximas cartas, van a ser la mar de movidas, y que cambiaron
por completo mi forma de ir viviendo la guerra de manera que yo diría que
alegre y distraída; pues aunque se decían muchas cosas de los frentes, la
mayoría eran falsas, si bien sabíamos que las tropas de Franco avanzaban, pero
sin grandes detalles, pues nadie se exponía a hablar de ello sin conocer a
ciencia cierta las ideas del otro, y en casa procuraban ocultarme todo,
considerando mis pocos años y las amistades de aparentes ideas avanzadas y
distintas a las nuestras.
Ya me decías tú Pepe Luis que los niños……………….
…………………………………………………………………………...... Cuidaros mucho. Y ya sabéis lo mucho que os quiere vuestra
Madre
CARTA XIX
Burgos 22- 5 - 1.985
Queridos
hijos: Otro día con vosotros y con mis recuerdos de años ya tan lejanos que a
veces creo han sido un sueño. Pero
quiero seguir con vuestro encargo que hay días me cuesta cumplir por no sé qué
pereza que al principio no sentía.
Ya os decía
que hasta aquí los días que pasábamos con “las primas” eran francamente
agradables para mí. En casa me entretenía mucho con la costura y el dibujo de
los figurines que Teresa me encargaba; a más de otras atenciones de comer,
solía hacerme alguna blusita o falda con restos de tela, y no me cobró nunca nada;
tenía un buen carácter y hablábamos mucho de mi colegio y de su pueblo, el
mismo del abuelo, como ya os dije, Zarza de Tajo. Se acordaba de mis abuelos, de mis tíos, y
como era tan guasona y tenía tanta gracia yo pasaba los ratos más buenos a su
lado siempre que no tuviera ensayo para los festivales que organizaba el
Instituto y al que me consideraban como alumna del Cisneros de Madrid y me
llegaron a hacer miembro del Cuadro Artístico.
En las
colas, oí comentar que habían tomado las fuerzas de Franco la capital de
Teruel, también me enteré, días después que habían sido rechazadas y que los
combates eran muy duros. Recuerdo, era por los días últimos de enero, sobre el
20, o 22, pero no sé la fecha exacta; por segunda vez las fuerzas republicanas
tuvieron que retirarse entre un frío congelador. Esa noche, desde las seis de
la mañana, la pasé en la cola del pan mientras el termómetro marcaba 16º bajo
cero; de no haberme levantado tan pronto no hubiéramos tenido pan, pues se
repartió muy poco.
Había nevado, pero de tal forma, que en los
sitios que la nieve estaba más blanda, se me colaba entre mis botas altas;
hasta después de las nueve no abrieron la panadería, y creo que aquel frío,
durante tanto tiempo, fue el que me hizo caer con fiebres muy altas.
Como entre sueños me pareció ver a mi madre
junto a mí y decir al abuelo debían avisar a un médico, pero les daba vergüenza
que tuviese que verme sin cama, sobre un colchón encima de un montón de leña y
tablas.
Ahora que me doy cuenta, creo que no os he
dicho, que mis primas se llevaron la camita que me dieron al llegar por no
sabía qué necesidades y, en su lugar, colocaron la leña de la estufa bien
apilada, que haciendo un montón de medio metro de altura servía de poyete para
sostener el colchón de ¿?. Yo también dormía a pierna suelta de esta forma pero
muchas veces notaba en la espalda los trozos de leña.
El médico no vino, pero yo puede
levantarme pronto y hacer mi vida normal, aunque la tos persistía y persistió
por mucho tiempo (después de la guerra se supo la causa).
Cuando me
levanté noté en mis primas cierto movimiento de comidas y limpiezas. Guisaban
en el piso superior; me dijeron que el fogón de abajo tiraba mal.
Antonia y Amelia pasaban muchos ratos en los
pisos de arriba, me decían se veía mejor para bordar y escribir a máquina.
Antonia estaba empezando a teclear. Una mañana vino una señora mayor, una
clienta me dijeron, pero en lugar de pasarla a la salita de costumbre la
subieron al piso alto. A nada de ello daba yo la menor importancia.
Por entonces vino a Cuenca un destacamento
de soldados y nos invitaron a una fiesta o “guateque”. Teresa me había
arreglado un vestido de mi madre color marrón, como era tan oscuro, le adornó
con un cuello y lazo anaranjado y yo me encontré la mar de bien; así que con
las chicas del Instituto asistí encantada. Al abuelo no se le podía hablar de
bailes, así que le conté que iba de ensayo.
Ahora os dará risa y tal vez os
parezca mentira, pero lo cierto es que la música consistía en un acordeón que
tocaba un chico y la merienda, media naranja y unas raspitas de bacalao que los
pobres chicos habían logrado guardar en el frente para poder obsequiarnos.
La reunión y el baile se repitieron
varios días, pero sin merienda claro; ahora sí, con una alegría desenfrenada.
Nadie pensaba que tal vez al volver al frente les esperaban días muy
tristes. Nosotras nos hacíamos sus
“madrinas”, les prometíamos una foto, escribirles con frecuencia y mandarles
paquetes y alguna cajetilla, esto era lo que más insistían todos, pues estaba
el tabaco muy racionalizado hasta para ellos.
Muchas noches, como las veladas se hacían
largas, todos reunidos junto a la estufa circular que presidía la espaciosa
cocina y que alimentada con ¿? de los pinos serranos, chisporroteaba
alegremente, me hicieron, no sé cómo, centro y estrella durante aquellas horas
casi misteriosas en que poca gente o casi nadie pasaba por las calles.
– Juani – decía Teresa, recita el Piyayo
Y sin
hacerme de rogar empezaba la función que muchas noches terminaban con un alegre
fin de fiesta, bailando el charlestón que todos coreaban. Una noche en que los tíos dormían (Lolita,
Amparito, Pepín), por lo avanzado de la hora, Teresa me animó mucho, no dejando
nada de mi repertorio sin que saliera a escena. Mi padre también había subido
de nuestra habitación y se le veía contento, me aconsejaba sobre las pausas y
puntos de mis monólogos y le veía reír y aplaudir la mar de satisfecho.
Estaba ya en el final de la función, cuando
miré hacia el techo; en la pared de la parte alta había un ventanuco pequeño,
con un visillo lo suficien-temente transparente como para ver claramente, tres
cabezas de hombres, muy apiñadas que contemplaban la actuación la mar de divertidos.
Me asusté, me quedé parada, ellos lo notaron y desaparecieron.
Nadie me explicó nada, ni yo pregunté. Aquella
noche, digamos que en mi “cama”, no podía dormir. El miedo del primer momento
había desaparecido, yo veía a mi padre tranquilo y empecé a reflexionar y a
enlazar ideas despacio. No cabía dudas, en el piso tercero vivían tres hombres
que yo no conocía, las subidas de mis “primas” tardes enteras, las limpiezas
diarias de aquella parte de la casa que yo creía vacía, la cama que me habían quitado
a mí… Pronto llegué a la conclusión de que eran personas perseguidas y que se
ocultaban por miedo a ser detenidas.
Desde aquella noche mi vida cambió mucho.
Era como si me hubiera encontrado otra vez con la guerra. Comprendí que estaba
nuevamente rodeada de gentes y cosas en peligro.
Procuraba subir a tender la ropa al camarón
del cuarto piso muy temprano, cuando suponía dormían aquellos tres hombres;
sentía miedo de encontrarme con alguno, eran para mí, en aquella casa tan
tranquila, fantasmas de rasgos poco definidos. Las funciones nocturnas no
volverían a repetirse, pero os repito que ni el abuelo ni las primas me
explicaron nada. Yo tampoco pregunté.
Sin embargo, me prometí a mí misma, ayudar en lo que fuese y, por el
momento en callar y no hablar de ello a nadie. Y así fue. Supuse que mi madre lo sabría
también y que todos quisieron que yo no conociese nada de semejantes problemas,
no fuese a descubrir el escondite en el que seguramente se encontraban y la
responsabilidad de los que les ocultaban.
Hijos míos, por hoy basta. No dejéis de
llamarme… ……………………………………………………………………………….
Besos a los
niños y a vosotros el cariño inmenso de vuestra
Madre
CARTA XX
Burgos 2- 6 - 1.985
Queridos
hijos: Quiero escribiros estas cartas con más frecuencia, pues pienso pasar
unos días fuera y dejar ya terminadas tantas cosas como ocurrieron en estos
últimos meses, con esa lucha que aún continuaba.
……………………………………………………………………………….
Pero voy a
seguir con mis recuerdos.
Desde la noche que deduje vivían en la casa
personas para mí desconocidas o en secreto, volvió a mí la idea que tanto me
atormentó meses antes. Si esto se
descubría, mi padre, mis primas y tal vez mi madre, serían detenidos y todos
ellos en verdadero peligro.
Pensaba en el gran sacrificio que estas
chicas estaban haciendo, pues no era solo lo compro-metido del caso, es que
además, y esto me parecía heroico, es que había que darles de comer sin
cartillas de racionamiento, sin dinero para comprar nada de estraperlo, y todo
ello por meses y meses.
Comprendí los viajes a los pueblos serranos,
para cambiar vestidos y juegos de cama bordados por cosas de comer. Traían huevos,
algo de matanza, quesos, ¿?...y siempre aparentemente tranquilas y la mar de
alegres.
También supe, como Antonia y Amalia eran medio
novias de los dos que me parecieron jóvenes (delante de mí hablaban de ellos)…Ya no ponían
pretexto para subir al piso alto, ni para buscarles libros y novelas entre sus
amistades; comprendía también se trataban de chicos cultos y perseguidos, pues
sus lecturas y folletos eran para gente intelectual y de derechas.
Una mañana, al bajar a abrir la puerta, una
chica de la casa lindante habló a Teresa confidencialmente y se marchó
corriendo.
Estaban haciendo casa por casa un registro
muy minucioso (en la suya habían terminado). Mi padre debía salir
inmediatamente, pues al no vivir ya en la guardería carecía de documentación.
Cogió a mis hermanas pequeñas y salió como a dar un paseo. Antonia llevaba dos
días fuera con sus problemas de alimentos.
Mi prima Teresa me llamó muy preocupada:
- Mira Juani, ya te has dado cuenta que
tenemos en el piso de arriba a tres escondidos. Se trata de dos chicos, muy
buscados por la policía, uno es el Jefe de Falange, estaban empleados en la
Delegación de Hacienda, son abogados. El otro es el Sr. Deán de la Catedral, ya
es mayor y está muy delicado, tienes que ayudarnos.
Sin decir más echamos a correr escaleras
arriba. Los tres hombres estaban todavía
en la cama, leían con las ventanas cerradas, siempre con miedo de ser vistos
por los vecinos y con tan poca luz que parecía mentira que pudieran
hacerlo.
Mientras se
vestían nosotras subimos al camarón. Empezamos a sacar libros de un armario que
sin patas estaba colocado junto al tabique de la casa inmediata. Enseguida los
chicos arrastraron el armario hacia un lado y quedó al descubierto un boquete
capaz de ser atravesado por una persona que se fuera arrastrando. Rápidamente
metieron al que pensé era el Deán en un baúl sin tapa y empujaron para meterlo en el camarón
contiguo; ellos pasaron rápidamente con toda facilidad y nosotras volvimos a
situar el armario en su sitio y a meter en él los libros y objetos que
antes tenía, todo corriendo, pues ya se
oía como sonaba con fuerza el picaporte de la puerta. Antes de abrir, pasé
corriendo también y coloqué en el balcón de nuestro cuarto una maceta, era la
señal para que el abuelo no subiera a casa, digamos un “stop”. Me dijeron mis
primas que procurara entretener a los visitantes y les enseñarse las
habitaciones bajas, mientras ellas se pusieron a coser y bordar respectivamente
en la cocina.
Les expliqué que mi padre, mis hermanos y yo
éramos de Madrid. Bueno, no os he dicho que venían cuatro milicianos, con los
consabidos “monos” azules, sus gorros de campaña y los pañuelos rojos anudados
al cuello. Les expliqué como mi madre era la Directora de la Guardería del
Socorro Rojo y que por ser pequeños mis hermanos estábamos evacuados en esa
casa. Les pasé a las habitaciones del primer piso; el tío Jesús que dormía de
mañana por su trabajo nocturno se levantó.
Lo miraban
todo, hasta la leña que hacía de camastro mío la revolvieron, pasaron a
la salita seguidamente y al dormitorio que había en su interior, del tío Jesús.
El registro continuó palmo a
palmo. Se notaba llevaban alguna sospecha o denuncia, pues miraban todo
detenidamente. De todos modos el saber que estábamos evacuados cinco personas
de Madrid pertenecientes al Socorro Rojo debió tranquilizarles bastante.
Así, piso a piso llegamos al Camarón, en el
seguían picoteando las gallinas y revoloteando las palomas. Tiraron varios cajones vacíos, revolvieron la
leña y abrieron el armario viejo y medio desvencijado, como correspondía al
sitio que ocupaba, y después de mirar hasta por las vigas del techo, sin apenas
saludar, empezaron a bajas las escaleras. Teresa me miró mientras sonreía. Al
poco todo volvió a su sitio, yo recogí la maceta del balcón y al rato llegó el
abuelo con los pequeños. Como siempre dimos gracias a Dios.
También yo se las doy hoy, hijos míos, por
veros tan…………………………………………………………………………. ……………………………………………………………………………….. Muchos besos y hasta pronto, vuestra
Madre
CARTA XXI
Burgos 10- 6 - 1.985
Queridos
hijos: Ya tenemos en Burgos hasta calor… ….. pero voy a seguir con mis andanzas.
Al volver
nuevamente al camarón los “prófugos” de idéntica manera que se fueron, aunque
no me dijeron quiénes eran, les conocí rápidamente. Estaban nerviosos, pero tan
contentos que pronto volvió el armario (sin decir palabra) a estar en su sitio,
es decir, tapando el agujero que comunicaba con la casa de la Sra. de al lado,
que trabajaba en Hacienda, y comprendí que era la que buscó el escondite a los
chicos jóvenes. Todo quedó ordenadamente desordenado y animado por los
simpáticos animalitos que buscaban y rebuscaban entre las pajas del suelo, y
revoloteaban por los cajones y demás trastos.
Comprendí que el novio de Antonia o Toni,
como él la llamaba, era Joaquín, tendía unos 28 años, moreno, fuerte con
bigote, y una vez en casa se colocó unos lentes, me pareció el más simpático.
Ramón, el amor de Amelia era más alto, delgado, de aspecto enfermizo, a más de
la palidez que todos tenían se le veía menos vital o más cansado.
El Sr. Deán tendría cerca de setenta años, el pelo blanco
pero abundante, vestía cazadora marrón y pantalón gris, se notaba mucho que era
sacerdote hasta en la forma de andar y de moverse. Al sacarle del baúl sonreía
y me miró con cierta gratitud, pero yo me bajé rápidamente, estaba violenta y
no crucé con ninguno ni una sola palabra.
¡Ya conocía a “los fantasmas”
¡Pobrecillos!... Pensé, ¿Cuánto durará
su encierro? Pues aquellas cosas que decía el abuelo al empezar la guerra ya no
las creíamos; él aseguraba era cosa de quince días todo lo más…
Desde ese
día empezaron todos a tener en mí confianza. Me enviaban con novelas, cartas, o
recados a otras casas en las que también había gente escondida. Decía Teresa,
que aunque ellos no se habían destacado en política en todo
Cuenca se sabían sus ideas religiosas y derechistas, y por tanto eran más fácil que las siguieran en sus salidas y venidas que a mí, una niña madrileña y evacuada y que había llegado con el Socorro Rojo donde vivía el resto de su familia; y tenía razón, así que comprendí muy natural fuese yo la que se ocupara de esos menesteres.
Cuenca se sabían sus ideas religiosas y derechistas, y por tanto eran más fácil que las siguieran en sus salidas y venidas que a mí, una niña madrileña y evacuada y que había llegado con el Socorro Rojo donde vivía el resto de su familia; y tenía razón, así que comprendí muy natural fuese yo la que se ocupara de esos menesteres.
Por las mañanas salía de
casa con mi bolsa de comprar a las colas y de paso me acercaba a los domicilios
que me indicaban con el encargo o “el parte” del día la mar de contenta. Algo
tenía lo prohibido y peligroso que atrae, al menos con aquellos años
Lo de “parte” era lo siguiente, por la
noche todos los habitantes de la casa “semideshabitada” bajaban a la cueva,
ésta estaba en la entrada bajo una puerta en el suelo; allí oían Radio Burgos y
se enteraban de los avances de las tropas de Franco, esto se perseguía, así que
ocultaban la radio entre las tablas y ¿? de la estufa y nadie más sabía en casa
de ese aparato, que por entonces no había muchos y transistores no se conocían.
La mayoría de las veces el “parte” lo llevaba escrito entre las tapas y forro
de la novela que cambiaban y otras me lo daban oral y yo lo repetía de memoria.
De esta forma empecé a conocer gentes que se escondían en los sitios más
inverosímiles y a mantener secretos demasiados serios para mi edad, pero
entonces no me preocupaba lo más mínimo y me producían una cierta alegría,
poder hacerlo
Ya os
contaré un caso que al final de la guerra me hizo pasar el más angustioso de
los ratos que he pasado en mi vida, y ya van siendo muchos. Mi padre conocía
mis nuevas andanzas y aunque no me comentaba nada, tampoco me lo prohibió.
A veces, estando en alguna casa, o si
encontraba a alguna amiga, ponía algún pretexto y me despistaba un ratito para
cumplir mi encargo.
La señas o los domicilios nunca los llevé
escritos y si alguien me preguntaba qué hacía, al verme salir de alguna casa la
respuesta era siempre la misma: “Estoy
buscando una habitación para mudarnos, yo no tengo ni cama”.
La guerra
continuaba; en la Ciudad se iba notando como iban escaseando los víveres y el
frente parecía se acercaba, aunque eso sí, muy lentamente. Sabíamos que en
Madrid se resistía heroicamente luchando en los sitios más próximos y que era
bombardeada con obuses constantemente.
En nuestra
casa habían recogido a dos familias con niños, la portera, nuestra querida Srª
Isidra nos lo comunicó al tiempo que los pobres estaban quemando sillas para
poder malguisar, pues sus casas habían desaparecido entre los escombros.
Nada
parecía importarles a mis padres, pero ellos seguían mandando el alquiler al
piso; por cierto que una de las veces que fui a correos para efectuar el giro
de dos mensualidades, me quitaron el dinero sin yo darme cuenta. ¡Cómo recuerdo
mi dolor y mi angustia…! ¡Cómo subí llorando las escaleras de la calle del
Agua…!
Por otra parte, a nosotros y aunque nos
llamaban evacuados seguimos pagando el alquiler de nuestra habitación; el cerco
económico ya pobre de por sí se iba cerrando. Las cosas de comer que nos
guardaba la abuela también eran menos, pero yo procuraba subir a casa cuanto
podía. Muchas veces me ofrecía como ayudante de los puestos de verduras y así
al final me servían mejores raciones de lo que fuese.
Hijos míos, no me cansaré
nunca de repetiros que procuréis respetar las ideas de todo el mundo aunque no
coincidan con las vuestras; que busquéis siempre con amor el diálogo y que no
permitáis jamás otra guerra civil, en la que el enemigo está dentro del entorno
vuestro. Allí toda persona es sospechosa, muchas veces ocurrió dentro de una
familia. Yo seguí con mis paseos por
Carretería, con mis ensayos en el Instituto con su Cuadro Artístico y con el
trajín de casa; para mí el problema mayor eran las sábanas; en los días de
invierno en aquella “pililla” tan chica y mis pobres fuerzas… Ahora comprendo
cómo (¿?) era responsable del gran problema que estábamos viviendo todos los de
la casa. Esto se vio mejor después… pero ya no estábamos. Ya sé que lo sabéis
como ocurrió todo, pero iremos por partes y despacito os lo contaré. Por hoy os voy a dejar, ya tengo deseos de
acabar, pero faltan cosas muy importantes. Me maravilla como solo tengo que
pararme para ordenar ideas; pero las tengo frescas como si hubieran ocurrido
ayer, ¡si hoy no recuerdo nada de un día para otro!... en parte es debido a que
os lo he contado, eso debe ser lo que ha impedido que se me olvidase totalmente
como otras cosas; bueno eso…y la edad, esa bendita edad en que todo se queda
como con un cincel en la roca.
Para todos
muchos besos, vuestra
Madre
CARTA XXII
Burgos 30- 6 - 1.985
Queridos
hijos: Hoy tengo que referiros un trozo de mi vida en guerra muy desagradable,
pero que al cabo de ella fue causa de aquel otro para mí horrible.
Pues
ocurrió que una mañana, me encargaron fuese a llevar unas novelas y a recoger
otras en un piso segundo de cierta calle estrecha de la parte antigua. Salió a
recogerlas Mª Luisa, una chica de la que había oído hablar mucho a mis primas.
Era la única chica de cinco hermanos. Al empezar la guerra fueron detenidos su
padre y los cuatro chicos y… Prefiero
sean ellos quien os lo cuenten.
Nada más llamar a la puerta con no
recuerdo qué señal con los nudillos, me abrió una joven todo enlutada, alta,
delgada, yo diría delgadísima, y de ojos negros muy profundos. Me advirtió no
hablase por el pasillo, tenían miedo de ser oídas por los vecinos; al principio
de éste había un dormitorio cuya única ventana daba a un callejón sin salida e
inhabitado.
En él, y a medio vestir, había un chico
joven moreno, de pelo negrísimo, de cara
pálida, no muy alto y francamente nervioso. No dudé, era él el destina-tario de
las novelas. A pesar de mi silencio se puso en pie y me saludó con el consabido “¡Arriba España!”
Allí, y siempre bajito empezó a preguntarme
cómo estaban Ramón y Joaquín, que qué tal mis primas y si llevaba el parte de
guerra de Radio Burgos, pues ellos no tenían aparato y carecían de noticias
“frescas”. Yo contesté con lo que sabía, y así empezó un rato de charla que
Julio, así se llamaba, tenía deseos de narrarme. Vivía milagrosamente, pues había sido “fusilado”
junto con su padre y sus tres hermanos. Detenidos los cinco hombres de la casa
por pertenecer a Falange Española, una noche fueron sacados de la cárcel y con
otros doce más llevados junto al Júcar, en un sitio próximo, cerca de una
carretera o camino (no recuerdo), y allí fueron ejecutados. Iban atados pero la
noche era muy oscura, y el caso fue que al tiempo de disparar Julio pudo
tirarse al río, allí buceando primero, y nadando silenciosamente después, notó
que solo sangraba por un hombro. Estuvo mucho tiempo escondido dentro del agua
entre unos matorrales; al fin, y cerca de las tres de la mañana llegaba a su
casa sin ser visto; y se ocultó en el escondite en el que ahora se encontraba.
La mayor parte del día ponían un perchero de los que entonces se llevaban,
tapando la puerta, y de no conocer la casa esa habitación quedaba totalmente
oculta.
Tanto Mª Luisa como él, me fueron la mar de
simpáticos y la Historia de su segundo nacimiento me impresionó grandemente. Ya
en el final del relato entró la madre, una señora canosa, delgada también,
entre riguroso luto que sirvió para terminar el cuadro ya de por sí “goyesco”.
Salí sigilosamente cuando pude, y prometí volver con más novelas y
cuanto necesitaran.
Durante mucho tiempo la visita de
aquel día me acompañó a todas horas. Pero mis pocos años lo superaban todo.
Pronto bajé a Carretería para ver a mis amigas y hacer las “colas” de
rigor.
Cuando volví a casa, solo mis primas se
preocuparon de lo ocurrido; aseguraban que era una familia ejemplar, y Marisa
una chica encantadora, siempre al lado de su madre.
No quiero, hijos míos, que veáis en mis cartas
otra cosa que no sea la paz. Bien sabemos que cosas así o parecidas ocurrían en
la zona contraria, por ende mi intención en estos relatos es que no conozcáis
la guerra. Cuando se ama se goza, se respira; cuando se odia, se sufre
horriblemente. Siempre creí, que más que el envidiado, padece el envidioso; y
según van pasando el tiempo y la experiencia se hace la maestra, me afirmo más
a la idea.
Hijos, aún me quedan cosas interesantes
que contaros, y es verdad que paso ratos que se van sin sentir, pero también es
cierto que sufro, tal vez más que cuando los viví, al recordar cosas como esta
que os acabo de escribir.
Cuidaros mucho……………………………………………………..
Con
vosotros y el cariño de vuestra
Madre
CARTA XXIII
Burgos 5- 7 - 1.985
Mis
queridos hijos: Esta carta va a ser la última con las “cosas de mi guerra”
hasta que volváis de vacaciones……………………………………………………………..
Pues ya
continúo con los días de Cuenca; creo corresponden al segundo año de contienda.
Mi vida continuaba la mar de tranquila. Debieron
hacer cambios en la forma de llevar las noticias, y había muchos días que no
tenía que ser yo quien las llevara; por lo contrario, venían a casa, y así era
más fácil no levantar sospechas entre los vecinos. Otra vez el peligro y los
problemas entre los hermanos. Una vez
que traía la compra del día tras colas interminables, ayudaba a Teresa, y en
verdad lo pasaba muy bien. Escaseaban también los figurines, por lo que las
modistas amigas se prestaban y cambiaban los que lograban adquirir, así que la
mar de atrevida empecé a copiar en un cuaderno los vestidos, abrigos y
chaquetas que mi prima me había indicado que le interesaban. Otras veces
aprendía a coser; esto no lo hacía nunca bien, por lo que me limitaba a
ayudarla a sobrehilar y coger los bajos. El abuelo mientras con los niños, les
hacía aprender muchas cosas de viva voz; muchas tardes íbamos a la guardería a
ver a mi madre y a las tías Vicen e Isabelita.
Parece que estoy viendo al
abuelo cruzar el puente de San Pablo con tía Lolita sobre sus hombros; el
paisaje se quedó tan grabado en mí, que ya tengo un cuadro que pinté de las
“Casas Colgadas".
Como os dije, también acompañaba a Teresa a
probar a sus clientas. Una tarde, estando en casa de una Señora la mar de
elegante pasó al saloncito uno de sus hijos, Pepito, y con esa gracia natural
que solo ella tenía, le dice: “Mira
Pepito, esta chica es de Madrid; te tienes que casar con ella”…Creo que fuimos
los dos los que nos pusimos como amapolas, y cuando nos encontrábamos en
Carreterías nos saludábamos la mar de avergonzados.
Poco después le llamaron al
frente, y una tarde se acercó a mí Pepito; quería que fuera su madrina de
guerra y me pedía una foto y la promesa de escribirle y mandarle, claro, alguna
cajetilla de tabaco. En eso quedamos, y ya no volví a saber de él más que por
cartas difíciles de llegar.
Otra cosa también graciosa fue que cierta mañana, me llamaron mis
“primas” a su habitación; sobre la coqueta había una jofaina con agua, un
estropajo de esparto (no habían otros) y un trozo de jabón verde; cual no sería
mi sorpresa cuando entre Amalia y Toñi me lavan y restriegan una y otra vez
toda la cara, y seguidamente con la toalla me vuelven a restregar bien, y miran
si había colorete. No me dijeron ni una palabra y yo apenas protesté, sus
actuaciones conmigo eran secas, todo lo contrario de cómo me trataba Teresa… la
quise mucho.
Se conoce, que como siempre he tenido buen color, pensaban traía de
Madrid algún potingue que yo no comentaba, y tuvieron el valor de cerciorarse
por sí mismas. Sabían que la pobre Juani no iba a decir ni palabra, aunque me
pusieran la cara como un tomate…que así fue como me la pusieron. Yo estaba
acostumbrada a su trato un poco despectivo. Poco después ocurrió una escena que
fue fatal para mí, pues desde entonces parecía yo su enemiga. Hacía frío,
acababa de lavar la ropa y las manos me dolían, el agua de la pila estaba
helada, cogí el cubo con la consabida carga y eché escalera arriba para
tenderla. Serían sobre las once de la mañana, que era clara y luminosa. En el
camarón encontré las cuerdas vacías y empecé a colocar con pinzas las prendas,
no tan limpias como me hubiera gustado, pues no se encontraba jabón. Desde allí
contemplaba los tejados de las casas más
bajas y las ventanas de otras buhardillas – ya os he dicho que le faltaba la
mitad del tabique que daba a la calle, y resultaba una especie de balcón
corrido. Como os decía yo tendía y quería calentarme las manos que, con el
frío, las tenía amoratadas. De pronto oí un ruido detrás de mí, se había caído
un cajón vacío y apoyado en tantos otros. No me volví, comprendí que se había
escondido, al oírme, alguno de los chicos del tercero, así que seguí tendiendo,
pero lo que si me dejó más fría todavía, fue cuando dos brazos de hombre me
rodeaban por mis hombros mientras me decían:
-“Mira Juani, ya se ve desde
aquí el frente de Teruel”.
Al mismo tiempo sus dedos
colocaban sobre mis ojos unos prismáticos grandes. Yo no vi nada, os lo
prometo, pero la voz de Joaquín me seguía hablando al oído, y su cara, a medio
afeitar, se pegaba cada vez más a la mía. No pude reaccionar, detrás de nosotros, y en
la puerta de la cámara, estaba Antonia, llena de cólera, que empezaba a gritar,
mientras tiraba una a una las prendas colgadas por mí, entre las pajas y
porquería de las ya cocidas aves.
-“Desde hoy – decía rabiosa – está prohibido que subas de tu piso sin
decírmelo a mí”.
Joaquín me dejó libre, bajó la cabeza y
cogió las escaleras para sus habitaciones. Ella me esperaba gruñendo en la puerta
mientras yo, aun nerviosa y sorprendida, empezaba a recoger mi ropa para
volverla a meter nuevamente en la pila.
Es cierto, tanto a Amalia como a
Antonia les tenía miedo. No despegué mis labios.
Bueno, hijos, ya os he contado un pasaje que
he recordado durante muchas veces. ¿Cómo es posible que una chica guapa de
veinte años, pudiera enfadarse tanto con una chiquilla que jamás había hablado
con su novio?... Pero es cierto que pasado el momento, y cuando le decía que
tenía que subir al camarón para una u otra cosa, me costaba, y en mi interior
subía con miedo; siempre pensaba que, aunque escondidos, me estaban vigilando,
y eso sí, procuraba subir bien arreglada. (* Nota del este escribiente: “¡Mujer, al fin y al cabo! – aunque fuera
tan jovencita -, ¡y presumida como pocas!, doy fe).
Quedamos
pues, Pepe Luis que………………………………. ………………………………………………………………………………..
Pasado el
verano os prometo volver a terminar estos recuerdos que una vez más os repito
parecen fueron hace unos días…y ahora soy incapaz de situar lo ocurrido en los
últimos años.
Muchos
besos a todos de vuestra
Madre
CARTA XXIV
Burgos 1-9- 1.985
Queridos
hijos: Nuevamente en casa. Este verano he pasado días estupendos……………………………………..
….…………………………………………………………………………….
Bueno, pues
a ver si me concentro, hice una especie de guion de las cosas que ocurrieron
desde que dejé mi relato y espero pronto llegar a su final, pero hoy puedo
deciros quedan recuerdos de lo más interesantes que al escribirlos despacio y
con más detalle os van a parecer casi nuevos.
Antes quisiera hablaros algo de los tíos, mis
pequeños, y del abuelo.
A mi padre le hizo la abuela una cazadora de
lana negra y con un pantalón de pana, sin corbata y jersey de cuello alto
pasaba los días y los meses de invierno, para salir se ponía un abrigo ya muy
raído que yo me echaba en la cama, pues su peso hacía que dieran más calor las
mantillas que cubrían el camastro de leña. Rezaba mucho, por las mañanas y
hasta que se despertaban los niños que con él dormían en la cama grande, le oía
como desgranaba las cuentas del rosario, por las noches también en la cama leía
y releía el libro que encontró: “A los que sufren”, y luego otro que le dio el
Sr. Deán con el que creo os dije se confesaba frecuentemente.
Su
principal ocupación eran los niños, así podía yo salir en busca de… lo que
dieran y de la limpieza y guisos. Gracias a Dios, y aunque jamás había sido
cocinera pronto aprendí a hacer la comida con lo que cada día lograba traer del
mercado de la Calle del Agua. Desde Valencia y con camiones traían bastantes
patatas y verduras, recuerdo que el aceite no llegaba a ½ kg por semana para
todos, pero en fin en esos momentos trabaja la imaginación y unos a otros en
las colas se pasaban recetas y fórmulas maravillosas. Ya os lo conté, tortillas
de patata sin huevo, cocido sin carne ni tocino, café con cebada que nosotros
teníamos que tostar y sacarina a todo pasto.
Las niñas, tío Pepín pasaba más tiempo en la
Guardería, desayunaban en la cama.
En ultramarinos daban de
vez en cuando, unas barras de una especie de tierra color marrón que decían era
Chocolate; todas se guardaban para ellas, con paciencia de ángeles o santos les
iba repartiendo las cucharadas desde el mismo tazón. Mientras les iba contando
cuentos y muchas veces pasajes de la Hª. Sagrada. Las pobres mías iban abriendo
la boca como pajaritos y se iban tragando cuanto les daba. Estaban muy guapas.
Amparito, tan guapa como la abuela, era más espigada, alta para sus cuatro o
cinco años, extrovertida, no traviesa, pero más inquieta, jugaba fácilmente con
cualquier cosa. Lolita era más tranquila, tenía un oído estupendo y repetía
pronto las canciones que le enseñaba Teresa con verdadero tono músicas. Lo que
más le gustaban eran los animales, ellas no subían nunca al camarón y de esa
forma se divertía con una simple “mariquita” que encontraba o con un caracol
que le subía yo de la plaza; sobre una hoja de lechuga pasaba horas enteras
viendo como el animal se deslizaba pausadamente royendo la verdura. Una tarde la encontré junto a la maceta
célebre, que entraba y salía del balcón, haciendo con un palito un hoyo,
observé que quería meter en él una caja de cerillas vacía, pero que ella había
rellenado con una mariposa blanca muerta que vio en el balcón. Aquello me
impresionó grandemente y no lo olvidaré nunca. ¡Qué escena más tierna para un
cuadro, su belleza, su cutis de porcelana, sus inmensos ojos verdes… y sus tres
o cuatro años durante aquellos días.
Yo seguía por entonces ocupando los ratos
libres en los ensayos de “Nuestra Natacha”, obra preciosa de D. Alejandro
Casona, y en la que yo hacía el papel de Flora. Nos reuníamos en un aula del
Instituto que había en el puente de la Trinidad, creo que se llamaba. Natacha
era una chica morena guapa, que me pareció mayor y que lo hacía muy bien,
Marga, la rebelde, otra estudiante más menuda y delgada que tenía escenas muy
fuertes, Lalo majísimo y yo, que ya os dije hacía el papel de una estudiante de
Literatura enamorada de un tal Mario tan aplicado como despistado en el
amor.
Resultó muy bien. Fue en el teatro
Cervantes y siempre con fines benéficos de guerra.
Poco después
empezamos a ensayar otra, pero no recuerdo casi nada de ella, ni siquiera el
título. Los nuevos rumbos que tomó la
guerra hizo que no continuaran los ensayos, nos dirigía un profesor joven, que
tenía muchos contactos con estudiantes de la F.U.E. Yo me llevaba muy bien con
ellos, no veía nunca sus ideas
revolucionarias o de extrema izquierda, algunos pertenecían a la C.N.T. pero
para mí eran compañeros amigos, jamás vi en ninguno mi enemigo; hasta pensaba
muchas veces cual sería el verdadero partido político interior, al que
verdaderamente pertenecían, pues nunca nos daba tiempo de hablar de la guerra o
al menos se evitaba por parte de todos. Y así estábamos cuando en
casa ocurrió una “función”, mejor dicho, un sainete que si lo coge Muñoz Seca
hace algo divertidísimo. En mi próxima carta os lo relataré paso a paso y ya sé
que os reis siempre que os lo cuento.
Hasta
pronto. Os recuerdo mucho, todo mi cariño y los besos de vuestra
Madre
CARTA XXV
Burgos 7-9- 1.985
Queridos
hijos: Otra vez con vosotros. Me figuro
seguiréis aprovechando estos días………………………… ……………………………………………………………………………….
Os decía en
mi carta anterior que os iba a contar la función que organizaron las primas a
la llegada de otras también lejanas del pueblo del abuelo, pero he pensado os
cuente antes otro pasaje interesan-tísimo que desde luego fue anterior ya que uno
de los protagonistas tuvo que ser sustituido pues no estaba en casa ya. Así que
iremos en todo lo posible con orden cronológico.
Resultó que yo veía venir a casa con
frecuencia a un hombre vestido de trabajador en la construcción, me parecía a
mí por sus ropas y demás. Ya de noche acudían otros varios mal vestidos que
comprendí era gente escondida, entre estos una vez vi a Julio (el “asesinado”),
que hablaba con ellos mientras subían al piso de arriba. Con mi padre no hablé
nada, pero mis primas no se ocultaban ya en hablar delante de mí y me enteré de
lo que estaba ocurriendo.
Había venido de Valencia un camarada (el
que yo creía de la construcción) de Falange y que se proponía pasar mediante un
guía pagado, a los jóvenes escondidos, por el frente de la Zona Nacional. No
supe los kilómetros a que se encontraba, pero sí que era preciso cruzar andando
tres noches. Los guías tenían preparadas
cuevas o chozas para descansar. Aquellas reuniones no tenían otro objeto;
preparar la huida con todo detalle y aún con peligro de ser descubiertos,
incluso ser detenidos en el momento de la salida. Oí que lo harían con mil
precauciones y rodeando por donde no había guardias a las afueras.
Fueron días muy agitados, llevé dos o tres
recados a las casas de los escondidos y mis primas no paraban buscando calzado
apropiado y ropa de abrigo, comida y meriendas, pues aún eran las noches
frescas y largas; esto debió ser por primavera del 2º año.
Llegó
el día fijado y de casa salieron varios, no supe el número total de los
“excursionistas” pero yo vi salir de la casa siete. Joaquín, Ramón, Julio (el
“fusilado”), un señor de unos cincuenta y tantos años y tres más, uno hijo de
éste, que no conocía y cuya novia era una amiga íntima de la casa; rubia muy
arreglada, muy mona, la vi que bajaba llorando las escaleras. Sentí miedo
¿podrían llegar a feliz término el viaje? Todos iban disfrazados, varios de
mujeres de pueblo, entonces con faldas largas y negras, pañolones a la cabeza
y mantón de lana, otros de mono y
chaquetones gordos con boinas metidas
hasta los ojos.
También vi salir a D. Luis, el Deán; él iba
vestido de vieja y lo parecía totalmente entre el pañuelo de la cabeza y el
mantón apenas se distinguía su cara. Pero claro él no entraba en la expedición,
él no quería quedarse solo y le cambiaban de casa; había venido un joven para
acompañarle. Al bajar, junto a mi rellano, puso su mano sobre la mía apoyada en
la barandilla y dijo bajito:
-
Adiós
Juani, que sigas así.
Mi padre ya
estaba acostado con las niñas pero supe se había confesado y despedido horas
antes y que sabía su nuevo escondite. Estas cosas sucedían continuamente por
varios frentes y por radio Burgos, daban la contraseña a sus familiares que
esperaban ansiosos noticias de su paso a la libertad. ¡Cómo debían desearla
tras tantos meses de encierro!
Supe que cada uno llevaba al
cuello una cinta con un color y un número y cada noche después del parte
comunicaban a sus familias la feliz llegada de fulano y mengano, sin decir
nombres, claro está. Fueron días de
verdadera tensión, al fin durante la emisión de radio Burgos dieron las cintas
y los números de cinco de nuestra expedición, Julio había llegado pero Ramón
no; el hijo del señor que yo vi mayor que el resto, tampoco. Mis primas hacían
mil conjeturas, ¿estarían descansando en alguna choza o cueva? ¿Les habrían
cogido? Como os digo, fueron días angustiosos. Nati, aquella chica rubia que
acompañaba a su novio hasta la puerta de casa, vino varias veces por si
teníamos noticias. Lloraba a cada momento y la verdad que mis primas no sabían
cómo consolarla. Unos días después se descubrió el enigma.
Serían las cinco de la madrugada, aun sin luz
de día, cuando me despertaron los aldabonazos del llamador; noté eran golpes
con contraseña de la casa y tanto el abuelo como yo nos tiramos de la cama, y
abrimos las contraventanas del balcón, a la tenue luz de una bombilla de la
calle distinguimos un hombre, pero ya bajaban Teresa y Antonia por la escalera asegurando
era Ramón sólo. ¡Hijos mío qué
momentos!...
Y así era; después de abrazarlas llorando
les contó que él había tenido que descansar dos días en la choza del pastor y
viendo no alcanzaría el frente dando el rodeo necesario que faltaba, había
decidido volver, pero que Ángel había sufrido un infarto y había muerto. Su
mismo padre y ellos tuvieron que enterrarle antes de continuar. Muy bajo
siguieron hablando y nosotros volvimos a la cama pero ya claro no pude volver a
dormirme.
Cuando
me levanté no se hizo comentario alguno, pero se dieron cuenta de que nos
habíamos enterado de todo. No sé de quién se valdrían pero llevaron enseguida
la noticia a casa del muchacho; el padre claro, pudo resistir la caminata y
encontrar el aire y sol tanto tiempo perdido, pero debió ser terrible ver morir
un hijo tan joven en un intento por alcanzar la libertad.
¿Lo veis hijos míos? ¿Veis a qué conducen las
guerras? ¡Cuántas penas, cuantas lágrimas derramadas, cuántos corazones rotos
de dolor y angustia…! Huir de la guerra una vez más lo repito. Sed
condescendientes y tratar de arreglar las cosas, como debe ser, entre hermanos,
entre hijos de Dios, aunque Éste se
llame de forma distinta. Si otros no ceden, no se avienen a vuestros deseos, os
queda un arma maravillosa, la oración, el sacrificio, el ver en todo es Dios
quien lo permite y aceptar su voluntad… ¿pero la Guerra…? Por favor Pepe Luis, tú
tan ¿? y tan ¿?, procura huir de ella, es casi preferible morir, ser víctima,
que vivir rodeado de tanto crimen.
Pronto la casa volvió casi como estaba; dos
chicos jóvenes vinieron a ocupar las camas de D. Luis y Joaquín, así que con Ramón volvieron a ser
tres los “fantasmas” nocturnos. Preferían dormir de día y así no hacer ruidos
de día, cuando venía gente a probarse o traer costura; para esto último seguían
utilizando mis figurines. Yo creo que desde entonces los trajes que me han
hecho he tenido la costumbre de diseñarlos yo, hasta el de mi boda y el de
Madrina para serlo en la tuya. Nadie como una para conocer sus defectos y
tratar de disimularlos. Bueno ahora que despacio os voy relatando tantas cosas como
me tocó vivir en mi adolescencia me parece más bien una novela cargada de
imaginación y de aventuras. Pero nada más cierto hijos míos, todo lo que os
escribo es verdad, solo he cambiado los nombres, pero no las personalidades de
cada una de las gentes con las que viví esos tres años. Ahora bien, esto y
mucho más podrían contar y habrán contado las personas de mi edad que vivieron
la tragedia en ambas zonas.
Cuidaros mucho, Juan Carlos con su trabajo y
sus estudios de su 3ª carrera. ¡Qué barbaridad! Tú Pepe Luis con el dichoso
globo; tampoco me dejas tranquila.
Muchos besos de vuestra
CARTA XXVI
Burgos 12- 9- 1.985
Queridos
hijos: No sabéis lo que celebro ver a mi nieto volver a clase tan contento…………………………..
……………………………………………………………………………… Ahora nuevamente con mis recuerdos. Mi
vida en Cuenca nunca fue monótona, no ya por las cosas que ocurrían en casa,
sino porque Cuenca era para mí en aquellos años, y a pesar de la guerra, una
también Ciudad Encantada
Por las mañanas y después de arreglar mi
habitación y a los niños salía la mar de contenta; las colas, una vueltecita
por Carretería muchas veces con mi amiga de Madrid y a conocer chicos que iban
y venían del frente. No sé ya cuántos ahijados de guerra tuve, ellos preferían
cuatro o cinco Madrinas, mejor que una y nosotras no les desanimábamos y les
prometíamos cartas y… regalos. La mayoría de las veces acababa todo en agua de
borrajas, pero lo hacíamos seguras de cumplir tantas promesas. Pero
económicamente iba viendo que todo se ponía peor; era difícil lograr cosas para
comer con cartilla y que nada podíamos comprar de estraperlo, dado su precio.
Los ahorros que llevaban los abuelos se acababan y yo era la que mejor me daba
cuenta del problema.
Una mañana me enteré buscaban una mecanógrafa
para unas horas en una casa que fabricaban jabón de lavar. Ni corta ni perezosa
me presenté, lo debí de hacer “tan bien” que al final de las dos semanas me
dieron unos ladrillos de jabón verde y no me dijeron que volviese; yo apenas
sabía buscar las letras en el teclado de la máquina y así debió salir el
trabajo.
El tiempo avanzaba y el final de la guerra
se veía más próximo. Los hombres eran llevados al frente cada vez más jóvenes
(casi niños) y más viejos (casi abuelos). Muertos, heridos, desaparecidos eran
las noticias de boca en boca y hasta aquel rincón tranquilo salpicaban las
preocupaciones.
Yo no sabía qué hacer para ayudar en la casa,
y mira por donde ocurrió que una tarde en un ensayo del Instituto unos
compañeros comentaron pedían Auxiliares Docentes para cubrir plazas vacantes de
Maestros ausentes. Me dijeron exigían por lo menos tres años de Bachillerato y
unos justificantes de ser adictos al régimen.
Yo les conté que mis documentos de estudios
era imposible presentarlos, pues en Madrid habían desaparecido, pero que me
sometía al examen que quisieran hacerme y es que claro, el tercero lo tenía sin
validez oficial. Les pareció natural y dos de los chicos del Instituto se
ofrecieron a acompañarme y avalarme políticamente. Dicho y hecho, sin decir
nada a los abuelos me presenté en el domicilio que me indicaron donde me
pareció estaba presidido por la C.N.T.
Ya desde la calle y por las
escaleras, todo estaba invadido por pasquines y banderas. En los salones del
local había un lío horrible, camaradas que entraban y salían puño en alto,
adornados por brazaletes rojos y negros y estrellas de cinco puntas etc. etc. No sé si atribuirlo a valor o a
ignorancia e insensatez. Yo contestaba a sus saludos y actuaba como un camarada
más, nadie me objetó nada, creyeron el cuento de mis documentos perdidos por
los bombardeos de Madrid, no me examinaron ni preguntaron nada y rellenando una
solicitud y firmada y avalada por mis estudiantes amigos con carnet de la
F.U.E. fue ésta admitida en espera de nombramiento. Yo había puesto en primer
lugar de los tres pueblos preferidos el de Zarza de Tajo, pensando allí tenía
toda la familia del abuelo que nos ayudarían mucho.
No pasaron muchos días, cuando recibimos el
nombramiento como Maestra o Auxiliar de Zarza. Fue para todos una gran sorpresa
y una mayor alegría, allí con mi sueldo podíamos los tres pequeños, el abuelo y
yo esperar el final de la guerra. Era primeros de enero y duró ésta hasta
finales de marzo (¿?).
Ya y con los preparativos de mi marcha a
tomar posesión, me enteré de otro Falangista de Valencia, que quería volver a
pasar una expedición de gente escondida o deseosa de llegar a la otra zona.
Esta vez dijo que el camino iba a ser mucho más corto, unas paradas y descansos
y finalmente vendría un camión nacional que terminaría de incorporarles a las
tropas de Franco.
Ante tantas y tan buenas perspectivas
volvieron mis primas a preparar la segunda escapatoria. De casa saldrían los
tres, Ramón ya más animado, Andrés y el otro chico que apenas conocí. Creo que
el organizador preguntó por el abuelo y
Teresa le dijo, que ese señor no se ocupaba más que de sus hijos, conque no
tuvieran miedo de él pues se trataba de un Profesor destituido y muy de ideas
religiosas y demás, pero que no le dijeran nada. Naturalmente mi padre no pasó
nunca a las reuniones preparatorias.
Por lo visto estaba todo tan bien organizado
que cuantos más se unieran en esta salida mejor, así que pasaron varias semanas
sin que se efectuara la marcha.
De esta forma llegó el momento de mi
marcha y todo seguía igual, muy contenta y avisados los tíos Perico y Magdalena
nos empezaron a preparar la casa de la prima Anita, que una vez asesinado José
su marido, marchó del pueblo con su hermana Piedad, Maestra de Villarrubio con
sus tres hijos pequeñísimos.
De tal manera y hasta que la abuela
preparase al abuelo y a los tres pequeños que me seguirían al pueblo marché yo
sola a tomar posesión de una (¿?), con calcetines, dieciséis años y unos
sabañones que me hacían llorar muchas veces.
Y vamos a dejarlo aquí, os prometo que os hará
gracia mi nueva carta y más sabiendo que todo terminó bien. Que sigáis tan
buenos, os lo desea y abraza vuestra
Madre
CARTA XXVII
Burgos 21- 9- 1.985
Queridos
hijos: Esta vez tengo que retrasar mi relato. Lo dejé en la carta anterior
con mi feliz llegada a Zarza como Auxiliar Docente de la Escuela que un maestro
(no recuerdo el nombre, ni tampoco lo diría) había dejado vacía por
incorporarse al frente; estaba casado con D.ª Catalina, la Maestra titular de
niñas, pero se habían huido ambos (¿?) y la cosa resultaba difícil dada la
diversidad de niveles y conocimientos de los educandos. Tampoco encontré
obstáculos, hice varios grupos y me las arreglaba como podía, pues de Pedagogía
llevaba solo la heredada de mis padres y los muchos comentarios que en casa se
hacían de esta materia.
Bien, pues días antes de salir de
Cuenca ocurrió el pasaje más cómico que podéis imaginar y que yo trataré de
contaros, mientras me río sólo de recordarlo.
En una de las últimas cartas ya os
decía que os iba a contar la función, o mejor dicho el sainete, que organizaron
mis primas a causa de la llegada de otra pariente acompañada de su hija, una
chiquilla viva y espabilada, también de Zarza y como casi todos ellos también
parientes.
Lo retrasé porque veáis Joaquín no tomó
parte y sí uno de los chicos nuevos, la mar de gracioso, Joaquín estaba ya en
la zona llamada Nacional. Pues bien allá voy.
¡Bendita Teresa! Ya me había comentado el
abuelo que todas ellas, pero ésta precisamente era la más parecida a su madre
en cuanto a bromas y ocurrencias, siendo bien conocidas en todo el pueblo y
haciendo reír a carcajadas por sus guasas y verdadera gracia.
Ella fue la que lo organizó todo y en esta
ocasión lo demostró plenamente.
Ocurrió que por aquellos días aparecieron
sin previo aviso la tía Honorata y su hija Miguela; traían como presente dos
hermosos panes y un pollo, y como asunto para resolver el caso de un hijo mayor
que había desaparecido del frente, y querían solicitar el pago mensual que
otros recibían al ser baja en las tropas que luchaban.
Quiero recordaros hijos míos, que iba
corriendo el segundo año de lucha, y el ambiente no tenía ya nada de eufórico.
Se iban perdiendo capitales y las tierras y cotas más estratégicas iban cayendo
del lado del bando opuesto.
Los alimentos escaseaban más, el dinero,
todo en papel, valía cada vez menos y el estraperlo subía de tal forma, que era
casi imposible comprar nada; pero en los pueblos se defendían de forma distinta
y tía Honorata, que era como se la conocía en el pueblo se le ocurrió arreglar
los “papeles” en Cuenca y hospedarse los días precisos en casa de sus lejanos
parientes. Pensaban ellas se llevarían un buen “pellizco” pues cobrarían los
atrasos ya que su desaparición hacía más de un año.
Antes de seguir os pongo en antecedentes que
el tal desaparecido, un tal José, vivía hacia años en Madrid, era policía, y
reconocido por todos como un miembro destacado de derechas; y que se rumoreaba
e incluso se aseguraba que se había “pasado” a las filas nacionales, al poco de
llegar a las trincheras. Venían la “tía” Honorata y su niña, totalmente
enlutadas, con sus sayas negras de la época, el pañuelo de cabeza casi hasta cubrir
los ojos y demás indumentaria. Me falta decir que otro pañuelo de mano no se
les caía de ella, pues lloraban con verdaderos aspavientos la “muerte” de José
en cada momento.
Estaba yo fregando las escaleras y
descansillo de mi habitación cuando oí risas, que salían de la salita. Hablaban
de ensayo, de “chico tonto” de la tía Honorata y entre las tres primas estaban
las voces de dos de los escondidos, la de Ramón, que se reponía de su regreso
de la expedición y la de uno de los nuevos un tal Andrés.
Recuerdo perfectamente que dije para mí: “Esto no me lo pierdo”. Seguía
escuchando Antonia insistía en la necesidad, de que tanto la madre como la
hija, no podían permanecer en la casa un día más sin llegar a darse cuenta del
peligro que suponía tener tres hombres escondidos fichados y buscados por la
policía. Había que inventar algo para
lograr salieran de casa cuanto antes; y vaya si lo inventaron.
No olvidéis hijos míos, que os tengo dicho
los consabido huéspedes eran de una familia bien acomodada económicamente,
aunque en Zarza no haya latifundios se les consideraba como ricos. Pero ¿y
dejar de cobrar 60 duros todos los meses…?
Había que probar fortuna.
Bueno,
pues habiéndoos recordado todo esto, voy al grano. Yo seguí fregando el suelo
de mi dormitorio, con la puerta abierta
y efectivamente entre risas y chanzas no dejaban de ensayar de viva voz como
iba a desarrollarse la función.
Por supuesto Honorata y compañía habían
salido de visita y aprovecharon el rato bajando de la parte alta los
“fantasmas” como yo les decía y preparando el enredo.
Como lo pensé lo hice. Al anochecer y sin
decir nada al abuelo, entré en el cuarto de estar donde se hallaban todas
reunidas, con mi merienda cena. Lo recuerdo bien un trozo de pan y un poco de
queso durísimo, que me había dado Teresa; debía ser verano pues estoy viendo el
balcón abierto a la calle trasera de la principal muy estrecha y oscura, me
metí en él haciéndome la distraída mirando a la tenue luz de la bombilla, los
pocos transeúntes que pasaban.
Y en efecto en seguida empezó la función.
En escena Teresa que cosía a mano, Amalia que
remataba unas servilletas y Antonia o Toni, que le daba a la máquina de
escribir como Dios quería pues estaba procurando aprender para colocarse en
algún sitio terminada la guerra, como así fue. Mientras escribía, se quejaba de que iba a
venir el “Capitán” y no tenía terminado su trabajo encomen-dado. Muy
modestamente sentadas la madre y la hija no decían una palabra, pero con los
ojos, lo observaban todo.
Fue Teresa la que rompió el
silencio
– Ya verá “tía Honorata”, si el “Capitán” se
ocupa de ello, que se ocupará… le arregla sus papeles en veinticuatro horas.
Nos quiere mucho, Toni es su secretaria particular, le trae el trabajo y a
otras horas viene a recogerle.
Vd. no pude suponerse los trabajos y asuntos
que lleva, está ocupadísimo, pero en las cosas de las pensiones es el amo; solo
se hace lo que él manda. Han tenido suerte con venir aquí, eso está hecho. – Falta hace – comentó la buena señora - pues el tío Julián y los muchachos están
solos, y ya sabes hija lo que son los hombres, todo el día en el campo… la casa
sola…
- Sí –continuó Teresa la mar de seria, estas
cosas de papeleo lleva muchos días, pero con recomen-dación…
Yo seguía en el balcón royendo el queso,
pero sin perderme un detalle, de lo que solo una imaginación maravillosa y una
gracia especial podían haber planeado en tan poco tiempo. Y no digamos con la
soltura y naturalidad como la cosa había empezado.
No habían pasado
diez minutos cuando llamaron a la puerta de la calle. Amalia se levantó para
abrir; tirando de una cuerda no era preciso bajar los dos pisos
– Ya está aquí el Capitán – dijo Teresa sin
dejar su costura. La tía Honorata se arregló con esmero el pañuelo negro de la
cabeza y la niña también me pareció preparaba mejor postura en el asiento.
Teresa siguió aconsejando a la forastera mientras le decía.
– No se preocupe por nada; Vd. le explica al
Capitán todo lo de José, en el frente que estaba, el tiempo que hace que no
saben nada de él y le da los papeles que trae del ayuntamiento de Zarza… Y en ese momento me volví desde mi balcón,
para ver la entrada del célebre “Capitán”, que yo suponía quien lo
representaría, Ramón, el que era el mayor de los tres escondidos en esos días y
el de más prestancia, pero cual sería mi sorpresa al ver entrar a Andrés, uno
de los chicos nuevos vestido de soldado correctamente, hasta le habían cortado
el pelo. A penas entró en el cuarto de estar levantó el puño para saludar con
el consabido – Salud camaradas.
¿Está aquí el Capitán Rico?
Pero en todos sus ademanes representaba al
que por la mañana yo había oído decir el
“chico tonto”. Medio tartamudo, patizambo, arrastrando los pies daba la
impresión de no poder ni con las botas.
Mi asombro fue tal que creí tendría que salir de la habitación por no
poder contener la risa, pero no quería perderme la función, me di media vuelta
como si mirase a la calle con interés y metí en mi boca un trozo de queso para
seguir royendo. Teresa fue la que continuó
la farsa.
– Siéntate un momento, el Capitán Rico no
tardará, está ya a esta hora todos los días.
- Tú ¿de dónde eres?... ¿Cuántos hermanos
tienes? Y… ¿tus padres viven? A penas terminó Teresa sonaron unos estrepitosos
golpes en la puerta de entrada


