CARTAS A MIS HIJOS - TOMO I (JUANA MARÍA ARAGON GAVIÑA)
DEDICATORIA:
Con todo mi cariño a mis
HIJOS HERMANOS
y AMIGAS
-Pepín - Vicen
y Ángel - Mari
Tere
-Amparito -Isabel y Joaquín - Raquel
-Lolita
-Genoveva - Pilar
-Pepe Luis y Marisa -Gonzalo
- Sor Josefina
-Luis Felipe y Mº pilar -María Rosa
-Pepe -
Md.Lucinda
-Antonia - Md.María
-Isabel
- Rosita
-Juan Carlos
- Cati
-Cristino -
Tere
-Isabel
- Maria
-Pepín -
Maribel
-Mª Luz - Choni
-Bebita
- Nati
-Isabel
- Concha
-Tato -
Cristina
-Jesús
- Lina
-Gema
-Juanito
-Eduardo
-Cristina
Pepeluisín (tan cariñoso)
Elenita (tan fuerte y ágil)
Pepeluisín (tan cariñoso)
Elenita (tan fuerte y ágil)
...Y los dos miembros más pequeños de la familia, David y Saúl.
David nació unos meses antes de la muerte de mamá; cuando lo vio se emocionó mucho...Saúl vino cuatro años después, y seguro que le hubiera llamado la atención la fuerza de su mirada.
David nació unos meses antes de la muerte de mamá; cuando lo vio se emocionó mucho...Saúl vino cuatro años después, y seguro que le hubiera llamado la atención la fuerza de su mirada.
NOTA ACLARATORIA PARA LOS LECTORES QUE NO FORMEN PARTE DE ESTA FAMILIA:
Como acabarán
de leer, en la dedicatoria aparecen tres apartados: El de los “hijos”, el de
los “hermanos” y el de las “amistades”.
Es,
precisamente, en ese primer grupo, “el de los hijos”, donde pueden encontrar
cierta extrañeza, ya no solo por el número tan elevado de nombres, sino, y
sobre todo, porque aparecen personas que, más adelante, veremos que se las
define como “hermanos” o “sobrinos”.
¿Por qué
PEPÍN, AMPARITO y LOLITA figuran como “hijos” mientras que VICEN e ISABELITA
aparecen en el grupo de “hermanos” si, ciertamente, todos lo son?
La
explicación está en que esos tres primeros, que son los hermanos menores,
fueron los que estuvieron al cuidado de mi Abuelo PEPE y de JUANITA durante
gran parte de la guerra, y que dada la cortísima edad de los mismos, ella tuvo
que hacer las veces de “su mamá”, y por eso los consideraba como “sus niños".
La razón por
la que aparecen también en ese grupo los sobrinos, es por la gran complicidad
que tuvieron éstos – bueno, más bien “ellas”, las chicas -, con mamá…
posiblemente esta cercanía fuera consecuencia de la añoranza que mi madre
sentía por la pérdida de sus mellizos, LUIS FELIPE y MARIA PILAR,
particularmente de ésta última… ¡Le faltaba una hija!.. y qué cosa más parecida
a una hija que las sobrinas.
En cambio,
VICEN e ISABELITA pasaron los años de Cuenca en la Guardería del Socorro Rojo,
con su madre, nuestra Abuela ISABEL, que era la directora (PEPÍN, dada su edad
“intermedia”, alternaba temporadas aquí con otras con su padre y mi madre).
VICEN era la
segunda hermana, y a parte de la poca diferencia de edad que la separaba de
JUANITA, tenía – tiene aún, gracias a Dios – una personalidad muy sensata, por
lo que no estuvo nunca “tutelada” por su hermana mayor, e ISABELITA, con sus
nueve, diez y once añitos, también paso aquellos años en la Guardería.
Espero que
con estas explicaciones haya quedado aclarado el asunto de las listas de la
Dedicatoria.
RECORDANDO
Evidentemente,
cuando uno tiene una edad como la mía (ya voy por 68), son muchos los seres
queridos que le faltan, y, posiblemente por eso, se les recuerda con más
afecto.
Y eso es lo
que quiero hacer en este apartado: Recordarles, Añorarles…Quererles.
Mi recuerdo y
mi cariño para vosotros JOSÉ LUIS y JUANA MARÍA, Padres queridos.
Mi recuerdo y
mi cariño para vosotros, PEPE e ISABEL, Abuelos maravillosos.
Mi recuerdo y
mi cariño para vosotros, ISABELITA y JUAQUÍN… ISABELITA, fuiste mi primera
“Tía-mamá”; todavía soltera me adoptaste como tu hijín y me cuidabas y mimabas.
Tú fuiste también mi primera “Señorita”
en el colegio… todavía recuerdo el gran disgusto que te di cuando,
desobedeciéndote – con eso de que era “el enchufado” de clase –, me senté en el
banquito verde y se volcó pillándome la mano y partiéndome un dedo que sangraba
como una fuente… ¡Cómo olvidar tu cara mientras corrías conmigo en brazos a la “Casa de Socorro” de Alberto Aguilera…!
“JOAQUINITO”
no se me olvidan tus propinas generosas ni las invitaciones, cuando veníais los
domingos, con la presumida y coqueta de vuestra hija – la prima ISABELITA -, a
casa de los abuelos.
Mi recuerdo y
mi cariño para ti, ÁNGEL bueno y paciente, que me acogiste en tu casa señorial
aquellos veranos de fuego en La Membrilla.
Mi recuerdo y
mi cariño a ti, GONZALO, con el que compartí muchas cenas de “huevos fritos con
un poco de pimentón y vinagre”… ¡Cuántas veces hice de “carabina”,
acompañándoos a ti y a tu novia, AMPARITO, al parque “Del Oeste”!.. Perdona si
te fastidié alguno de “esos momentos”, pero a mí me llevaban… Tú me regalaste
aquel “Caballero medieval a caballo” con el que yo me distraía jugando y….quizá,
así, te dejé tranquilo algún rato… Tú me metiste el gusanillo de montar
maquetas de aviones, aunque nunca las terminé también como tú.
Mi recuerdo y
mi cariño a ti, PEPE, mi compañero de cama, el rival fiero de nuestros
interminables partidos de futbol “con botones” (bueno, en cuanto oíamos que
regresaba el Abuelo recogíamos rapidísimamente y nos poníamos “a estudiar”)…
¿De dónde te vendría esa afición por “tu Atleti”?
De todos los
nietos tú fuiste “el más hijo” de los Abuelos, pero te lo merecías, porque si
ha habido alguien bueno en el mundo, ese fuiste tú…
Mi recuerdo y
mi cariño a ti, BEBITA, “la QUECA” de mi padre, la prima que más se parecía a
mi madre, ¡con esos ojazos!… ¡Cándida, cariñosa, buenaza!
Mi recuerdo y
mi cariño a ti, JUANITO… ¡Qué poco tiempo estuviste con nosotros!... pero tu
muerte sirvió para que después, tu hermano EDUARDO, se salvara.
Y un recuerdo
muy muy especial a dos miembros de mi familia que marcaron profundamente – y de
por vida -, el corazón de mis padres…LUIS FELIPE y MARIA PILAR, mis hermanos
mellizos, que nacieron después de mí y que apenas vivieron unas horas.
JUANA MARÍA
estaba embarazada…le faltaba muy poquito para llegar al octavo mes, lo que
complicó la supervivencia de los chiquitines, cuando un resbalón en la nieve ocasionó
la caída de mamá.
Al dolor de
la pérdida se unió una circunstancia sangrante que casi nadie conoce…Ante la
inmadurez de los niños, la única esperanza estaba en las incubadoras, que por
entonces eran muy escasas, a pesar de estar en Barcelona.
Le indicaron
a papá la clínica donde las podría encontrar, pero ya le advirtieron que sería
muy complicado el que aceptaran a los pequeños…como así fue. Se trataba de un centro donde atendían a las
“madres solteras”, y, claro, mis hermanitos no cumplían esa condición… Antonio,
el médico amigo de la familia que le acompañaba, contó después, que tuvieron
que coger a mi pobre padre, porque se tiró al cuello de los que le denegaron el
auxilio a esas pobres criaturitas.
Siempre llevó
esa pena dentro, pero, al contrario que mamá, no la exteriorizaba.
Para JUANA
MARÍA – como para cualquier madre, supongo -, la herida estuvo supurando
durante toda su vida, y en cualquier momento y lugar volvía a sangrar su
corazón… y más aún en los primeros momentos; de ahí que, aunque yo era muy
pequeño, siempre tuve presente que “tenía dos hermanitos”, lo que pasaba es que
“estaban en el cielo”.
Os quiero a
todos, sois – somos -, ¡LOS HIJOS Y NIETOS DE PEPE E ISABEL!, regalo que Dios
nos hizo.
Un fuerte
abrazo.
PEPE
LUIS
LOS PROTAGONISTAS
De izquierda a derecha: LOLITA, AMPARO, PEPÍN, ISABELITA, VICEN y JUANITA
RECUERDOS
DE JUANITA
Juanita con su madre y – creo – Amparito.
Pienso que esta foto se tomó durante los años en los que transcurre esta historia.
La boda.
Juanita del brazo de su padrino, mi tío Mariano, hermano de mi padre.
Juanita con sus hijos, Pepe Luis y Juan Carlitos
CARTAS A
MIS HIJOS
De JUANA Mª ARAGÓN GAVIÑA
PRÓLOGO
Juan Carlos y yo, Pepe Luis, somos los hijos de
Juana Mª y José Luis, su esposo.
Cuando nuestro padre murió tenía 59 años, y mamá quedó muy sola, a pesar del cariño de sus
buenos vecinos y amistades. La relación entre el matrimonio era muy fuerte y,
quizá porque a lo largo de sus vidas habían tenido que cambiar varias veces de
lugar de residencia (Barcelona, Ariza, Segovia, Burgos), lejos siempre de sus
familiares, estaban muy unidos, por lo que la ausencia se le hizo más dolorosa
si cabe.
Juan Carlitos, que entonces ya estaba en Madrid,
para acompañar a mamá le hacía un sinfín de llamadas diarias, y acudía todos
los fines de semana a Burgos… yo, la verdad, nuca fui tan generoso como él.
Mamá siempre sintió un cariño muy especial por mi
hermano – por más que el chico se lo mereciera -, y es que se parece muchísimo
a ella y a la rama de su padre, nuestro abuelo PEPE; sin embargo – quizá porque
yo era el mayor (le llevo casi siete años a Juan Carlitos) – siempre confió
mucho en mi criterio, y buscaba mi opinión, especialmente a partir de su
viudedad.
Precisamente por esa influencia que yo sabía que
tenía sobre ella, y conociendo su facilidad y afición a la escritura (además de
a la pintura), le sugerí que escribiera sus recuerdos, sus añoranzas y
vivencias de una época trágica de su juventud: ¡LA GUERRA!
Trágica y
terrible para todo el mundo, pero que para ella resultó – por su edad y las
circunstancias familiares - lo que podría ser un perfecto guion
cinematográfico. Como podrán suponer, esa historia nos la había contado muchas
veces, pero eso no era razón suficiente para que en cualquier momento, bien
por añoranza o con esos fines
“didácticos” a los que los mayorines somos tan aficionados, nos la volviera a
narrar…pero nunca me aburrí de escucharla.
Así pues, estas son, en realidad, sus “Memorias”, o
una parte de ellas, aunque los que somos sus allegados más próximos, sabemos
leer entre líneas muchos otros recuerdos.
Sinceramente, creo que hemos sido una familia bien
avenida, y que nos queremos, por más que las voces y las discusiones fueran la
música de fondo de la casa de nuestros abuelos… ¡Maravillosos ABUELOS!,
¡Generosísimos ABUELOS!
Siempre, pero quizá más ahora en que ya estoy de
vuelta en mi vida, he sentido el consuelo de conocer mis raíces, y, una razón
importante de este saber, ha sido – no me cabe duda – la circunstancia de haber
sido el mayor de todos los nietos (por las dos ramas), lo que me ha permitido disfrutar
mucho más que mis primos - le llevo 24 años a mi Cristinita Aragón Gómez- del
cariño de padres, abuelos y tíos…y después de esposa, hijos y nietines…¡Gracias
Señor, he sido un afortunado toda mi vida.
Y volviendo al tema, a mamá le gustó la idea, no
porque no la hubiera tenido en su cabeza siempre, sino porque necesitaba que
alguien con influencia sobre ella se lo sugiriera… Y empezó a escribir.
Siguió – como puede deducirse fácilmente por el
encabezamiento – un estilo epistolar, no en vano siempre mantuvo una amplia
correspondencia con familiares y amigas, hasta el punto que - lo decía con frecuencia – prefería las
cartas al teléfono… “así las puedo leer y releer cuanto quiera”, nos contaba…La
verdad es que se sentía muy ufana de que le hubieran premiado algunos de los
artículos que enviaba a ciertas revistas, y es que escribía con gran facilidad.
Cuando ya la edad la castigó descomponiendo su pulso,
y esa letra tan redondita y fácil de leer que siempre tuvo se convirtió en
receta de médico, se apenó, y cayó en una pequeña depresión.
Para animarla un poco, se me ocurrió enseñarle el
manuscrito de sus cartas que yo había ido agrupando en un viejo archivador de
anillas de mi padre… casi todas las hojas son folios, pero también aprovechó la
parte trasera de algún que otro impreso. Para ella escribir era como hablar, y
así lo reproducía, de la misma manera que cuando tienes una charla con un
amigo; por eso, después de terminar “la carta”, cuando
la releía, hacía alguna que otra tachadura, para darle a cierta frase la forma
literaria que la gramática exige... A los capítulos les llama “Cartas”, y
termina siempre con la firma.
Su ilusión era que yo cumpliera mi palabra y mandara
“pasar a máquina”, y después encuadernar y publicar estos papeles que ahora tengo entre
mis manos… pero no lo hice; yo no me defendía ni mucho ni poco con los
ordenadores, y a priori tampoco conocía quien pudiera hacerlo, pero lo cierto es que no me esforcé nada por buscarlo…
Hubiera sido “Su Libro”, el que habría podido enseñar con orgullo a Vicen, a
Pepín, a Amparito, a Lolita, a Antoñita, a Bebita, a Mary Luz, a Gema, a las
Isabelitas, a Cristinita, a Mary Tere, a Raquel, a ”Pipi”, a Sor Josefina, a
Cati, a Conchi, a Madre Lucinda, a Tere, a Maribel, a Nati, a María, a Cristina…sí,
también a vosotros Juan Carlos, Pepes, Cristino, Gonzalo, Eduardo, Jesús…en
definitiva, a todos aquellos sus queridísimos hermanos y sobrinos, y a todas aquellas benditas mujeres que la
cuidaron y quisieron sus últimos años, cuando no tenía más refugio que sus
recuerdos… y que la terminaban conduciendo, indefectiblemente, a esa melancolía
tan suya.
Ahora ya es tarde, incluso algún amigo que me aprecia
y al que considero de buen criterio, opina que es mejor dejarlo todo como está…el
manuscrito es lo que vale; por cierto que le pregunté a Juan Carlitos si lo
quería conservar él, y me comentó que lo guardara yo.
Pero quiero cumplir aquella pequeña –y casi única -
ilusión que tenía esta viejecita, aunque sea tantos años después de su muerte…
por cierto, muerte a la que Dios me permitió asistir, y que considero como uno
de los mayores favores con los que me ha bendecido en esta vida… ¡Y mira que
han sido muchísimos y grandes!
Mi intención era la de reproducir literalmente sus
cartas, pero, es que eran eso, “Cartas”; cartas de una madre a sus hijos y
nietos, en las que se intercambiaban las noticias, los sucesos y las anécdotas
familiares -sobre todo de sus “sobrinas”-, solo que, como colofón a las mismas,
y como premio por haber sido buenos, siempre terminaba narrándonos una
historia- la suya y la de su familia-, vivida durante aquella tragedia
nacional.
Era evidente que la primera parte carecía de todo
interés para cualquier lector ajeno al ámbito familiar, así que, siguiendo el
criterio de mi prima Mary Luz, decidí que había que separar ambas partes y
ofrecer, “por su valor testimonial”, los recuerdos de aquella muchachita
delgaducha y enfermiza, vistos desde sus trece, catorce y quince años, edad ésta
en la que, como mi propia madre reconoce, no era ni niña ni mujer, pero que por
la circunstancia de ser la mayor de seis hermanos, y la de haberlos tenido que
pasar sumergidos en un angustioso ambiente de persecución y muerte, la hicieron
madurar precozmente, aunque no tanto como para que no fuera capaz de vivir
momentos de desenfado.
Así pues, lo que les voy a presentar a continuación
no es sino la agrupación ordenada de las partes de aquellas “Cartas” en las que
se hace referencia a “sus Recuerdos
de aquellos Años de la Guerra”.
Debo confesar que debido a ese estilo coloquial que
JUANA MARÍA sigue a lo largo de sus escritos, y desarrollados a manera de
“Borrador”, he tenido la tentación de darle yo el “retoque” que hubiera hecho
ella antes de “pasarlos a limpio”… pero
al final, y después de consultarlo con Juan Carlos, optamos por transcribirlas
tal cual.
Ahí voy,
aunque, como mis abuelos nos enseñaron, y mi madre nos trasmitió, antes de
comenzar algo importante, ME SANTIGUARÉ.
¡Que Dios te tenga en el Cielo!, junto a tu marido, con
nuestros abuelos, tíos y primos… y que allí
nos juntemos nosotros también, con nuestros cónyuges, hijos y nietines.
Pepe Luis
P.D.- Mi
intención era la de añadir un subtítulo que decía: “Recuerdos y vivencias
de nuestra madre en aquella terrible guerra, o de la Providencia de Dios para
con la familia Aragón-Gaviña”, pero consideré que antes debía
preguntarle su opinión a Juan Carlos, pero no parece que le convenciera,
encargándome que lo cambiara por el más escueto de: “Así viví la guerra”…
y ese es que figura, aunque sé que a tía Amparito le hubiera gustado más: “Así
viví la guerra a los trece años”.
CARTA
I
Burgos 16 -8 -1984
Dios se ha llevado a vuestro padre y yo he quedado
en la más terrible soledad. Fueron muchos años juntos, lejos de nuestras
familias, con penas y luchas constantes, pero tal vez ellas nos unieran más. Su
recuerdo no sirve para consolarme, me produce más dolor y es que con él se
marchó toda esperanza.
Bien sé que el mandarme escribir estas memorias
tiene un principal objeto, mantenerme algunas horas lejos de esta realidad tan
triste en la que vivo. Pues sí hijos míos, he decidido incluir en todas mis
cartas trozos de aquellos años ya tan lejanos, pero que parecen que se grabaron
en mí, hace tan solo unos días.
Yo quisiera que al menos vierais en todas ello un
gran mensaje; el que tanto vosotros, como vuestros hijos y los hijos de
vuestros hijos huyáis de todo lo que
pueda llevaros a una simple pelea. Las cosas no son blancas ni negras, son
grises. Jamás una forma de pensar, de ver las cosas, puede justificar una
muerte.
Seguramente que si estas cartas las leyeran personas
que no vivieron la contienda, pensarían que eran simples episodios novelescos…
¡Nada más falso!; los que vivieron aquellos días podrían contar vicisitudes aún
más inverosímiles, pero de una espeluznante realidad.
He sabido después por tía Marina, la hermana de la
abuela, que pasaba aquel varano en la Montaña, cerca de Santander, y que por
ello estuvo todo el tiempo en la otra zona, que allí se hicieron cosas iguales
o parecidas.
Ya sabéis, el resto de nuestra numerosa familia,
estuvimos en la llamada “zona roja” hasta el fin. No quiero pasar por alto
aquel momento de ese último día…Cuando nos levantamos aquel 28 de marzo en el
pueblo conquense de Zarza de Tajo, donde entonces vivíamos después de tantas
odiseas, el abuelo, mis tres hermanos
pequeños y yo, y vimos como en la torre de la iglesia ondeaba una bandera
blanca. El abuelo me abrazó llorando, era la segunda vez que le vi llorar; pero
esta vez era de alegría.
Hijos míos, solo con intentar recordar aquellos
años, me siento angustiada. Era “La Guerra·. Una guerra civil, ¿Sabéis qué es
eso?
Prefiero que nunca lo sepáis.
¿Las causas?... No las sé. Yo entonces no conocía
otra cosa que preparar las lecciones del Colegio; pero sí pensé que aquel lío se había ido fraguando poco a poco.
Como os he contado muchas veces, de pequeña pasaba
temporadas en Membrilla. Allí me fue más fácil ver como los trabajadores no
tenían un solo día de descanso. Los domingos y festivos no se cobraba,
vacaciones… jamás las conocieron. Cuando la edad o la enfermedad les hacían
inútiles para el trabajo, lo natural era pedir limosna.
Yo no sabía cómo todo aquello se podía arreglar,
pero os prometo que ya entonces, con ocho o diez años, no me gustaba.
Los sábados, a media mañana, solían venir en grupos
de quince o veinte piltrafas humanas; eran los “pobres”. Ancianos, enfermos
sucios harapientos; llamaban a la puerta y rezaban un padrenuestro por las almas
de los difuntos de la casa. Como premio por este acto devoto, salía alguien, y con un cestito precioso lleno de calderilla
les repartían unos céntimos. Quiero recordar que no todos recibían iguales
cantidades, había grados, no supe el por qué. Después marchaban a otras casas,
yo creo que debían ser siempre las mismas, es decir cada grupo tenía sus
benefactores.
Más tarde comprendí, que aquellas injusticias con
seres que habían dejado sus vidas en el durísimo trabajo de entonces, solo
podían formar hombres llenos de odio, de rencor, de envidia, seres llenos
deseos de venganza. Precisamente era eso lo que yo vi brillar en los ojos de
aquellos milicianos, que tantas veces después, me hicieron temblar de miedo.
Una tarde, hasta llegué a caer sin sentido al
empujarme uno de ellos con una pistola en el pecho, por haber confundido su
orden… Tenía que dejar la puerta abierta de casa y yo, asustada, la cerré.
Hijos míos, una vez más quiero que veáis en estas
cartas su verdadero objeto, que lleguéis a amar a todos los hombres; colaborar
para que al igual que Francisco de Asís, veáis en todo lo creado, criaturas de
un solo Padre Dios; y con ese amor y su justicia lograreis la paz que solo
ellos engendran.
Como podéis comprobar, nuestra sociedad ha cambiado.
Se han alcanzado ya cotas entonces desconocidas y casi imposibles de imaginar.
Seguid luchando; el camino está lleno de egoísmos, pero cuando comparo el modo
de vida de hoy al que yo vi cuando tenía diez años, me parece que ya todo puede
ser posible.
Tú, Pepe Luis, no dejes, como hasta ahora, de educar
a tus hijos en la ideas que vistes a tus padres.
Tú, Juan Carlos, sigue tu camino, más duro desde que
nos dejó tu padre. Trabajando y estudiando tu tercera carrera, algún día
recibirás lo que mereces; cada año hay menos niños y por ende se necesitan
menos profesores y aún menos de Historia.
A
los dos os abraza con un cariño inmenso vuestra
Madre
CARTA
II
Burgos 29 -8-1984
Mis queridos hijos: Aquí me tenéis por
fin, dispuesta a contaros poco a poco, los recuerdos que aun van quedando en mi
ya muy gastada memoria. Creo que todo os lo tengo contado muchas veces, pero queréis
que os lo deje escrito y ¿cómo no teneros contentos?
Procuraré, al narrarlos en mis cartas, ser
capaz de transmitiros aquellas vivencias que yo experimenté cuando tenía
catorce años. El caso es que aún hoy no puedo comprender como siendo tan
tristes, tan inhumanos, aún hubieran ratos, para mí, que fueran “casi felices”.
Una mañana, el abuelo me enseñó un librito que
había escondido en el pecho, estaba casi quemado, debió pertenecer a algún
convento, dijo lo había encontrado junto a un basurero y que se titulaba:
“A los que
sufren”
-“Mira hija – me dijo -, con esto podremos meditar
por las noches, nos ayudará a seguir este calvario”.
Todavía me
parece verle, con las manos en la cabeza y una cara de asombro inexplicable
cuando con toda sinceridad le contesté:
-“Papá, yo
no sufro”.
De pronto su expresión cambió totalmente.
-“Tienes razón hija mía – contestó -, a tu edad todo
es distinto.
Pero ya veréis,
hijos míos, como sí pasé horas de angustia y de terror: los bombardeos, los
muertos , el peligro de que detuvieran a mi padre por estar indocumentado al
destituirle de su cargo como profesor, el frío, las colas de madrugada, los
malos y escasos alimentos en esa edad tan crítica, mi encubierta enfermedad.
No me cabe
duda; de haber sido ahora, no creo que hubiera
podido superarlo.
Antes que
nada quiero que sepáis que me encuentro mejor; Mary Tere se ocupa de llevarme
al médico, viene por mí en el coche, me llama todos los días y algunas tardes
me anima a que baje con ella a la Farmacia. Estad tranquilos.
¿Cómo
siguen los niños? ¡Cuánto gozaría vuestro padre!
Dejé la
carta ayer, a veces siento angustia, hoy voy a intentar contaros como transcurrió
para mí el año en que empezó la más cruel, la más incivil y monstruosa de las
guerras:
La
primavera de 1.936 fue como tantas otras en Madrid, lluviosa y desapacible. Yo
había empezado el Bachiller en un colegio de religiosas de la calle Jordán;
pero se oía decir que iban a quemar conventos, que se perseguiría esa clase de
enseñanza, y los abuelos tuvieron miedo
y trasladaron la matrícula a los Colegios Decroly; aquel año ya cursaba
tercero. Los alumnos de Segunda Enseñanza íbamos al edificio de Rodríguez Sn. Pedro,
esquina a Guzmán el Bueno. Todos los años teníamos que pasar por el Instituto
para convalidar todas las asignaturas. En aquellos días preparábamos la mar de
preocupados los programas íntegros que había que dominar en un mismo día, ante
profesores desconocidos. Una tarde, al salir de clase con unas compañeras, me
sentí muy mal, me dolía la cabeza, la garganta, me lloraban los ojos y
estornudaba continuamente; cuando llegué a casa la abuela dijo que tenía
fiebre. Al día siguiente no pude asistir a clase, el termómetro seguía subiendo
y los abuelos y yo veíamos imposible poder presentarme a examen con mis
condiscípulas; tal vez a la segunda vuelta…pero cada vez me encontraba peor,
por fin la Dra. Niño diagnosticó un sarampión con ciertas complicaciones que
nos hizo pensar a los abuelos y a mí que tendría que presentarme en septiembre.
Qué lejos
estábamos de pensar habían de pasar tres
años para poder aprobar un curso que tan brillantemente tenía preparado en mi
Colegio.
Por qué eso
sí, hijos míos, vuestra madre en aquellos días era una estupenda alumna.
Recuerdo
muchas veces, con verdadero orgullo, mi examen de Ciencias con D. Fernando
Castrodesa. Fue oral. En seguida me di cuenta que me preguntaba los temas más
difíciles del programa; pero yo había estudiado mucho y contestaba bien, y muy
segura, ante cualquier objeción que el Sr. solía hacerme.
En el
encerado, después, seguí desenvolviéndome con rapidez, y explicando la
derivación de las fórmulas, sin titubeos.
Al terminar,
quiso el Profesor, fuesen mis compañeras las que me dieran la calificación que
ellas creyesen justa.
-“¡Sobresaliente!”
cantaron las niñas a la vez.
-“¿Nada
más?”
volvió a peguntar D. Fernando.
-“¡Matrícula
de Honor…!”
chillaron mis compañeras alborotadas.
Y el Sr.
Castrodesa, el profesor más serio y exigente del Colegio, repitió irónicamente:
-“¿Nada más…?”
Después de
felicitarme sonriendo, me mandó sentar.
¡Cómo
gozaba el abuelo, cuando ya en casa le contaba yo lo sucedido en clase!
Me quería
mucho, y yo le recuerdo como el más bueno y sacrificado de los padres.
Pero en
aquel curso sucedieron muchas cosas. Una mañana de domingo, al salir de misa
con mi amiga Anita Orteus, éramos detenidas por la pareja de guardias que
estaba en la esquina de la Iglesia de Los Dolores. La causa: que habíamos roto
un pasquín que en la misma puerta de la Parroquia habían pegado unos jóvenes; se
trataba de dibujos obscenos que insultaban al Clero y a Dios. No nos dio tiempo
a pensar nada, nos dijeron que estábamos detenidas y cogiéndonos del brazo nos custodiaron, cruzando la Glorieta de Sn.
Bernardo, hasta llevarnos a la Comisaría del Distrito de la calle Daoiz.
Íbamos tranquilas, al llegar nos tomaron
los nombres y dirección y nos preguntaron el por qué de no respetar los
pasquines públicos. Contesté yo; dije que estaban pegados en la misma puerta de
la Iglesia y tenían dibujos que insultaban a Dios y a los Sacerdotes. Nos
separaron, y estuvimos incomunicadas un tiempo que me pareció eterno.
Recuerdo
que lo que más me preocupaba era qué
pensarían en casa cuando vieran que no
volvíamos a la hora de comer.
Ya de
noche, sin más, nos dejaron salir; al vernos en la calle, muy contentas echamos
a correr; enseguida pensamos no volver por las calles por las que nos habían
llevado detenidas, había gente y podían reconocernos, era mejor dejar Monteleón
y seguir la calle de Daoiz…pues bueno, al cruzar Sn. Bernardo oímos a unos
muchachos que estaban en la esquina que decían:
-“¡Mira, mira, esas muchachas eran las que
llevaban los guardias a la Comisaría!”
-“¡Y luego
decían que era grande Madrid!”.
Llegué a
casa muy tarde, no sabía si me esperaba una regañina de los abuelos.
En fin,
llamé. Tenía miedo a la posible regañina por el susto que les había dado…pero
todo fue bien distinto, y es que tía Vicen había visto la escena y lo fue
contando a casa.
Al Verne llegar, mis hermanos se pusieron muy
contentos. Mi padre no dijo nada, se acercó a mí y me besó en la frente. Era su
costumbre cuando hacíamos algo que él consideraba que estaba bien. Respiré
hondo; la abuela tampoco me riñó; corrió a la cocina y trajo al comedor mi comida
y mi cena. De pronto sentí que tenía mucho apetito.
Hijos míos,
el incluir en mis cartas estos recuerdos tan lejanos me entretienen mucho.
Escribo como siempre en la cama, apoyando mi tablita en las rodillas.
Así tuve
que hacerlo la mayor parte de los días de mi infancia.
Por las
tardes he vuelto a pintar, como cobro poco, la gente se anima y no me faltan
encargos.
Ya veo que……………………………………………………………..
………………………………………………………………………………
No sé si
podréis llagar a saber cómo os quiere
vuestra
Madre
CARTA III
Burgos 12- 9-84
Mis queridos hijos: Otra vez con vosotros.
Ya te dije por teléfono Pepe Luis……………………………
……………………………………………………………………………….En fin voy a
continuar con mis recuerdos, en aquella edad las cosas se graban de forma
imborrable.
Aquel invierno en Madrid, los disturbios fueron casi
a diario. Manifestaciones, desordenes, luchas callejeras… En la Universidad de
Sn. Bernardo estudiantes de Falange y de F.U.E., llegaban a utilizar pistolas.
Todo el mundo procuraba llegar pronto a casa. Al
hacerse de noche, empezaban a sonar disparos, que nunca supimos los que vivíamos
en Argüelles, desde donde, ni a donde, iban dirigidos.
Recuerdo que por entonces estaba en casa la prima
Matilde, y con su acento extremeño muy cerrado solía decir:
-Ya empiezan los “cohetines”.
Las huelgas se sucedían sin descanso. En casa de los
abuelos, con seis hijos pequeños, las del pan eran un verdadero problema.
No sé si os he dicho que por entonces tía Vicen
tenía once años, tía Isabelita nueve, seis tío Pepín y las pequeñas que se
llevan diecisiete meses eran casi dos bebés; y como mi madre iba la escuela, en
casa había que tener dos chicas y tía Eugenia, que también pasaba con nosotros
temporadas; podéis imaginaros lo que suponía poner esa mesa sin pan.
En algunas tahonas en huelga solían trabajar los
soldados, pero las colas eran interminables y solo se daba una unidad por
persona.
Una noche estábamos esperando al abuelo, que había
marchado temprano a la cola de la panadería del Dos de Mayo; era Domingo, la
abuela miraba impaciente el reloj de vez en cuando, se hacía tarde… al final,
desde el chaflán del comedor, le vimos llegar; venía cansado, tenía los brazos
en alto (se mandaba circular así algunos días), pero en una mano sostenía ¡un
pan!
Una vez en la mesa, al ir a cenar, mi padre
sonría, al ver a la abuela que de pie
repartía rebanadas entre el mar de manos
que todos levantábamos a la vez.
Hace días que abandoné mi carta, he estado fastidiada
con el consabido “cólico”…Raquel me atendió como siempre, y traía las cosas de
la calle, y Mari Tere me mandó las pastillas que me van tan bien. Ya hago mi
vida normal; tranquila.
Siempre recordando aquellos días que después de mi
sarampión iban a marcar fechas importantes. Ya estábamos en julio, cuando pude
salir a la calle. Había prometido al Cristo del Amparo, del que siempre fui muy
devota, que si lograba ponerme bien iría a Los Dolores a hacer una novena para
dar gracias. Todas las tardes después de merendar iba despacio a cumplir la
promesa. Una de ellas, después supe era el día trece, subía por Rodríguez Sn.
Pedro y me extrañó que no me encontrara en la calle con casi nadie; por el
contrario, vi venir hacia Princesa varios coches descubiertos de guardias de
asalto; sus uniformes eran grises, gorras de plato, **(¿leguís?) y creo que por
toda arma llevaban “porras” negras, eran lo que ahora llaman antidisturbios
pero sin tanto aparato. Algo había en el ambiente que me preocupó. El velo que
entonces nos poníamos para entrar en la iglesia lo guardé en el bolsillo; nada
más dar la vuelta a Sn. Bernardo vi gentes que corrían y se refugiaban en los
portales, yo también me apresuré a pasar a la Parroquia; hijos míos no había ni
un alma, otras tardes a esa hora celebraban la novena del Carmen; pero no dudé,
ante el Cristo hice mis oraciones, al salir, junto a la verja, oí a un señor
que decía a otro, como entre dientes:
-Han matado a Calvo Sotelo.
Los guardias seguían persiguiendo a los revoltosos
que huían por Jerónimo de la Quintana hacia Fuencarral; eché a correr, pero
podía poco, estaba débil y mi naturaleza siempre fue enfermiza, hasta los doce
años no pude asistir a la escuela con asiduidad, así que fue el abuelo quien me
enseñó con su buena pedagogía y su mayor
paciencia. Yo estudiaba más días desde la cama que de pie.
Como os decía volví por Rodríguez Sn. Pedro, que
continuaba desierto. Cuando llegué a casa estaban todos y me esperaban preocupados. Por Valle-hermoso
se veían policías que subían y bajaban como si buscaran algo. El abuelo nos
advirtió que no nos acercáramos a los balcones, ellos pasaron a su habitación y
hablaban bajo… quise entrar pero no me dejaron; mis hermanos jugaban entretenidos,
yo no podía compartir sus juegos, estaba asustada.
Al día siguiente y como todos los años en estas
fechas de vacaciones, se empezó a preparar el viaje a Membrilla. Mis padres
seguían preocupados, yo la mar de fastidiada recogía mis libros y mis apuntes
de tercero, tenía que repasar para septiembre; mis hermanos muy contentos,
montaban a caballo sobre las maletas y jugaban alegremente ante la novedad del
viaje.
Las chicas también se las veía contentas, eran de
Membrilla; Benita, la niñera, no dejaba un momento a la pequeña, Amparito se
defendía sola, pero Lolita necesitaba más cuidados, estaba preciosa, en todas
partes llamaba la atención, tan blanca, el pelo ensortijado y rubio, las
pestañas negras, los ojos verdes y enormes, de expresión muy serena, apenas
daba guerra, se entretenía con cualquier cosa; tampoco llegaba yo entonces a
pensar que, por tres años, iba a ser su
segunda madre.
Así fue como el 16 de julio, salimos toda la familia
para la estación de Atocha. El abuelo siempre precavido, tenía sacados los
billetes. Ya en el vagón y desde la ventanilla, me di cuenta de la gran
aglomeración de público que corría de un lado para otro; los mozos, cargados
con el equipaje, iban y venían sin cesar; muchas personas subían a los
coches ya completos; era evidente que
había verdaderos deseos de salir de Madrid.
Mi padre, menudo y ágil, terminaba de colocar las
maletas en su sitio. Por tercera vez, desde que salimos de casa, volvía con su
contabilidad: Doce bultos, seis hijos, dos muchachas… todo bien.
El tren silbó estrepitosamente, los vagones
perezosos comenzaban a dejar el andén.
Bueno, hijos míos, vosotros no dejéis de llamarme,
sois lo único que me queda. Tú Pepe Luis cada vez te pareces más a tu padre.
Eres Lorente. A veces y cuando te
consulto alguna cosa, respondes lo mismo que papá me diría………………………………………..
………………………………………………………………………………Os abraza muy
fuertemente vuestra
CARTA
IV
Burgos 27- 9-1984
Mis queridos hijos PEPE Luis y Juan Carlos:
Hoy que tengo muchos deseos de veros y me encuentro
mejor voy a seguir charlando con vosotros; anoche por teléfono te oí muy mal,
pero si lo suficiente para saber que estáis bien.
Creo que en mi última carta os empezaba a contar
nuestro viaje a Membrilla, allí pasábamos todos los veranos que no íbamos a la
Sierra.
Recuerdo que aquel día fue muy caluroso, y como era
molesto abrir y asomarse a las ventanillas cuando el tren iba en marcha, por las carbonillas y el
humo, las tres o cuatro horas que duraría hacer el viaje resultaron muy pesadas
para los niños y los mayores.
Al llegar a Manzanares todos buscábamos al tío
Cristino, que con Antoñico el gañán, solían salir siempre a esperarnos con la
tartana. Es verdad que han pasado cincuenta años, pero a mí me parece que estas
cosas de medios de locomoción, debieron pertenecer casi a otro siglo.
Como os decía, la abuela, ante la ausencia del tío
se empezó a preocupar; ya sabéis que era sacerdote y el ambiente, por todas
partes, daba motivos de inquietud. Vimos a “Mangas”. Estos pueblos, tan amigos
de conocer a las gentes por apodos, llamaban así a un señor que hacía el oficio
de “taxista”; enseguida le preguntó por su hermano; no había novedad, algo
imprevisto quizás le impidió ir a la estación. Entre todos colocamos los bultos
en un carro y los demás nos apiñamos en la pequeña tartana.
Pero, antes de seguir, quiero hablaros de este
pueblo manchego que tanto significó para mi familia…
Mi madre no nació allí, ella y sus hermanos eran de
Villarrubia de los Ojos, sí, de donde vuelve a aparecer el Guadiana, pero
fueron todos a vivir allí desde pequeños.
En aquellos tiempos estaban en la casa de sus antepasados el tío Cristino
“el Viejo” (que también era cura*: nota del “traductor” para mejor entendimiento de
los posibles lectores no familiares) y “la Leonor”, hermana de mi madre, que
por su crónica enfermedad, un tanto desconocida entonces, y totalmente
discapacitada mentalmente, no recibía el título de “tía”.
Mi abuela hacía meses que había muerto y Pepa, una
muchacha de muchos años de toda confianza, era quien se ocupaba de todo.
Esta casa a
mí se me figuraba un palacio. También quiero hablaros de ella. Tanto en cada
una de las habitaciones, amuebladas y decoradas sin renovar desde hacía muchos
años, como en sus corrales, sus cuadras, sus bodegas y hasta las cuevas, había
algo que excitaba mi siempre inquieta imaginación.
La cancela, el
patio cuadrado con columnas, cuajado de plantas y geranios de mil colores, me
encantaban; recordaba mucho al típico patio andaluz; por encima galerías con
ventanas al patio, y en la parte central descubierta a modo de balcón. Este
piso era para invierno, a él se subía por una amplia escalera preciosa, en cuyo descansillo
había un cuadro grande de La Purísima, debió ser de alguna firma, dado el marco
dorado que lo encuadraba.
Un enorme toldo dejaba en verano casi en penumbra
todo el patio, adornado, además, por tresillos distintos, veladores, consolas,
mesitas antiguas, y sobre todas ellas había siempre jarrones con flores
frescas; ya veréis qué finca, qué jardín tenían a poco más de un Km. del
pueblo.
Pero voy a seguir. En el piso superior y fuera de
las habitaciones habitables estaban los graneros, allí de pequeña pasaba muchos
ratos, me echaba sobre los montones de trigo figurándome que aquello era el mar,
que no conocí hasta los veinticinco años.
Dentro del granero estaba el lugar para mi más
preferido, “la Camarilla del Duende”.
No os riais, había habido, o seguía habiendo, un duende: “Martinico”.
Vuestra bisabuela, mi abuela Vicenta me contaba
cosas fantásticas de él, tantas y tan detalladas que os aseguro me parecía
muchas veces que le conocía yo personalmente.
Lo cierto es que yo prefería que fuese todo de
verdad, y siendo más pequeña preguntaba a mi abuela por él, como un personaje
más de la familia. Me decía, que no era malo, solo juguetón y muy travieso; a
todos les escondía las cosas (pero más a mi abuela), se las cambiaba de sitio y
había que volverse loca para luego encontrarlas, me decía que algunas noches
jugueteaba con los gatos por el tejado y hacía ruidos que les quitaba el sueño.
Había en dicho aposento, más bien pequeño, un ventanuco lleno de telarañas, luego
un sinfín de cacharros que ya casi no usaban, lámparas, quinqués, braseros,
sartenes, calderas de matanza o de hacer carne de membrillo y baúles varios;
baúles enormes con vestidos y faldas preciosas; esa era mi ilusión - os hablo
de mis años anteriores -, quitarme y ponerme trajes y chales que aún tenían sus
brillos.
Cuando ya fui mayor, el atractivo más grande para mí
fueron los libros. Libros que se veía que ya no se usaban y estaban en
estanterías cubiertas de polvo; “Las mil y una noche”, muchos de Salgari, otros
de Julio Verne, ¿para qué más? Así que después de comer, cuando el sol
abrasador de la Mancha adormilaba a mayores y pequeños, yo subía a pasar los
ratos más maravillosos del verano… pero de éste que os estaba contando no pudo ser;
aquellos recuerdos y costumbres de otros años se vieron cambiados totalmente
por escenas de pánico que jamás sospeché.
Pero antes de pasar a tantas cosas tristes me vais a
permitir os deje escrito una de las anécdotas mejores de “Martinico”. Me la
contaba mi abuela, que junto con la mujer de Antoñico, Josefa, “la mayorala”,
que vivía allí, en las habitaciones de los gañanes, y que tenía una gracia
especial , y con Honorata, una criada muy mayor que sabía tal cantidad de cosas
de aparecidos que te hacía pasar la tarde mejor que la televisión; como os
decía, eran a esas tres personas a las que les preguntaba, de vez en cuando,
por las fechorías del revoltoso Martinico, pues hasta siendo mayor me gustaba
escuchar el encanto de sus relatos.
Resultó que unos antepasados, hartos ya de tanta
guerra como daba el duende (debía ser inmortal, pues según ellas seguía con sus
cosas), decidieron dejar la casa y marcharse a vivir a otra no lejos de allí.
Fueron interminables los carros y galeras cargados
con muebles y demás, y sucedió que ya en el último carro y sobre todos los
cachivaches, vieron sentado cómodamente a “Martinico”.
Asustados le preguntaron:
-“Martinico ¿dónde vas?”
Y éste preguntó con su gorrito rojo y sus calzas
amarillas:
-“¡Anda, Srª….¿Pues no nos mudamos?
Así que, decía mi abuela, se volvieron todos
nuevamente a esta casa… Y ahí está, en su camarilla. Es pequeñito, poco más que
un gato, y no hace daño… solo que es revoltoso.
Qué pena me da dejar de contaros cosas tan
agradables, pero tengo que seguir… me quedé en cómo llegar a la calle Valdelomar
- se llama aun así en recuerdo de la tía
Carmen, prima de mi abuela, que allí vivió-.
Es esa otra de las escenas que parece tengo delante.
La entrada de mis hermanos y yo, corriendo por el patio, lo revolucionamos todo…
Mi madre preguntó por el tío, y la chica nos dijo que estaba en la canariera;
en una parte del granero muy soleada había hecho una habitación para los
canarios, eso y la música eran sus mejores entretenimientos. Allí sentado entre
los pájaros solía ponerse a leer hasta la hora de comer. Nuestras voces le
hicieron salir muy extrañado y enfadado. Había habido una confusión en la fecha
de nuestra llegada y por ello no salió a Manzanares. Quiso abrazarnos a todos,
cogió a Lolita y con ella en brazos salimos al patio, recuerdo que mirando sus
ojos tan claros y tan serenos le dijo emocionado:
“¡Ojo azul… eres como mi madre!”
**(Nota de este trascritor:lo he repasado, y me extraña, porque mi tía Lola
tiene los ojos verdes, como mi abuela, su madre, o tía Vicen; ni tampoco escuché nunca que nadie de la familia
tuviera ojos azules).
Bueno, sigo ordenando mis recuerdos que pronto serán
muy tristes……………………………………………………
………………………………………………………………………………Hasta pronto, no me
dejes de llamar, Juan Carlos lo hace con más frecuencia.
Vuestra
Madre
CARTA
V
Burgos
13 – 10 - 1984
Mis queridos hijos: Hace unos días que quiero
reanudar mis cartas, pero estoy triste y no tengo ganas de nada. De Madrid la
abuela y los tíos me llaman para que vaya allí y pase con ellos las Navidades;
la abuela está bastante bien, pese a sus ochenta y nueve ya cumplidos. No sé
qué hacer…
Ya veo según dices, que guardas mis cartas y te
gustan tanto los detalles. Con paciencia irás recibiendo, poco a poco, las
cosas que más y mejor se fueron quedando grabadas en mi mente casi infantil, al
menos los primeros meses de lucha; y es que al querer recordar veo son muchas y
para vosotros totalmente inexplicables…………………………..
……………………………………………………………………………….Creo que también
me habéis oído hablar de la finca llamada “La Alameda”. Estaba situada a poco
más de kilómetro y medio del pueblo. La recuerdo como un oasis en aquel campo
árido y seco de la Mancha. La rodeaba un riachuelo e infinidad de árboles
frutales y álamos centenarios cubiertos de hiedra; debía ser el lugar preferido
por los pájaros para dormir, pues al caer la tarde acudían muchos a refugiarse
entre las hojas brillantes que los cubrían.
En la entrada, después de un paseo, también de
álamos, estaba la casa de los guardeses, en la que vivían María, ya viuda, y
sus hijos, mozos fuertes que se ocupaban de trabajar y cuidar la huerta, que
era inmensa (o a mí me lo parecía).
Otra parte de ella la habían dedicado para jardín;
estaba precioso, paseos llenos de árboles, macizos de rosales y de otras flores; todo muy cuidado y
con mucho gusto.
Fuera del jardín, junto a la casa, había un pozo
grande con una noria. Un borriquillo gris giraba todo el día para sacar el agua
que regaba la finca. Todas las tardes solíamos ir a merendar y siempre
encontrábamos sitios donde jugar. Cuando empecé a ser mayor, el tío me compró
una caña y le acompañaba a pescar en el río que rodeaba la finca. Precisamente
aquella tarde empezábamos a preparar los anzuelos cuando vimos llegar a uno de
los sacristanes, venía palpitando; se acercó al tío y le habló de una
sublevación en África, y que en Madrid y en otros lugares se estaba luchando.
Ya comprenderéis, hijos míos que era la tarde del dieciocho de julio.
No merendamos, no cogimos las flores, como otros
días; con las cañas al hombro y la cesta vacía, anochecía cuando entrábamos en
el pueblo. Mi madre, preocupada, y Benita, traían a mis hermanos más silenciosos
que las otras tardes.
Grupos en las esquinas nos miraban y cuchicheaban
por lo bajo. Yo iba pensando que se podían producir desórdenes, pero sin
importancia, y que en Membrilla se quería mucho al tío y a toda nuestra
familia; en Madrid hubiera sido peor.
Nos acostaron pronto. Entonces, hijos míos, dormía
bien.
Hoy os dejo antes, quiero pasar por el mercado… ……………………………………………………………………………….
Os quiero mucho y os necesito más, vuestra
Madre
CARTA VI
Burgos 31- 10-1984
Mis queridos hijos: Hoy he dormido muy bien; y como
siempre mi mayor ilusión es hablar con vosotros.
Ya sé que por teléfono tengo más rápidas vuestras
contestaciones; pero yo a pesar de todo prefiero las cartas. Las leo, las releo
y más despacio os digo todo cuanto quiero. Vamos siendo ya pocas las personas
que seguimos con este medio de comunicación. Mi buenísima amiga Carmen Blasco
es la única que me contesta asiduamente; el resto sólo en Navidad veo sus
letras.
Como hablé con vosotros hace dos…………………………
………………………………………………………………………………
Bueno hijos míos voy a seguir con los recuerdos de
los días que pasamos en Membrilla aquel año, fueron tan duros…que aunque
viviese una eternidad no se borrarían. Aquellas escenas las veo en mis
recuerdos nada más cerrar los ojos.
Al amanecer del día 19 me despertaron ruidos, voces,
cantos y risas que rompieron ese silencio manchego habitual en sus calles
blancas y un tanto misteriosas. Mis padres, el tío y Pepa estaban levantados,
las otras dos chicas que trajimos de Madrid seguir durmiendo. Los cuatro dentro
de los balcones del salón, miraban y comentaban el humo y las llamas que se
veían salir del centro de Manzanares. Estaba ardiendo la Iglesia y nadie se
atrevía a sofocar el incendio.
No sé si os dije que solo 4 Km separaban estos pueblos
y, en aquella llanura, parecían más bien dos barrios de una misma ciudad,
separados por un paseo rodeado de árboles, era muy frecuente ir y venir andando
en los días buenos.
Es Manzanares hoy uno de los pueblos más importantes
de la provincia de Ciudad Real; este rápido progreso empezó, según creo, al pasar
por allí el ferrocarril, pues resultaba más fácil tener allá, para el
transporte, las bodegas y los graneros. Por lo contrario La Membrilla, debía
ser ya un buen pueblo cuando López de Vega escribió su célebre “Galán”.
Como os decía, todo el pueblo estaba en la calle,
aún era de noche y destacaban más las llamas y el humo.
Mi madre y Pepa lloraban en silencio, el tío y el
abuelo, tampoco hablaban. Volví a la cama, pero no pude dormir.
Al levantarme me dijeron que tío Cristino se había
ido como cada día a decir la misa de ocho; pero volvió enseguida, no sé si la
dijo y si fue alguien; lo que sí recuerdo perfectamente es verle entrar,
quitarse el alzacuellos, que colgó en el perchero, y dirigirse a Dn. Manuel
Villlalta, que le estaba esperando, preocupado por su atrevimiento al salir de
casa según estaban las calles de alteradas.
Hermano Manuel, le dijo con su siempre buen humor,
ha llegado el momento de quitarse la sotana, y se sentó con él en el tresillo
sobre una mecedora del patio. Era Dn. Manuel un sacerdote mayor que trataba al
tío como si aún fuese un seminarista. Había nacido en Membrilla; era lo que
ellos llaman “Hijos del pueblo”, y allí tenía muy numerosa familia; muchos
sobrinos que mandaban y disponían en el Comité Libertario.
Pronto se unió a ellos el abuelo, y sigilosamente
empezaron a hablar de sacar de la Iglesia la custodia, cosas de valor y
consumir el Santísimo, pues veían que empezaba para ellos lo peor. Luego me
enteré que lo hicieron, pero no supe cómo.
Yo salí al corral a jugar con mis hermanos, pero
unas amigas que solían venir todas las tardes no lo hicieron…ni vendrían más. Las
gentes – no todas -, yo creo que empezaron a tener miedo de frecuentar nuestra
casa.
No venía nadie.
Esa noche ardía también la Iglesia de Membrilla.
Había oído decir que era la mayor de la provincia, y
su retablo era una maravilla de arte y de riqueza.
Estos días apenas veíamos a mis padres. Salían y
entraban para hablar con gentes conocidas y con trabajadores de la casa en
tiempos de vendimia o de siega, y que ahora mandaban y disponían en el Comité.
Precisamente el director o presidente, “El Barbas”, como allí se le llamaba,
había sido alumno del abuelo y había continuado con él una buena relación, esa
amistad tan noble que surge entre un alumno que quiere aprender y un mejor
profesor que no tiene horas suficientes para enseñar. Era de pelo muy rojo, la
barba negra y muy rizada, muy alto, muy enérgico hablando… a mí me daba miedo y
se me representaba con un ojo tapado o tuerto, y, sin embargo, ¡qué bien se
portó!
El abuelo, en una de sus salidas trajo un aval
firmado por él, como presidente del Comité Libertario, en el que se decía que
Dn. Cristino quedaba detenido en su domicilio, sin que fuera molestado bajo
condición alguna.
A los mayores se les veía más tranquilos, y los
pequeños seguían con sus juegos disfrutando del mes de vacaciones de verano; yo
me encontraba entre dos aguas, pues veía que los primeros procuraban ocultarme
muchas cosas, y por otro, no podía jugar con los pequeños porque tenía que
preparar mis exámenes de septiembre.
Unas horas después llamaron a la puerta y se
presentaron dos milicianos o escopeteros, así los llamaban. Iban con unos
monos, pañuelos rojos, gorros de soldado y brazaletes del partido; en las manos
dos escopetas de caza.
Hablaban con mi madre y ésta con Benita y Asunción
para que recogieran sus cosas y se marchasen; les paga el mes correspondiente y
les explica que el Comité tiene prohibido que desde ese momento haya “esclavos”
en casa alguna. Enseguida sale Pepa dispuesta y decidida, y encarándose con los
emisarios les dice:
-Yo no me marcho. ¿No decíais que yo era el ama del
cura?, pues aquí me quedo.
Mientras hablaba estaba abrazando a “la Leonor”, que
con sus ojos turbios e inexpresivos, como asombrada, contemplaba la escena.
Muerta ya mi abuela, era ella la única que la lavaba
y la cuidaba a todas horas.
Así fue como tía Vicen y yo comprendimos que
teníamos que ayudar en la casa.
Cuando después de comer vimos los platos y los cacharros
sucios, todo decididas nos metimos en la cocina la mar de dispuestas y preparadas
de delantales y demás, para limpiar aquello. Tampoco se me olvida la escena, no
sé si reír o llorar.
En Membrilla, entonces, no había más agua que la que
sacábamos del pozo; agua dura, salobre decían ellos, que no disolvía el jabón,
era preciso usar sosa, y como nunca en estas condiciones habíamos fregado un
plato, el resultado fue fatal; mis manos sangraban y tía Vicen, queriendo secar lo que yo le daba,
veía que aquello estaba peor que antes. Los platos y pucheros andaban cubiertos
de tal capa de grasa, que la pobrecilla se manchaba toda; era preciso volver a
empezar… en ese momento entró Pepa, y al vernos tan atareadas nos besó y nos
abrazó muchas veces.
Vimos que venía llorando.
Otro día seguiré hijos míos, veo que por ahora voy
haciendo lo que queríais: Procurar revivir aquellos primeros días tan tristes,
sobre todo para mis padres y para toda nuestra familia, tan castigada. Mis
pocos años me llevaban a que en muchas ocasiones no fuera verdaderamente
consciente de la terrible situación.
Estar tranquilos, no estoy peor………………………………..
……………………………………………………………………………….
El rato de escribiros lo paso bien; no sé escribir
novelas, ni teatro, ¡con lo que me hubiera gustado!, pero cartas…
No he hecho otra cosa desde que me casé. Toda la
familia lejos, y entonces no era tan fácil usar el teléfono desde Barcelona
para hablar con los míos.
Salgo a comprar, a misa… Pero a pasear sola no me
acostumbro; siempre salía con vuestro padre, apenas, después de vivir quince
años en
Burgos, conozco el nombre de cuatro calles; él me llevaba a todas partes…
Burgos, conozco el nombre de cuatro calles; él me llevaba a todas partes…
Creo que os dije que he vuelto a pintar; sigo
teniendo encargos… ¡son tan baratos!
Para la Caja de Ahorros tengo que hacer dos óleos y
una tinta china; esto gusta más. La gente sabe que ya salieron dos exposiciones
mías en la “tele”, y eso les parece importante. ¡Como si todo lo que saliese en
la pequeña pantalla fuese bueno…!
……………………………………………………………………………….
Hasta pronto; recibid todo el cariño de vuestra
Madre
CARTA
VII
Burgos 14-11-1984
Mis queridos hijos: Nuevamente con vosotros.
Me alegra mucho el ver a Juan Carlos tan estudioso y
trabajador. Su vida me es más fácil seguirla; son muchos los fines de semana
que viene desde Madrid. Aquí ha dejado estupendos amigos. En eso os parecéis a
vuestros padres, nuestros amigos son hermanos, pero escogidos para nuestra
forma de ser. Son hermanos, nobles y serviciales.
Viene también por el futbol; después del equipo de
su ciudad natal, el Barcelona, (salió de allí con trece meses), se ha hecho
forofo del Burgos.
A ti, Pepe Luis………………………………………………………….
……………………………………………………………………………….
En fin, voy a acostarme un poco; en la cama me
fluyen con más facilidad los recuerdos de aquellos años en los que España se
desangraba por momentos, y que a vosotros tanto os interesa.
Esta parte no creáis que va a ser fácil para mí.
Acabo de leer la nota donde interrumpí
mi relato, y me doy cuenta de la intensidad de los sucesos que ocurrieron en el
poco tiempo que nos quedaba de estar en Membrilla.
Recuerdo, hijos míos, que en casa se vivía en una
constante inquietud. Milicianos entraban y salían constantemente con órdenes y
contraordenes del Comité, registros… Pero voy a dejar para más adelante dos sucesos
de los que más huella dejaron en mi memoria.
En casa no había radio, no se recibían periódicos,
tan solo Dionisia, amiga e hija de antiguos amigos incondicionales de varias
generaciones, y Josefa, que al salir a comprar nos traía noticias sobre lo que
comentaban en el pueblo, y como aquel primer foco de África se estaba
extendiendo en la península. Pero yo, en los pequeños ratos que tenía libre,
seguía preparando los exámenes de tercero. Esto sería cosa de unos días…
Una mañana llamaron a la puerta dos hombres
perfectamente uniformados al estilo del momento, con grandes y antiguos
pistolones al cinto, y una mujer la mar de decidida y segura de sí. Mi madre
sale a su encuentro y habla con ellos en el patio. Yo que les abrí la puerta
recibí un papel que decía escuetamente: “Bale por una cama”, y venía firmado y
sellado por el Comité Libertario. Mi madre no lo duda un momento; la casa es
muy grande y hay muchos dormitorios, así que les invita a pasar y escoger la
que ellos crean que les sirve mejor.
Es la mujer la que decide. Una vez desmontada y ya dispuestos a marcharse, la abuela insiste
en que se lleven también el colchón, la almohada y las mantas.
Desde aquel momento nuestro trabajo se multiplica de
tal forma que va a llevarnos al agotamiento; tía Vicen y yo ayudamos todo el
día, la casa, los pequeños y ahora la puerta. Es un constante de personas las
que vienen con papeles que dicen: “Bale por una garrafa de vino”, “Bale por dos
gavillas de sarmientos”, “Bale por dos
litros de aceite”, “Bale por seis sillas”.
La abuela por primera vez y viendo que no podíamos
“despachar” y atender a tanto cliente, se medio enfada y les dice: “Digan Vds.
al Comité que vengan ellos y se lleven todo lo que necesiten de una vez, estoy
sola para todo”. No he sabido como siguió el gobierno de aquel rincón manchego,
pero dudo que pudiera durar por mucho tiempo esa “vida fácil”, con tan original
reparto.
Los “Bales” los guardábamos el en bargueño del
despacho; cuando salimos de allí y dejamos la casa, ya no cabían en el cajón.
Pero ante todo queríamos cumplir cuanto nos decían; lo importante era que tanto
el abuelo como el tío seguían sin ser molestados, gracias al Aval del alumno
inteligente y aplicado de mi padre.
Una mañana vino Pepa con la noticia de que habían
matado a Dn. Avelino, el párroco, que se encontraba de vacaciones. A todos nos
hizo temblar; había sido detenido en el tren.
Al levantarme un día quise pasar a la habitación del
tío Cristino a buscar no sé qué cosa; hacía tiempo que se pasaba allí el día rezando, y solo a las horas de las
comidas bajaba al comedor. Como os decía nada más entrar, le vi mirando a
través de la ventana algo que le producía dolor; se había quitado las gafas y
estaba llorando. A lo lejos ardía la ermita de la Virgen del Espino, era la
Patrona que, sobre un pequeño montecillo, vigilaba y velaba por el pueblo
blanco que se agrupaba a su alrededor. No
le dije nada, salí corriendo y fui a llorar también yo a mi escondite predilecto,
“la Camarilla del Duende”.
Pronto nos enteramos de muchas cosas; algunas, parecían
milagrosas… castigos de la Virgen. Nos decían que antes de prender fuego a la
ermita habían fusilado a nuestra Señora. En el piquete había dos hombres muy
ligados a la casa de los abuelos, y tenidos como buenos y queridos
trabajadores; uno era el hortelano de la Alameda – no digo el nombre -, y el
otro el encargado de las cuadrillas de la siega o la vendimia. A este último
dicen que se le quedó el brazo tal y como lo tenía en el momento de apretar el
gatillo de la escopeta, al otro se le escapó un tiro teniendo el arma bajo la
barbilla, y había caído muerto al salir la bala por la parte alta del cráneo.
Mi padre sale poco o nada, observa como le miran y
cuchichean a su paso; Pepa no para con recados y compras, tía Vicen y yo
hacemos lo que podemos y en aquel caserón sin comodidades, con fuego de leña
que hay que partir, podemos poco, y mi madre apenas puede ocuparse de comidas y
de los pequeños. Isabelita no da guerra, se la ve triste, sentadita en
cualquier rincón, con su muñeca que no deja ni para dormir, pero no juega ya,
apenas come, llora mucho y dice que se quiere ir a Madrid.
Los días pasan y la tensión de todos aumenta por
momentos. Han llegado a pensar en abandonarlo todo y salir de Membrilla, ¿pero
cómo?
En todas partes es necesario llevar un
salvoconducto, el carnet que te acredita adicto al régimen. ¿Y mi madre y los
niños? … pero no fue larga esta indecisión, pues pronto, los acontecimientos,
inmensamente dolorosos, nos dieron
razones suficientes para marchar.
Pero hijos míos, ya os dejo por hoy…
………………………………………………………………………………..
Cuidaros mucho, a los niños muchos besos, Elenita
estará preciosa, es una niña que será muy fuerte……
………………………………………………………………………………
Estas cartas se están haciendo demasiado largas,
pero os prometo que procuraré terminar, y eso que aún faltan más de dos años,
aunque no tan intensos… Os abrazo con todo mi cariño
Vuestra
Madre.
CARTA
VIII
Burgos
17-12-1984
Queridos hijos: Gracias por tantas muestras de
cariño, gracias. Pero el día de mi cumpleaños, el día diez, lo pasé muy mal.
Son demasiados recuerdos vivos aun. Por ahora, hace un año, vuestro padre se
moría. Delante de mí, en los tres meses que estuve a su lado, nunca se quejó;
pero cuando en la clínica confesó, se abrió la puerta de la habitación, y le vi
………………………………………………………………………………
No encuentro consuelo; pero queréis que siga
incluyendo en mis cartas los días que
pasé mientras en dos bandos se mataban seres que (¿?) España, pues continuaré.
Solo quiero teneros contentos:
Ya os conté, que nada más llegar a Membrilla y
empezar la lucha, se formó allí un Comité Libertario, desde allí fueron a
buscar a las muchachas que traíamos de Madrid, pero que habían nacido en dicho
pueblo.
Una mañana veo a dos escopeteros hablando con el
abuelo, no me extrañó, como os decía era un continuo ir y venir con partes y
registros, sobre todo en los documentos del despacho. Lo que sí me llamó la
atención era que esta vez traían picos y palas. Enseguida salen al patio y se
dirigen a la cueva honda. Así la llamaban para distinguirla de otra más pequeña
que había dentro de una despensa.
La cueva honda, debió ser así, muy honda. Me
contaron que la habían tapiado, pues en cierto tiempo se podía salir fuera del
pueblo, camino de Manzanares. Si no miedo, daba cierto respeto; el suelo húmedo
pronto se hacía fangoso, como del color de la arcilla, estaban allí tinajas
vacías y unidas o arropadas por telarañas, apenas se usaban ya; creo que en el
verano refrescaban el agua de los botijos y cántaros a la entrada, junto a las
escaleras.
Entonces no
eran tan corrientes las linternas, y el abuelo empezó a bajar con los
escopeteros llevando un candil; yo les seguí la mar de intrigada; querían que
mi padre les dijera donde habían enterrado una maleta llena de bombas; lo había
visto una muchacha y lo había contado en el Comité; era él precisamente el que
las escondió, y por eso tenía que desenterrarla. Yo no me había enterado de
nada. ¿Bombas…?
Me es difícil por escrito reproducir la escena;
aquellos hombres pican y remueven el suelo escurridizo, ya se acabaron las
desgastadas escaleras y es preciso sujetarse en las tinajas. El abuelo repite
una y mil veces que él no ha tenido una bomba en su vida, pero todo inútil,
cavan y remueven la tierra. Yo sigo junto a mi padre; todos están ya en silencio, el tiempo se me hace eterno,
al fin deciden volver otro día, y si es preciso traerán a la chica para que
diga el sitio donde ella vio que mi padre metió la dichosa maleta.
Cuando se han ido, el abuelo me abraza y me dice muy
bajito: “Han tenido los pies, últimamente, donde yo guardé una caja de hierro
con la custodia, los cálices y otras cosas de la Iglesia. Demos gracias a Dios,
pero es preciso sacar eso de ahí cuanto antes”.
El segundo escondite no lo vi; como os dije, yo,
dada mi edad, unas veces me consideraban como una niña y en otras tuve que
actuar como una persona adulta. Lo cierto es que terminada la guerra aquellos
objetos fueron destinados nuevamente al culto. ¡Se habían salvado!
Esta acusación a mi padre, nos pareció muy grave;
ahora, al recordarlo, no comprendo cómo podíamos resistir tantos problemas,
tantas tensiones.
Lo cierto es que nos llegó el rumor de que pensaban
quemar aquella casa junto con otras parecidas, por la noche, cuando estuviéramos
todos dentro.
Josefa, la mujer de Antoñico, el mayoral, que no ha
dejado de venir por casa y ayudarnos a todo, se brinda a que durmamos en la
suya. Dice que echará al suelo unos colchones para Antoñico, ella y sus chicos,
y que todos nosotros tenemos preparadas y limpias sus camas.
Ya no trabajan más que para el Comité; cuando lo
pienso siento algo que me dice que ha habido y hay mujeres de tal grandeza que
ya querrían muchos hombres. Hijos míos, ya sabéis que me siento y me sentí
siempre muy femenina, de sexo distinto; pero tal vez un acto que en aquel
momento necesitaba tanto amor, tanto valor, no lo hubiera hecho nunca un
hombre; tal vez Antoñico hubiera sido más reflexivo, hubiera mirado el peligro
que iba a llevar a su mujer y a sus tres hijos; Josefa, una mujer, lo arriesgó
todo antes que ver morir a unas personas que siempre les trataron con cariño.
Eran demasiadas las tensiones, los problemas que se
agolpaban por momentos. No saben que contestarla, será preciso salir en
pequeños grupos, a escondidas, los niños pueden llorar, entonces no se decide nada;
pero al fin tuvo que aceptarse su oferta, y así pudimos descansar al menos unas
horas.
Ahora sí, hijos míos, que las escenas que siguen, me
producen dolor el recordarlas.
A las cinco y media de la tarde, el llamador de la
puerta principal es golpeado estrepitosamente. Abro yo. En la calle hay un
grupo grande de hombres, rodeados de milicianos armados. Entran dos
descompuestos, llevan las armas en la mano, tienen miedo a (¿?) y miran a todas
las ventanas del patio; uno de ellos grita más que habla:
-
“¡A ver,
que salga el cura!”
No puedo seguir, hijos míos, lo dejo para otro día.
Lo que sí quiero deciros, antes de que se me olvide, es que hasta entonces no
comprendí lo mucho que le quería…
………………………………………………………………………………
Un abrazo muy fuerte de vuestra
Madre
CARTA
IX
Burgos
21 -1- 1.985
Queridos
hijos: Ya pasó todo. Tal vez hubiera sido mejor continuar en Madrid unos días
más con los abuelos y tíos…
Pero el día quince se cumplía el año que murió
vuestro padre, y quería que fuera aquí donde se celebrara el funeral………………………………………………..
………………………………………………………………………………
Digamos pues punto y aparte. Seguiré con los recuerdos
de 1.936. ¡Qué amargo fue! Pero… ¡adelante!
Estos días que siguieron a la detención del tío
fueron angustiosos. Aquello era un infierno. Nos contaban cosas horribles, que
no éramos capaces de asimilar en tan poco tiempo. Dijeron que en una casa, al
ir a detener a un padre y tres hijos, cuyo nombre no recuerdo, estos se
encerraron y disparaban a cualquiera que intentaba entrar, el final fue terrible.
Lo de nuestra casa fue totalmente distinto.
Nada más acabar de decir los dos milicianos que
buscaban al Cura, sale el abuelo con el aval del Presidente del Comité, su
antiguo alumno, y en el que diecia que la detención del tío sería en su propio
domicilio. Les quiere convencer con mil razonamientos, pero todo inútil.
-
“Sobre ese
hay muchos”, fueron las palabras furiosas del miliciano, que seguía con la
escopeta cualquier ruido sospechoso.
-
“¡He dicho
que salga el Cura!”
Por la amplia escalera central vimos enseguida bajar
al tío Cristino con el breviario en las manos. Venía tranquilo, y dirigiéndose
a ellos les preguntó:
-
“Si Vds. me
lo permiten, voy a pasar unos minutos para reconciliarme con Dios”.
Seguidamente llamó al abuelo y pasaron al despacho,
antes de que se cerrase la puerta entré yo.
Muchas veces he pensado cómo me dejaron pasar; a mí
me pareció que ni se daban cuenta.
El tío quedó de pie y dirigiéndose a l abuelo le
dijo:
-
“Escribe
Pepe. Voy a hacer testamento”.
Al terminar firmó y arrodillándose ante el Sagrado
Corazón de Jesús, se apoyó en la mesa y con su cabeza baja permaneció en
silencio unos minutos. Después salió del despacho, y como si no nos viera a
ninguno, estando todos en el patio, dirigiéndose a los milicianos les volvió a
preguntar:
-
“¿Me
permiten llevar este breviario para hacer mis rezos?”
Apenas un gruñido fue toda contestación. Salió de
casa escoltado, y una vez en la calle, se unió a un grupo bastante numeroso que
allí esperaba.
Eran detenidos también, yo no conocí a nadie, pero
Dionisia, que estaba en casa, al asomarse vio a su padre, que iba entre ellos.
Salió dando gritos y preguntando qué iban a hacer
con él, que ya era viejo… y era verdad, para mí, Andrés Espinar, era un
anciano.
El tío solo tenía cuarenta y cuatro años, llenos de
vigor y de entusiasmo por servir a Dios en el rebaño que le había sido ordenado
acompañar y dirigir al cielo.
Entonces ocurrió lo que ya os he contado en otras
anteriores.
Al salir me dicen que día y noche dejemos abiertos
la puerta, los balcones y las ventanas.
Digo que sí, pero no sé lo que hago. Estoy asustada,
nerviosa, me confundo y cierro.
Inmediatamente, vuelve a llamar, y esta vez con un
pistolón enorme en la mano, me da un golpe en el pecho, y me grita
-
“¡He dicho
que abierta!”.
No recuerdo más, cuando abro los ojos estoy en el
suelo, en la cancela, la abuela y Pepa me dan agua y me secan el sudor.
Mi madre no quiere dejar al abuelo que salga, él se
empeña en ir al Comité para hablar con el Presidente que sabe le quiere mucho.
No sé bien qué ocurrió, creo que sí, que debió ir, para ver si podía lograr que
volviera el tío a seguir detenido en casa. Fuera como fuera no se logró nada.
Si os parece otro día seguiré con los más
angustiosos que a mi edad había vivido………………….
………………………………………………………………………………
Cuidaros mucho; ya sabéis lo mucho que os quiere
vuestra
Madre
CARTA X
Burgos 31-1-1985
Queridos hijos: ¿Cómo está mi nieto? Gracias a Dios
son niños tan sanos que no me alarma demasiado un enfriamiento en la nieve. Esa
es la mejor edad para aprender a dominar los esquíes………………………
………………………………………………………………………………
Hijos míos, no sabéis las ganas que tengo de
contaros los acontecimientos de los últimos días en Membrilla.
¡Cuántos seres en ambos bandos sufrirían cosas
iguales o parecidas! Trabajad, hijos míos, para que no anide en los hombres el
odio y la envidia; que todo pueda arreglarse con amor y justicia, para que se
extienda el Reino de Dios. ¿Cómo se puede llamar a una guerra “Santa”? Santa es
la “guerra” de Teresa de Calcuta. En las otras solo veréis egoísmo, dinero,
odio, soberbia y ansias de poder con que se envenena a los hombres para que no
sigan el mandato divino de: “¡No matarás!”
Como terminé diciéndoos, aquella tarde, además de al
tío, llevaron detenidos a varios hombres más; les condujeron a lo que llamaban
“la cochera”. No había cárcel, o eso entendí yo. En dicho local guardaban el
furgón de los muertos, y, me figuro, alguna cosa más del ayuntamiento. Yo no vi
nunca más que un patio blanco, encalado, de cantos redondos y con varias
puertas, que sería donde encerrarían a los presos cuando se iban las visitas.
Porque eso sí, debíamos llevarles las comidas; nos permitían hablar con ellos
unos momentos y recoger los cacharros sucios de la comida anterior.
Aquella misma tarde trajeron el aviso de que se
llevara al cura una manta y la cena. Esa fue toda su cama en la prisión.
A todos los sobrinos nos gustaba mucho acompañar a
mi madre y a Pepa a ver al tío. Siempre estaba animado, con buen humor, nos
gastaba bromas, y a los pequeños los cogía y los besaba.
Una tarde le encargó a la abuela que le llevara su
rosario, que había dejado sobre la mesilla de su habitación. Mi madre, que
tenía uno en el bolsillo, se lo dio enseguida, y le dijo que se lo guardara,
que tenía otro que usaba más.
Era ese el
rosario de pasta y nácar blanco que le había traído tía Marina de su viaje de
novios; cuando lo volvimos a ver estaba manchado de sangre; sus cuentas habían
sido los últimos peldaños por los que subiría al Cielo.
Pero eso fue después.
Una mañana, al pasar el abuelo por la plaza, oyó
claramente a unos hombres:
“¿Cómo os habéis dejado a éste?”
La tensión iba en aumento, y se esperaba que, en
cualquier noche, nos incendiaran la casa, según decían, cuando todos estuviéramos dentro.
Los abuelos decidieron salir a casa de Josefa, la
Mayorala, que nos la había ofrecido tantas veces, pero había que ir con
muchísimo cuidado. Primero mi madre con Lolita y Amparito; la pequeña iba
siempre dormida, y la otra calladita cogida de su mano. Procurábamos ir casi a
oscuras, por la zona que no daba la luna, ya que las pocas bombillas que había
apenas iluminaban. Luego Pepa con “la Leonor”; esto sí que era peligroso, pues,
por su enfermedad, no entendía lo que le dijeras, y había el riesgo de que en
medio de la calle se pusiera a dar voces, o a llamar a su madre, o a su
hermano, al que quería mucho.
Finalmente solíamos hacer dos grupos; uno con mi
padre y dos de mis hermanos, y luego yo con el que quedaba.
Una vez allí, Antoñico y Josefa se deshacían de
atenciones, y nos dejaban que durmiéramos en sus camas, con esas sábanas
acabadas en los típicos encajes manchegos de bolillos; para ellos habían tirado
colchones al suelo.
Para entonces Periquito, mi mejor amigo de la
infancia, ya dormía (era él quien me cogía los pollitos de gorriones y me traía
las primera uvas que empezaban a “pintar” en las cepas); Melchora en la ¿*?, y
Dolores, la más pequeña, la acostaban
con sus padres.
Aquello fue tan grande que pocas veces se puede
conocer en una vida.
¿Cómo sería posible tantas muestras de cariño? Si
eso hubiera durado mucho, alguna noche se hubiera descubierto todo. Era
terrible el peligro al que aquella familia se exponía… ¡Casi heroico!
Seguíamos viendo al tío todos los días; al menos por
la tarde, cuando ya el sol abrasador de esas tierras manchegas se va ocultando.
A casi todos mis hermanos, y a mí, nos gustaba llevarle la cena.
Una tarde nos contó que Andrés Espinar había dejado
de comer, que él procuraba animarle, pero que apenas tomaba unos bocados.
Mi madre, de pronto, se fija en un chiquillo que no
llegaría a los dieciocho años, y quedó muy extrañada. ¿Cómo es posible que se
detenga a esta criatura?
Era el hijo del farmacéutico Dn. José Herreros; se
acerca a él y le pregunta:
-“Paquito, hijo mío, ¿cómo tú aquí?... ¿Y tu madre?”
-“Por ella lo siento”, fue toda su respuesta.
Había sucedido que al ir a detener a Dn. José y no
encontrarle en casa, el chico, que era el mayor, se había ofrecido a ser
detenido en su lugar. No valió de nada, pocas horas después ingresaban su padre
y sus tíos.
Pocos días después nos enterábamos que, ya muy
tarde, habían sacado a declarar al tío Cristino; solamente iba él.
Le llevaron cerda de la Alameda; le pegaron hasta
hacerle sangrar, y le amenazaron con la muerte; tenía que decir los nombres de
los jóvenes con los que se reunía y para qué.
La cosa no podía ser más inocente, se trataba de
chicos de Acción Católica, de la que él era Consiliario, y con los que solía
preparar y ensayar funciones de teatro para recabar fondos para cosas
benéficas.
Le golpearon sin piedad, hasta con correas, pero él
no podía ni sabía decir otra cosa…Cuantas veces he pensado, hijos míos, que lo
que estuvo haciendo no era sino dar testimonio de su Maestro.
Al volver a
la prisión, le separaron del resto de sus compañeros. Sabían que, una vez solo
con los presos, rezaba el rosario con ellos, y les hablaba de Dios. Todo eso
era más que suficiente para que su
prisión fuera aún más dura; yo creo que horrorosa. Le subieron por un ventanuco
a un pajar, completamente solo. Miento, eso hubiera sido muchísimo mejor, pues
tenía un sinfín de “compañeras”; tan lleno de polvo y paja estaba aquello que,
tendido sobre su manta, daba con la cabeza en el techo.
Al día siguiente nos pidió que le lleváramos una o
dos ratoneras. Por lo visto, había unas ratas tremendas, que corrían hasta por
encima de él.
Siempre me pasa igual, no puedo seguir, hijos míos;
comprendo que soy una hipersensible… una pena. Así es como sufro por todo… No
había razón de que en ambas partes de nuestra geografía, por simples colores y
formas de pensar, se aplicaran semejantes martirios.
Estoy un poco griposa, pero no quiero dejar de
acercarme a los Franciscanos, allí sí que se respira por todas partes “¡PAZ Y
BIEN!”
………………………………………………………………………………..
Os quiero mucho. Un abrazo muy fuerte de vuestra
Madre
CARTA XI
Burgos
11-2-1985
Queridos hijos: Como ayer hablé contigo Pepe Luis ………………………………………………………………………………
Pero en
fin, voy a continuar con los hechos ocurridos en Membrilla el verano del 36.
Los abuelos
habían puesto sus ahorros en la Cooperativa Agraria de ese pueblo. Pues bien,
una mañana llegaron unos vecinos diciendo que en la puerta de la Cooperativa
estaban quemando todos los documentos, y, por lo tanto, ya nadie tenía nada, ni
la entidad debía nada a nadie.
Decían que
al pasar habían oído a uno de los que se dedicaba a avivar el fuego:
-“¡Remueve,
remueve bien, que no quede ni uno!”
La reacción
de mis padres me extrañó; ninguno despegó los labios, no se inmutaron, y es que
había en sus corazones otras preocupación más dolorosa: La de ver al tío
Cristino seguir viviendo en aquel pajar.
¡Qué
lección de amor más grande!
Podéis
comprender, hijos míos, que eran tantas las cosas que se agolpaban a un tiempo,
que creo que se llegaron a olvidar del célebre “registro de la maleta bomba”,
pero una mañana, y por acuerdo del Comité, nos pareció que se llenaba el patio de milicianos que venían a realizar
un registro en toda regla. Como estos caserones manchegos son tan grandes, se
repartieron el trabajo. Los unos buscaban toda clase de arma, y otros entraron
en el despacho y remiraban los documentos que allí quedaban.
No recuerdo
en estos momentos donde estaban mis padres y los niños; no los visualizo; es
fácil que aún estuvieran en casa de Josefa, o que se hubieran quedado a comer
allí. La cosa duró hasta casi la tarde, y en la casa no estábamos más que
Leonor, sentadita en su butaca, Pepa y yo. En el momento en el que desaparecen
los buscadores metiéndose en las habitaciones de abajo, Pepa me llama alarmada, y dice
Ven conmigo
arriba, en el ropero hay una escopeta
y un pistolón antiguo. Vamos a tirarlos al pozo”. Corre, me da una bolsa, y
ella coge un saco de traer el grano.
En efecto, a la entrada del ropero, una
habitación amplia, con armarios, estanterías y bancos, según se entra a la
derecha, está colgada la escopeta. Allí la había visto yo siempre. Rápidamente,
de uno de los baúles, Pepa saca y me da un pistolón enorme, antiguo, pesa
mucho; va dentro de una funda de cuero muy
claro; lo echo a la bolsa y bajo corriendo al corral, no pienso, lo tiro
al pozo; Pepa ya viene tras de mí, y hace lo mismo con la escopeta.
Los milicianos, hablando y discutiendo, vienen
hacia los corrales. Las dos armas han desaparecido en el fondo, pero… ¡Qué
espanto!, la funda de la pistola ha quedado flotando sobre el agua y se ve
claramente. ¡Es preciso sacarla!, ¿pero cómo?...
Pepa coge
el cubo e intenta “pescar” la funda, pero parece que quiera jugar al escondite.
Son momentos de terrible angustia, difíciles de describir; al fin la vemos
subir dentro del cubo; Pepa la coge, y chorreando como estaba, se la mete en el
pecho y echamos nuevamente a correr, esta vez es al “pozo negro” o retrete; allí, si miran,
es difícil de distinguir.
Cuando
volvemos vemos que hay varios hombres mirando en el pozo, lo dejan y se van a
la bodega; se les ve disgustados, no encuentran la maleta. Uno de ellos
pregunta por la escopeta… están bien informados. Decimos que no lo sabemos, que
mis padres no están. Algo les ha llamado la atención del pozo, tal vez el agua
derramada, porque uno de ellos tira unos ganchos y con una cuerda tira hasta
remover el fondo; se ha dado cuenta que allí hay algo más que no es agua. Van a
encontrar la célebre escopeta, que,
efectivamente, era célebre de verdad.
Había sido un regalo a mi bisabuelo Blas
del General Prim. Tenía el punto de mira de oro, el cañón de aristas
hexagonales, y de un color verdoso; en la culata había una inscripción: “A mi
fraternal amigo Blas Heredia. Prim”.
Ya
hacía tiempo que un abuelillo, muy viejo, me había contado como recordaba la
llegada del General Prim con sus tropas a Membrilla, y su estancia en la casa
de los abuelos.
Bueno,
volvamos a asunto…No creáis que la cosa quedó así… Seguidamente colocan un
motor y empieza a salir agua que, corriendo por el corral, pasa por debajo del
portón y llega hasta la calle. El tener armas sin declarar era muy peligroso;
se ve que mis padres pensaron que por ser tan antiguas, y sin munición, no
tendrían importancia; Pepa y yo nos metimos en las habitaciones de arriba
asustadas, y no les vimos salir, aunque como la casa seguía abierta de par en
par, si les oímos que hablaban de las maletas de las bombas, pero se fueron.
Cuando volvieron los abuelos y mis hermanos,
les contamos lo ocurrido. Mi padre calla, no nos pregunta nada; seguramente
está pensando en el nuevo escondite para la maleta. Por su sonrisa me parece
que está contento.
Como ya os dije, yo sabía que en la maleta no
había tales bombas, eso se lo figuraron las muchachas al denunciarlo al Comité;
lo que allí se encontraba era una Custodia de oro y ¿piedras?,cálices,patenas,coronas…
Por segunda vez el abuelo había logrado
salvarlas.
Hijos, sigo
con la idea de no continuar ……………………
Con cariño,
de vuestra
Madre
CARTA XII.
Burgos
23- 2- 1.985
Queridos
hijos: Ha venido Juan Carlos y me ha dicho que habéis comido juntos en
Madrid…………………….. ……………………………………………………………………………….
Veréis, no
tengo ninguna gana de escribiros esta carta, que será la última en la que os
cuento los recuerdos de los tristes días que pasamos en Membrilla.
No quiero divagar, hijos míos, es necesario que os relate la muerte del
tío, que, por verdadera casualidad, llegamos a conocer con todo detalle. La tarde del día quince de agosto, fiesta de
la Asunción, de la que soy tan devota, quisimos todos acompañar a mi madre a
llevar la cena a la cárcel. Hacía un
calor sofocante, mi madre dijo que me quedara yo con los pequeños, pero todos
protestamos, y así logramos verle por última vez. Nada más llegar y besarnos como siempre,
nos pidió que le compráramos una gaseosa. Estaba tranquilo, pero no recuerdo
nada de los que nos dijera. Una vez recogida la cestita con la cena, subía al
pajar, donde había sido destinado. Polvo, paja y ratas.
También para nosotros fue una noche más…dormimos en casa de Josefa. A la
mañana siguiente, o sea, el día dieciséis, al levantarnos y salir a la calle,
vi venir a Pepa de la cárcel. Traía el desayuno intacto, y yo no tardé en dar
fin a esos riquísimos churros manchegos. Al preguntarle que como lo traía de
vuelta, me contestó que el tío no había querido tomarlo. No sospeché nada. Por
las calles se veían grupos de gentes que, al pasar, nos miraban y hablaban por
lo bajo algo importante, ¡pero qué lejos estaba yo de lo ocurrido!..
Al llegar
a casa, Pepa explicó a mis padres que a los presos, esa noche, se los habían
llevado a Valdepeñas a declarar; y que el miliciano de guardia le había dicho
que se podía llevar el desayuno, que no le hacía falta. Dios pone a veces una
venda, pues nadie sospechó nada.
Mi
madre nos reunió a todos en un altarcito, a modo de capillita, que tenía
en un salón; había que rezar para que el tío hiciera una buena declaración y
que, viendo su inocencia, pronto le tendríamos con nosotros.
Apenas salir de nuestros rezos, cuando una
buena vecina, pensando sabíamos lo ocurrido, se presentó en casa para darnos el
pésame.
Ya no sé si voy a ser capaz de contaros bien lo que viví aquella mañana.
Veo a mi madre recostada en una butaca, con tía Lolita en brazos, pero no
llora, me parece ver que sus ojos miran al suelo, pero sin ver; el abuelo, con
esa ternura de las almas grandes, se acerca despacito por detrás y le da un
beso.
La gente sigue viniendo, se lamentan
unos, lloran otras, pero en silencio; hasta eso da miedo. Yo no puedo estar
allí y salgo corriendo no sé por dónde. Cuando vuelvo oigo que hablan del entierro,
pero pronto vienen órdenes de que está prohibido acercarse al sitio donde los
muertos esperan al juez. No se pueden enviar ataúdes, ni recoger los cadáveres.
El sitio que escogieron estaba unos metros dentro del municipio de Valdepeñas,
por lo tanto todo iba a efectuarse fuera de Membrilla.
Comprendieron que
mi padre corría peligro, por lo que acordaron que había que marchar cuanto
antes a Madrid; había que coger un tren que pasaba a las cuatro por Manzanares.
No he podido comprender nunca como en tan poco tiempo pudimos arreglar tantas
cosas como se juntaban, con las ropas de los pequeños y mayores, pero lo cierto
es que esa misma noche dormimos en Madrid, y sin que nadie nos molestara para
nada.Pues bien, hijos míos, antes de terminar de recoger ropas y hacer las maletas, vimos llegar a Josefa sofocada y llorando también. Nos hizo salir del patio, que seguía lleno de gente, y en una habitación contigua, se sacó un pañuelo del pecho y en él estaba el rosario del tío. Se nota que lo han querido limpiar, pero en sus cuentas de nácar blancas, se ven aun manchas oscuras y la cruz está llena de sangre.
Nos explica que uno de los escopeteros de los que “acompañaron” a los presos es primo suyo, y que además ha estado vigilando que no se acercara nadie a los muertos hasta la llegada del Juez; que él fue el primero que subió al camión a Don Cristino y pudo quitarle el rosario que tenía en la mano, junto a la sien que sangraba, y quería que llegara a nosotros.
También nos dice que su primo le ha contado todo, que Don Cristino animaba a los presos, y, al final, les dijo que les daba la absolución aun con las manos atadas a la espalda.
Ante el piquete que tenía delante les dijo, sin odio ni temor, más bien con lástima:
“Os perdono de todo corazón. Muero derramando mi sangre por Cristo. ¡Viva Cristo Rey!”
Yo seguía pendiente de sus palabras, era casi una niña, pero comprendí todo el tesoro que encerraban, y dentro de un dolor inmenso, os prometo que sentí una gran alegría; había leído muchas vidas de santos, de santos que hacen milagros y están junto a Dios. Pensé que ya teníamos en el cielo un santo y un mártir que nos iba a cuidar a todos, de una forma especial.
Mucho he sufrido recordando este episodio, pero había que hacerlo y hecho está. Solo me resta, hijos mío, añadir que veáis hasta donde pueden llegar los hombres cuando se los trata sin justicia y sin cariño. Ya os dije que esto ocurría en ambas zonas, y que tenéis que luchar sin descanso, para formar seres capaces de hacer de la Tierra un lugar de provecho y de paz.
Ya sabéis como os quiere vuestra
Madre
CARTA
XIII
Burgos 17-
3-1985
Queridos
hijos: En primer lugar, va para ti……………..
………………………………………………………………………………..
La verdad, hijos
míos, que tenía deseos de dejar en mi relato la angustia inmensa que pasé en
Membrilla. Tanto es así que quisiera pasar por alto nuestra huida, sin
salvoconductos ni despedidas a nadie. De todas formas os diré que fue, también, en la tartana de “Mangas” donde nos metimos toda la familia para llegar a la estación de Manzanares. Venía con nosotros una señora, que no hacía falta ser detective para saber que era una monja, que corría también aterrada desde el convento de Concepcionistas de Membrilla; pero, a la pobre la habían querido disfrazar de tan inocente manera, que me pareció que había sido peor el remedio que la enfermedad. Iba enfrente de mí y parece que la estoy viendo; llevaba un vestidito como de 30 años atrás – sería con el que ingresó en el convento -, los zapatos como de ¿?, que ya ni se veían, gafas redondas y metálicas al uso, y en la cabeza, y esto era lo peor, para que no se viera su pelo corto, poco más largo que al cero, una boina roja hasta los ojos y, al igual que en el vestidito, dos escarapelas, republicana una con la hoz y el martillo la otra. En fin, todo un “cuadro” para llorar o para reír, como queráis; apenas levantó los ojos de su falda durante el camino; a mí me pareció que iba rezando.
Lo que sí me impresionó, hasta el punto de verlo durante años, ¿si apenas me sangraba un dedo?, fue que al llegar a la cárcel de Manzanares, que entonces estaba en la misma carretera, la tartana se tuvo que salir de ella, pues estaba toda cubierta de por un inmenso charco de sangre. Nadie despegó los labios; nunca supe, ni pregunté siquiera después, a qué se debía tan macabro espectáculo. El tren venía con retraso; lo normal en aquellos días. Todo el andén estaba lleno de gentes diversas; milicianos armados lucían pañuelos rojos y revolvían entre la multitud que esperaba inquieta; casi todos llevaban pañuelos, cintas rojas, o brazaletes de la C.N.T., de la F.A.I. o U.H.P. que yo ya conocía de Madrid. Al fin vi que se acercaba silbando la máquina del tren. Desde muy pequeña me producía ésta un verdadero terror. Por lo general, al llegar a la estación, el fogonero se medio descolgaba de la cabina; iba lleno de polvo negro, sudor y carbón: “¡El Coco!”, pensaba yo, que venía montado en un enorme dragón que rugía, y vomitaba humos espesos y llamas de mil colores. Jamás dije nada a mis padres, pero siempre procuraba cogerme de la mano de alguno de ellos. Esta vez fue distinto; pero os prometo que si ahora la volviera a ver avanzar, a lo mejor sentía miedo y todo.
Pues bien, subimos a los coches como pudimos, la gente se agolpaba, los asientos se acabaron, y aquello tenía un color para mí hasta entonces desconocido.
Una vez en Madrid, creo que fueron dos coches de caballos los que hicieron de “taxis”. Me decía tía Vicen un día, que nos registraron en la estación, de eso no me acuerdo, pero lo que no se me olvidó fue que al pasar por la iglesia de los Dolores, mi padre se incorporó para mirar por la ventanilla. Sí – dijo –también la han quemado.
Una vez en casa, lo primero fue empezar a quemar en la cocina, entonces de carbón, todos los libros de misa, novenas, estampas o cualquier cosa religiosa. Tenía mi madre un crucifijo, mejor dicho, era solo la cabeza y el tórax de una talla de madera preciosa. Cuando quemaron el convento de los Jesuitas de Alberto Aguilera, hoy Areneros, unos chicos lo llevaban arrastrando con una cuerda por Meléndes Valdés. La abuela les dio unas pesetas y se hizo con él. Lo colocó en su habitación, sobre un altarcito que improvisó.
Decía mi madre, debíamos rezarle siempre con la idea de desagraviarle, y en verdad que daba pena verle en tal estado, pues se notaban los hachazos con los que lo habían destrozado; pues también a él le vi meter dentro del fogón.
Teníamos unos porteros maravillosos, la madre, ya mayor, era la Sra. Isidra, mujer lista y respetuosos con todos; leía mucho, no hacía otra cosa, antes de entregar el periódico a las vecinas los repasaba bien; las hijas, ya muy mayores, se ocupaban de la casa y de trabajar fuera.
La Sra. Isidra no faltaba del chiscón hasta que cerraba; en él comían y cenaban; pasaban con el braserito el invierno y con su pay-pay y el botijo el verano. Los hijos, hombres también ya con hijos mozos, eran, como su madre viuda y sus hermanas, de ideas avanzadas, de izquierdas; lo natural en la clase obrera, pero con deseos de que sus verdaderos talentos naturales no se perdieran en sus nietos, y fuesen como hoy lo son, un estupendo Ingeniero de Caminos y una Doctora muy destacada en Madrid Con el entusiasmo de sus ideas fueron todos voluntarios al frente. Por cierto que a uno de ellos y a su hijo de 17 años los mataron muy pronto en uno de los sitios más peligrosos.
En la casa había de todo, obreros, militares, gentes de derechas o de izquierdas. Para la Sra. Isidra y sus hijas éramos todos los mismos, y con nosotros fueron verdaderos ángeles que salvaron la vida de mi padre.
No quiero que se me olvide deciros que la abuela, lo primero que pidió a su hermano, ya para nosotros santo, fue que pidiese al Señor que salvase a nuestro padre que tanto le quería, y no permitiera que fuera detenido. Y… ¿cómo no?, vimos varias veces como se salvaba de forma que parecía milagrosa.
Una mañana, al volver mi madre del Colegio, la Sra. Isidra la llamó y le dijo que habían venido varias veces a buscar a Dn. José, que ella les había engañado diciendo siempre que no estaba, pero que le aconsejaba que se escondiera, pues pensaban volver.
De Zarza, el pueblo del abuelo, por un amigo también tuvimos malas noticias. Habían dado “el paseo”, así lo llamaban, a todos los hombres de la familia menos al tío Perico, que después de arrestarle le dejaron en el campo, y llegó andando a su casa a las cuatro de la mañana; también, la única mujer que mataron era prima hermana de mi padre. Era guapísima, tenía dos hijos, uno de 24 años jefe de Falange, y otro de 18; los fueron fusilando antes que a ella, para que “los viera”, luego la encontraron desnuda junto a sus hijos. La verdad, hijos míos, que siento tener que contaros estas atrocidades, pero fue lo que yo en esta zona vi, al mismo tiempo os repito una y mil veces que en la otra ocurría igual; desde que vivo en Burgos me entero de crímenes de idéntico o parecido estilo. Por si era poco, una mañana vino mi padre, que no sabíamos dónde esconderle, con la noticia de que había salido su nombre en el Boletín Oficial, destituido de empleo y sueldo. Se sabía que las listas negras se nutrían de las destituciones, por lo general, una vez publicados los nombres, les iban a buscar con orden de detención.
El ambiente en las calles de Madrid, de estos primeros momentos, no puede olvidarse. Camiones llenos, arracimados de hombres casi niños y otros casi ancianos, que sin uniforme alguno marchaban voluntarios y cantaban canciones de guerra o de muerte. Madrid hervía de entusiasmo junto a diversas banderas, pero que unidas pronto formarían “El Frente Popular”. Las tiendas se iban quedando vacías, no había aun cartillas de racionamiento, y todo era a base de colas.
Por las noches, empezaron a sonar las sirenas cuando todos dormíamos. Se avisaba a la población de la presencia de aviones enemigos que venían a bombardear Madrid. Había orden de bajar a los refugios que, por lo general era el “metro”. Al anochecer se veían matrimonios jóvenes con niños que con un colchón iban a dormir a los andenes. En casa hay un sótano, y ahí bajábamos los vecinos, hasta que nuevamente, las sirenas, nos anunciaban que ya había pasado el peligro. Mi madre, a la hora de acostarnos insistía mucho en que dejáramos la ropa lo mejor preparada posible, para que en el momento de sonar las sirenas, pudiéramos vestirnos sin luz, y con la mayor rapidez. En todo Madrid, durante los bombardeos no se veía ni una sola bombilla. Los mayores ayudábamos a vestirse a los pequeños, y todos corríamos al sótano cuando, a veces, ya se oían los estallidos de las bombas. Afortunadamente en aquellos días Argüelles no fue castigada como lo fue más tarde con los obuses, desde la Ciudad Universitaria, pero, para entonces, ya no estaríamos allí.
Las primeras noches bajaba aterrada, pensando quedar sepultada bajo los escombros, en el mejor de los casos. ¡Pero qué cosas, hijos, tiene la edad! Éramos en la casa un grupo de chicos y chicas cuyos años venían a ser muy parecidos, entonces no había tanta costumbre de alternar y salir en pandillas, así que pronto encontramos en las sirenas un medio de pasar todos juntos buenos ratos. Mientras, los señores mayores hablaban y disentían de sus cosas; no debía faltar tema, nosotros, sentados en el suelo, jugábamos a las prendas, contábamos chistes o cosas por el estilo. En el sótano sí teníamos encendida la luz; no podía verse desde la calle. Tanto es así que al despertar por la mañana y ver que no había habido visita aérea, parece ser que lo sentía. ¡Juventud, divina inconsciencia!
Y basta por hoy hijitos. Repito, a…...............................
Con todo mi cariño, vuestra
Madre
CARTA XIV
Burgos 30- 3-
1.985
Queridos
hijos: Ya sé que seguís bien……………………… ……………………………………………………………………………….
Algunos
días tengo pereza de seguir con mis relatos de guerra, pero os prometí hacerlo
y, con la ayuda de Dios lo cumpliré, aunque sea poco a poco.
En mi última carta os decía que estábamos
en Madrid. La abuela había reanudado sus clases, ahora era ella sola la que
tenía que ganar para vivir todos. Dios la hizo fuerte en el cuerpo y en el
espíritu. Ni un solo momento la vi deprimida. Su grupo escolar se llamaba
entonces Pi Margal, estaba en la plaza del Dos de Mayo; era un Colegio
precioso, amplio, de grandes ventanales, bien organizado, un poco lejos de
casa; tuvo el capricho o el orgullo de ser profesora en él 44 años. Muchas veces
decía: “No creo que en el camino haya
una piedra en la que no tenga puesto el pie”.
Su clase era la cuarta.
Con cariño, y orgullo también, recuerdo como al pasar muchas madres la
esperaban – como ahora el autobús -; la abuela tan sencilla y cariñosa, se
encargaba de sus niñas, y cuando iba por Monteleón ya llevaba junto a ella
media clase. Dñª Isabel era querida y respetada como una excelente Maestra en
todo el barrio de Malasaña.
Tía Vicen y yo nos íbamos imponiendo
en la casa, pero todavía mi madre, al venir de clase, terminaba de preparar lo
que nosotras habíamos logrado encontrar en la plaza. Todo eran colas; muchas
veces nos llevábamos a tía Isabelita para que de esa forma nos dieran algo más,
pues no funcionaban aun las cartillas de racionamiento… y en casa éramos tantos
y tan pequeños que todo lo que llevábamos era poco.
El abuelo callaba, se la veía sufrir, casi
no salía, y cuando lo hacía era siempre para buscar donde esconderse. Sus
mismos y antiguos compañeros constantemente le avisaban de que no tardarían en
detenerle; lo iban haciendo con las personas que figuraban en las lista de los
depurados. Tenía que quedarse en casa. ¿Pero cómo? Salir de Madrid era poco
menos que imposible, estaba todo vigilado. Esconderse… ¿dónde? ¿a quién
comprometer con su presencia? Sus amigos y parientes lejanos estaban en iguales
o parecidas circunstancias.
Aquí fue donde vimos que el tío Cristino hacía su primer milagro. Se lo había
pedido su hermana llena de dolor.
Estábamos a primeros de octubre, la fecha creo que no la supe nunca. Una mañana
muy temprano subió Remedios, una de las hijas de la Srª Isidra, que era la que
se encargaba de limpiar la escalera; venía muy alarmada; nos dijo que unos
milicianos le habían pedido no cerrase esa misma noche el portal, porque iban a
venir a detener a D. José Aragón; que de ningún modo durmiese en casa; como
estos hombres eran conocidos y camaradas suyos, nunca pudieron pensar que iba a
ponernos sobre aviso. Dios les pagó, estoy segura, tanto bien como nos
hicieron, y mis padres, después de la guerra, también.
Podéis imaginaros, hijos, la angustia que
nuevamente nos invadía.
Esa misma tarde,
serían las cuatro, cuando desde el balcón del comedor vi venir a la abuela muy
deprisa, me extrañó, no era la hora de salir de clase; pasé corriendo a
decírselo a mi padre.
Una vez en casa nos abrazó llorando y riendo
a la vez:
“Pepe –
dijo -, pronto, nos vamos a Valencia, traigo para ti un salvoconducto, vienes
como agregado a una Guardería del Socorro Rojo… y enseguida nos mandó meter en
las maletas lo más imprescindible, pues el tren salía a las seis de la estación
del Mediodía.
Había sucedido lo siguiente; nada más llegar
al Colegio mi madre, le dijeron que en el Despacho la esperaba su Inspector
Jefe, D. Alejandro Casona. Este señor le rogó se hiciera cargo como Directora,
de una expedición de cincuenta niños y niñas que patrocinaba el “Socorro Rojo”.
Eran todos hijos de combatientes que luchaban voluntarios en los frentes, con
verdadero valor y entusiasmo.
Esos niños constituían un tesoro, y era
un deber el cuidarlos y, sobre todo, el alejarlos del infierno en que se estaba
convirtiendo Madrid.
D. Alejandro siguió hablando; lo había
pensado mucho, pero era ella la Profesora idónea para encargarse de dicha
expedición. Su edad – debía tener cuarenta y dos años, sus seis hijos de edades
parecidas, su excepcional vocación, su amor a los niños y, sobre todo, el que
dominaba el maravilloso arte del buen pedagogo, saber hacerse respetar. La
conocía bien, era ella la más indicada, incluyendo las profesoras de
párvulos.
Ya sabía
Casona, permitirme el inciso, “A los hombres grandes se les llama de tú”, dijo
Cervantes, repito, ya sabía Casona las ideas políticas de mis padres y lo
acaecido con la reciente muerte del tío Cristino, pero no le importó; conocía
también a D.ª. Isabel Gaviña, su recta conciencia profesional, su vocación extraordinaria
y, sobre todo, estaba seguro, como así fue, que esos hijos un tanto abandonados
por la lucha actual, iban a encontrar una nueva madre con un amor inmenso.
La abuela,
llorando, no pudo responder más que una cosa:
“D.
Alejandro – dijo -, ya sabe que mi marido ha sido destituido, me han dicho que
esta misma noche van a detenerle. Yo no puedo abandonarle en Madrid”.
Este
hombre, al que Dios habrá colmado de felicidad en el Cielo, cogió la pluma y
entregó a mi madre el salvoconducto y el
cargo de agregado de la Guardería que ella iba a Dirigir, a nombre de D.
José Aragón Vellisca.
Juan
Carlos, Pepe Luis, no podéis imaginar nunca, lo mucho que he sentido que al
venir del exilio D. Alejandro, y antes de morir, no fuésemos los seis hermanos
a decirle: “Gracias a Vd. y a su confianza en ellos, nuestros padres han vivido
más de 90 años”.
Ya sé que
le conocéis, ¿quién no?, pero quiero insistir, D. Alejandro era, y es – esos
hombres no mueren -, un gran Pedagogo, un escritor, un dramaturgo, que ha
dejado en sus obras su alma clara, llena de amor; él no sabía de enemigos, ni
de venganzas. No tuvo hijos, pero los niños llenaron su corazón, como tantas
otras cosas que él creyó justas; un ser sensible, un poeta; las obras suyas que
yo conozco no están en verso, pero no importa, sus palabras, al pronunciarlas,
cantan solas.
Podéis
imaginar lo que sentimos al pensar, que el abuelo no estaría ya en casa cuando por la noche vinieran a
buscarle.
Ya, sí que
no sé cómo llegamos a la estación la familia numerosa; pero cuando quiero imaginar-melo,
siento que me emociono. Debe ser la edad, por todo lloro.
El tren
estaba ya formado. Muchos niños con sus familias nos esperaban en el andén.
Un vagón
había sido reservado con una pancarta que decía: “Socorro Rojo Infantil”.
Nada más
subir había ya unas señoras esperando, que saludaron a mi madre con el puño en
alto con el consabido: “Salud Camarada”. Enseguida, y mediante una lista que
llevaba la abuela, empezaron a subir al vagón niños y niñas. Los había de todas
las edades. Los mayores eran como yo, algunos
tenían unos meses más, otros pequeños, muy pequeños. Con verdadero
cariño, yo diría con mimo, éramos tratados todos. Empezaron a regalarnos gorros
y gorras muy bonitas, pañuelos rojos, que anudábamos al cuello, insignias con
“la Hoz y el Martillo” y un paquetito esmeradamente preparado ¡con la merienda!
Yo, la verdad, no sé si creía que todo
aquello era un sueño o, más bien, me parece que sentía miedo. No sé; aquel
cambio tan radical en tan poco tiempo, ha quedado muy confuso en mi memoria.
Acompañando
a mi madre, venía otro profesor, D. Ángel, un señor de unos 45 años, soltero y
muy cariñoso con los niños; guardo de él un buen recuerdo.
Íbamos
primero a Cuenca, entonces el ferrocarril no pasaba de allí; en dicha ciudad,
nos esperaba un autobús que nos llevaría a la Ciudad del Turia.
Como ya
estaba acostumbrada a los viajes en tales circunstancias, no me sorprendió ver
subir y bajar milicianos armados, pidiendo salvoconductos y documentos; se los
pedían también una y otra vez a las personas que se movían por los andenes;
pero lo que sí me extrañó es que ya habían pasado quince minutos de las seis y
el tren no se movía. A los milicianos se les veía muy inquietos, varias veces
sacó mi padre el papel firmado por D. Alejandro; lo leían, le miraban y se
iban. Pero el tiempo pasaba y el tren seguía quieto. Era seguro, buscaban a
alguien, tal vez en otros vagones…os prometo que yo no dejé de mirar al abuelo,
llegué a verle con una cara lívida, casi cadavérica; por fin, y dos horas después
de la prevista, a las ocho, tras un arranque un tanto violento, el tren se puso
en marcha. ¡Estábamos abandonando Madrid!
Mi padre se
sentó; no me cabía duda, los dos a la vez, en silencio, dábamos gracias a Dios.
Hijos míos,
me he extendido demasiado… Ya sabéis que algunas tardes las paso con Mary Tere
en la farmacia………………………………………………………………….A mis nietos José Luis y Elenita muchos
besos.
Os abraza
muy fuerte vuestra
Madre
CARTA XV
Burgos 8- 4- 1.985
Mis queridos
hijos: Otra vea con vosotros.
Me alegró
mucho………………………………………………..
....................................................................................
Hoy sí
que cojo la pluma la mar de contenta.
Dicen, y es bien cierto, que “recordar es volver a vivir”, y esta vez, lo que
voy a volver a vivir es maravilloso; aún después de 54 años me parece un sueño;
tal vez no haya tenido otro igual. Miento, no hace mucho he soñado con vuestro
padre que me llenaba de cariño; este fue mucho mejor.
De todos
modos vuelvo a confesaros que yo todavía sentía miedo. Nos encontrábamos como
engañando a la gente, ocupando un lugar que por nuestras ideas no nos
pertenecía, y lo cierto es que nosotros, mis padres, no habían hecho nada para
lograrlo, no hubo engaño alguno, ocurría todo tal y como D. Alejandro había
dispuesto.
Bueno, pues
sigamos con el tren y con la “Guardería Infantil del Socorro Rojo”.
Ya cuando
salíamos de Madrid estaba anocheciendo. ¡Qué cosas se fijan en la memoria…! Veo
hoy perfectamente como los coches en las proximidades de la estación cambiaban
de agujas, entre una luz un tanto oscura.
Al llegar a
Cuenca, no sé la hora, pero serían más de las 11, los niños pequeños iban
dormidos, ¡algunos lloraban, llamando a sus madres! Las chicas mayores los
cogíamos en brazos y los acunábamos No sé si os dije que venían algunos menores
de dos años.
Parece que
estoy viendo a mi predilecto, también se llamaba José Luis, como tú y papá. Era
rubito, de ojos muy azules, gordinflón y tranquilo, pero en su primera noche
sin su mamá, sin conocernos a nadie, le teníamos asustado y no dejaba de
llorar. La abuela no se sentaba un momento. Una buena Maestra no debe tener
silla; su trabajo es casi un Ministerio.
En la estación
nos esperaba el Inspector, Sr. ¿?, varías personalidades y otros Camaradas del
Socorro Rojo de la Ciudad Encantada.
Hablaron
con mi madre y acordaron pernoctar allí, y, al otro día continuaríamos en el
coche hasta Valencia. Para los niños era ya muy tarde; todo se debía a las dos
horas de retraso con que salimos de Madrid.
Nos
llevaron a un chalet grande y precioso del Marqués de Cavanas. Estaba entonces
deshabitado, aunque perfectamente amueblado con gusto y verdadero lujo.
Creo que
tenía dos pisos y unos desvanes. Desde el “holl” muy espacioso que, al
anochecer sería nuestro cuarto de estar, partía una escalera amplia,
perfectamente alfombrada, que subía al piso superior. Abajo los servicios, la
cocina, varias salas y salones que ¿? para comedor. Arriba estaban los
dormitorios, eran muchos y en ellos cabían hasta cuatro camas; también me
parece que había un gran despacho. Me diríais, si no lo supierais, que cómo en
una noche pude conocerlo tan bien; es que no fue una noche lo que allí pasamos,
fueron muchas, como ya os contaré.
Al balcón
central de la fachada pertenecía la habitación que habían asignado a mis
padres, y que nos pareció que había sido preparada especial-mente para toda la familia. Una cama de matrimonio,
dos camitas pequeñas y una cuna. El reparto fue fácil, tía Vicen y tía
Isabelita en una, Pepín y yo en la otra, tía Amparito con los abuelos y tía
Lolita, con un muñeco precioso, en su cuna dorada de marquesita.
Cuando
después de cenar opíparamente, nos vimos todos juntos bien encerrados, nuestra alegría era tal que no dejábamos de
rezar y de ver, de forma palpable, que el tío Cristino empezaba desde el Cielo
a cuidar de nosotros.
El abuelo,
como siempre, seguía activísimo. No podía dar clase ni cobraba un céntimo,
seguía destituido, pero se le veía contento con su mujer y sus seis hijos. Por
la noche subía el agua al depósito con una bomba, y de esa forma, al
levantarnos teníamos agua para lavabos y las duchas; partía leña para el fuego
y, cuando pudo, guardó y enterró candelabros de plata, fotos familiares y cosas
de valor, con la idea de que, acabada la guerra, poder devolvérselos al Sr. Marqués, que por cierto
no le dio ni las gracias.
Yo me
encontraba feliz. La vida en aquel rincón aislado de todo, sin periódicos, ni
radio, parecía de otra galaxia. El otoño, aquel año, fue delicioso. Días
soleados y tibios nos permitían pasar horas enteras al aire libre en el jardín.
Me hacían repasar tercero, pero había tiempo para todo.
Empecé a
redactar ¿? Cuentos para representarlos con los mayores. Hacíamos trajes de
hadas, de príncipes y de princesas, de papel y con las cosas que encontrábamos
en el desván. Al anochecer, antes de cenar, eran los ensayos. Las comidas
excelentes; todos los sábados venía el camión cargado con verdaderos manjares
para toda la semana. ¡Qué paellas los domingos! En fin, después de los meses
pasados, parecía imposible tanta felicidad.
Por si era
poco, en una habitación muy coquetona, pintada de rosa y con cortinas
floreadas, encontré, o descubrí, una muy abundante biblioteca. Muchos días,
mientras el abuelo me creía “machacando” el más que sabido tercero, yo leía y
leía sin parar, sentada junto a un surtidor que había en el jardín, mientras
que el sol no dejaba de acariciarnos.
¿Quién
podía ambicionar más? De guerra ni se hablaba ni se notaba en parte alguna;
durante el tiempo que viví allí, unos dos años, Cuenca fue muy poco castigada,
apenas unos esporádicos bombardeos hicieron acto de presencia.
Nos
llevaron en autocar a visitar la ciudad. Me gustó mucho. Sus calles estrechas y
empinadas, sus escaleras en la calle del Agua… todo el casco antiguo me pareció
precioso y acogedor, creo que desde entonces empecé a desear vivir fuera de las
ciudades grandes.
Nos
despertaron pronto. Llamaron insistentemente en la puerta de la habitación.
Traían un telegrama ya abierto; mi padre, mi madre y yo saltamos de la cama
para conocer su contenido. Venía de Valencia; era muy escueto: “No se muevan,
el barco zarpó”. Mi madre solo pudo decir extrañada:
-“¿El
barco…?”
-“Sí, Vds.
iban a Rusia”, fue toda la contestación del señor que teníamos delante.
Cuando he
referido a mis hermanos, entonces muy pequeños, este pasaje tan interesante, me
dicen que no oyeron nunca a nuestros padres comentarlo, y es cierto, pero
también lo es lo que os he comentado; es que ya no vivían para avalarme.
Muchas
veces he pensado, si esto de ir a Rusia estaba ya previsto desde Madrid y D.
Alejandro no quiso decírselo a los abuelos, o si es que hubo alguna confusión.
De todas formas, si lo sabía, él creería que nuestra estancia, en tan lejanas
tierras, sería solo mientras durase la guerra en España.
No
obstante, pienso, siempre que oigo hablar de los ya viejos españoles que aún
viven allí con sus familias formadas y demás, que solo por dos horas de retraso
con que salió el tren de Madrid, no fuimos también nosotros los niños que les acompañaron.
Mis padres
reaccionaron rápidamente y pronto nos encontramos en el comedor para desayunar;
teníamos para cada uno chocolate con churros, bollos y un buen vaso de leche.
Todos la mar de contentos ante tamaño festín, aplaudimos mucho y devoramos
entusiasmados cuanto había.
Enseguida
empezaron las clases. La abuela no paraba un momento. Terminadas éstas, se
ocupaba del ropero; allí, ante la máquina de coser, arreglaba vestidos y camisas,
echaba piezas en los pantalones o hacía de un babi grande dos pequeños.
Vigilaba a los enfermos con sus achaques infantiles e indigestiones, era una
Profesora y una madre. Pronto los niños la empezaron a querer tanto que, una
vez acabada la guerra, muchos de ellos no dejaron de visitarla, incluso ya
casados. (Nota: Yo, Pepe Luis, que tantos periodos de mi vida tuve la suerte de
pasar con mis abuelos, conocí a alguno de ellos, recuerdo particularmente a
“Ponce”). Bueno, los mayores ayudábamos en todo. Lavábamos o vestíamos a los
pequeños, les dábamos de comer, jugábamos con ellos y les ayudábamos en sus
deberes.
Otra tarde,
un autocar nos paseó por el campo maravilloso de las Hoces del río. El momento
no podía ser mejor; ya estaba bien metido el otoño; el colorido era ideal, y a
mis pocos años hubiera querido saber grabar tanta belleza. Los dorados
brillantes, los ocres, el tostado de sus hojas medio secas, el amarillo más
pálido de otra muchas; de verdad que todo aquello me impresionó profundamente. Yo
no conocía otros paisajes que los serranos de Madrid y los árido y secos
manchegos de Castilla. Os vuelvo a repetir, me sentía completamente feliz. Creo
que, en mi egoísmo, no pensaba que había guerra; allí a los niños se les
ocultaba todo dolor.
Pero, como no, estas cosas no pueden durar
mucho tiempo, y así fue.
Recordé que
Palacio Valdés titulaba su primer capítulo, de una casi autobiografía novelada,
con estas palabras: “Adán sale del Paraíso”. Se refería al momento de dejar los
verdes prados de Asturias para ir a Madrid a estudiar Derecho.
De igual
forma podría yo también, sustituyendo Adán por Eva, decir que “El Paraíso había
terminado”.
Hijos míos,
en la Guardería se recibió otra orden que vino a cambiarlo todo. Habían venido
varios grupos escolares de Madrid y acordaron reunirlos en lo que había sido el
seminario de los Paules, junto al puente de San Pablo, frente a las Casas
Colgadas. Aquello, no cabía duda, iba a ser peor; nos reuniríamos más de 400
niños, con los consabidos profesores… pero eso no era todo lo malo, lo
verdaderamente peligroso es que, entre los Grupos que llegaban venía también el
del abuelo, el llamado “Carmen Rojo”, de la calle Fernando el Católico, esquina
Vallehermoso. Era imposible que mi padre fuese allí. Los alumnos le conocían,
sabían que había sido destituido por ser muy religioso, por ser un “carca”, esa
fue la explicación que les dieron al notar los niños que ya no iba a clase D.
José.
¿Qué hacer?
Acordaron buscar una habitación realquilada, donde vivir los tres pequeños, mi
padre y yo. Ya estaba acostumbrada a cambios imprevistos, así que otro no me
asustó, y en poco más de dos o tres días estuvo resuelto. Aún sin cumplir los
15 años ya estaba hecha toda una ama de casa, aún sin casa y con tres niños,
sin saber cocinar y sin apenas pan ni viandas… pero en aquellas edades no se
ven los inconvenientes; yo era la mayor, así que era la más indicada para
resolver el nuevo problema, y sin pensarlo, me
puse al frente de todo la mar de contenta.
Yo sigo
mejor, procuro…………………………………………….
………………………………………………………………………………..
Hasta
pronto, con besos y el cariño de vuestra
Madre
CARTA XVI
Burgos 17- 4 - 1.985
Mis
queridos hijos: Cuando os escribo la verdad es que no tengo mucho que deciros, ya que hablo con
vosotros con frecuencia, pero pedíais que os dejase escrito como viví los años
de mi adolescencia tan llenos de cosas, hoy poco corrientes, y esto me obliga a
coger la pluma. Sólo no me canso de pediros que luchéis por la paz, pues la
falta de amor no puede traer más que lo que entonces hubo, odio, venganza y
muerte en ambos lados, yo, entonces, solo veía una cosa, y es la que os cuento;
luego he conocido mucho de lo que hubo en la otra zona.
Pues bueno,
voy a seguir con el nuevo, y no último cambio de domicilio; nuestra estancia en
Cuenca.
Ya sabéis
que el abuelo era de Zarza de Tajo, cerca de Tarancón, por ello en la Capital,
fue fácil encontrar personas conocidas e, incluso, familiares lejanos pero de
las mismas ideas que ellos y que por ello no iban a delatar al abuelo, cosa de
lo más frecuente entonces, así que vimos como favor del Cielo el que unas
primas o parientes que vivían solteras con su padre ya mayor, nos alquilasen
una habitación con derecho a cocina.
Cuenca fue
casi toda la guerra un lugar bastante tranquilo y por ello estaba lleno de
evacuados, de otras ciudades más castigadas.
La casa
estaba situada en la parte alta, la más antigua y de mayor sabor, a mí me gustó
desde el primer momento, era todo distinto a lo que yo conocía.
También me
parece que sabéis como se llamaban, Mª Teresa la mayor, Amalia y Antonia.
Entonces me parecieron mayores, pero no lo eran, entre treinta y veintitantos
años debían de tener cuando las conocí allí. La noche que salimos del Chalet
del Marqués de Cavanas, tuvimos que pasarla en casa de otros zarceños que
vivían cerca de Carretería; al día siguiente en una furgoneta ellos mismos nos
subieron a casa de las primas. La buena familia que nos acogió esa noche, tenía
la casa llena; a más de ser personas mayores con muchas ocupaciones, vivían con
ellos evacuados de Teruel, así que en una habitación echaron dos colchones al
suelo y unas mantas, yo al menos dormí a pierna suelta. Antes de nada, como mi
padre acostumbró toda su vida, los cinco de rodillas dimos gracias a Dios.
Habíamos cenado bien y estábamos recogidos con personas cariñosas. Siempre que
los veía en mis callejeos procuraba saludarles con verdadera simpatía; fue
aquella noche que nuestra familia se separaba y no por poco tiempo.
Al llegar a
la nueva casa nos recibió Mª Teresa, nos ayudó a subir los bultos y le hizo
mucha gracia tía Lolita tan chiquitita y tan mona. Antes de presentaros a las
primas os quisiera explicar cómo era la casa, pues no se trataba de un piso, ni
mucho menos. Era, y creo que aún es, de una forma muy rara.
Nada más
abrir la puerta con llamador había una trampilla de madera por donde se bajaba
a una especie de cueva donde se guardaba leña y otras cosas, cajones, sillas
viejas y qué se yo cuantos cachivaches. Quiero extenderme en estos pormenores
pues os serán muy necesarios en los dos años que tendré que resumir en mis
cartas próximas.
Subíamos un
tramo de escalera y en el primer descansillo había dos puertas; en una estaba
la sala al estilo antiguo y dentro un dormitorio pequeño en el que dormía el
tío Jesús. De este señor, como de las primas yo no había oído hablar de ellos,
pues ya os dije que eran parientes lejanos del abuelo; pues bien, este señor
trabajaba como vigilante nocturno en el mejor Hotel de la ciudad; cuando subía
por las mañanas solía traer un taleguito negro lleno de restos de comida, y
pan. Muchas veces nos daba algo para desayunar, aumentando así la pequeña
ración a la que había que sujetarse. En la otra puerta estaba la que iba a ser
nuestro dormitorio. Había una cama grande antigua negra y dorada, en ella se
acostaban mi padre y los niños, muchas noches al ver tantas cabecitas juntas,
me recordaba al cuento de Pulgarcito y sus hermanos, tal y como nos lo
dibujaban durmiendo en casa del ogro, claro que sin ogro. Yo me encontraba
bien, nada me preocupaba fuera de poder comer, lo que fuese, y estar con mi
padre y mis hermanos calentita junto a la estufa.
Bueno, ya
se me olvidaba deciros que para mí había una especie de camita o banco muy
estrecho, pero suficiente; entonces no conocía yo el insomnio y luego… ni eso.
Sigo con la
descripción de la casa. En el segundo descansillo había también dos puertas, en una el comedor
y dentro el dormitorio de mis prima, en la otra la cocina y un retrete con
ventanuco a la calle, sin cristal. La cocina tenía la clásica campana para leña
y un fogón de carbón, a mí me dieron algo que ya no he vuelto a ver, era de
hoja de lata, portátil y para que funcionase y no se apagase el carbón, era
preciso estar soplando a todas horas; cuando lo recuerdo no dejo de pensar que
harían hoy las mujeres acostumbradas a las maravillosas cocinas que
disfrutamos. En el medio estaba una estufa que era el centro del hogar, ya que
todos nos apiñábamos a su alrededor, cuando teníamos leña, cosa que no siempre
se lograba.
Seguía la
escalera dos tramos más, en el tercero digamos podía ser otra vivienda ya que a
más de las dos consabidas habitaciones de los pisos anteriores había otra
cocina, en él me dijeron vivía otra prima viuda con dos hijos, pero que iba y
venía al pueblo y de esa forma parecía ese piso no habitado. En el último
descansillo de la escalera se hallaba un camarón, con un balconcillo corrido
desde el que se veía toda la ciudad; allí tenían unas gallinas, palomas y hasta
dos jaulas de conejos. A él subía a tender la ropa casi a diario pues los
pequeños se ensuciaban mucho.
Comprendo que digáis, hijos míos, que os
resulta pesada tan detallada descripción, pero de lo contrario no entenderíais
los acontecimientos que vinieron después, tan complicados en esos años de
secretos y casi espionaje que siguieron.
Os voy a
dejar hoy un tanto intrigados. En mi próxima carta os prometo presentar a mis
otras dos primas y veréis como empecé a llevar la nueva casa y lo pronto que
encontré amistades y los modos de pasarlo la mar de contenta. Estábamos en
guerra pero no olvidéis que os hablo desde los 14 años y lo de Membrilla había
pasado.
Cuidaros
mucho, yo sigo bastante bien…………………… ……………………………………………………………………………….
Os abraza
muy fuerte vuestra
Madre
CARTA XVII
Burgos 30- 4 - 1.985
Queridos
hijos: Ya estoy nuevamente con vosotros y con mis andanzas por estas tierras
conquenses que entonces me olían a pino quemado y a frescos aires serranos. El
dolor que tanto sufrí los primeros meses iba siendo arropado por una vida
diferente, llena de actividad y de sorpresas. ¡Qué fácil se supera todo en
aquella edad!
Voy ante todo a presentaros a las primas. Yo jamás había oído hablar
de ellas, pues decían serlo muy lejanas, sin embargo vivimos como verdadera
familia aquellos dos años en que permanecimos juntos.
La mayor era Teresa, debía tener cerca de los cuarenta años; era
modista, pronto me pidió que la ayudase a sobrehilar y a rematar cosas
sencillas, tuve que aprender, pero me gustaba sentarme, en el muy avanzado
otoño, junto a la estufa, y charlar de cosas muy amenas. Era cariñosa y
agradecía mucho mis pocas ayudas; me daba cosas de comer, que siempre disponía
con el achaque de que su padre, el “tío Jesús” las traía de lo sobrante en el
Hotel.
Pronto se dio cuenta de que si
con la aguja no era muy habilidosa, con el lápiz podía serle la mar de útil. No
era fácil en aquellos días encontrar figurines; una tarde de las muchas que el
abuelo me permitió acompañarle a entregar o probar sus encargos, vimos en
Carretería un vestido muy bonito, nos fijamos y al llegar a casa se lo dibujé
con bastante exactitud; desde entonces, si lograba le prestaran un figurín, yo
era la encargada de copiar los modelos que me indicaba, en un cuaderno, y así
podían las clientes tener más cosas donde escoger.
Quería mucho a las pequeñas,
con tía Lolita se entretenía mucho enseñándola a cantar dado el oído tan
estupendo que la niña demostraba tener. Tía Amparito era más inquieta, pero
obediente y nada guerrera, el abuelo le proporcionaba tarea, copiar palabras
sueltas y dibujar; eso le encantaba y nos llenaba los papeles que yo traía de
la compra, todos de estraza, de casitas y de niños jugando al corro; era lo
poco que veían las pobres desde el balcón; también les hice unas muñecas con
trapos que me daba Teresa, y tía Amparito no la soltaba ni para irse a la
cama.
Teresa a más de su costura, llevaba y
ordenaba la casa, las otras dos hermanas
mucho más pequeñas, la obedecían y pedían su opinión para todo. Ahora la recuerdo como persona lista,
valiente y buena. A más de todo esto tenía un humor y una gracia especial para
reír y hacer reír. Un día el abuelo me dijo que
esa manera de ser tan guasona le venía de familia, pues en el pueblo de Zarza
tanto se las conocía a su madre como a
su abuela por estos atributos.
Bien lo comprobé un día cuando en la
casa dirigió e inventó un verdadero sainete que más tarde os contaré y que en
el fondo había mucho de tragedia. La prima número dos, se llamaba Amalia; yo la
encontraba como amargada, bordaba muy bien, y así pasaba la mayor parte del
día.
Una mañana encontré entre unos libros un recordatorio de su toma de
hábito, no sé de qué convento. Nada me hablaron de ello, ni yo pregunté, así
que no sé si se había salido voluntariamente o si se debía a las circunstancias
de la guerra; era alta, delgada y tenía un cutis muy feo. Esta segunda prima
apenas me hacía caso, ni a mí ni a los niños.
La tercera se llamaba Antonia, era la más
guapa; alegre, animada, nunca la vi preocupada a pesar de tener tantos
problemas como luego supe. Lucharon durante toda la guerra, con verdadero valor,
casi heroico, trabajando sin descanso y privándose de muchos alimentos para salvar
a otros como luego supe. También se ocupaba de la casa, de las colas y de
aprender a escribir a máquina. Decía que al terminar la guerra se colocaría de
secretaria, como así fue.
Al principio me fue muy simpática y como
otras cosas son recíprocas, yo a ella también; después las cosas cambiaron y me
hizo pasar malos ratos. Terminé siendo su rival, y lo cierto es que yo ni me
esteré hasta última hora, después de una escena espantosa de celos, que yo creí
absurda dada mi poca edad y mi desconocimiento total del que ella tomaba como
su prometido. La verdad es que bien se merecía serlo.
Desde el primer día por la mañana, después de
preparar el desayuno y arreglar la habitación, yo salía en busca de cosas de
comer; aun teniendo cartilla de racionamiento había que hacer colas
interminables, y muchas veces se acababan los artículos y no te tocaba nada. El
abuelo se encargaba de dar de comer a las niñas (Nota del transcriptor: Si en
este caso solo hace referencia a las hermanas, debe ser porque mi tío Pepín
estaba, en esos días, en la “Guardería” con mi Abuela) , con su santa paciencia
de siempre; él no convenía que saliera mucho a la calle, no fuera que le
pidieran los documentos y el carnet.
En las colas había encontrado una forma
sencilla y práctica; me ofrecía en los puestos del mercado para ayudar a traer
y llevar cajas de patatas o lo que fuese, por lo general aceptaban mis
servicios y después me servían generosamente. De esta forma tenía asegurada la
compra y me sobraba tiempo, para llegar a Carretería y ver lo animada que
estaba de soldados que venían del frente unos días de descanso.
Así conocía a mi amiga Maruja; era también
de Madrid y andaba con sus hermanos pequeños en casa de su abuela, habían ido
huyendo también de los bombardeos y los obuses. Empezamos a conocer chicos
estudiantes, ella había cursado segundo y había empezado a asistir a bailes y
guateques. Nos hicimos madrinas de varios soldados, éstos nos pedían una foto y
que les escribiéramos y les mandáramos alguna cajetilla o alguna bufanda. Luego
no los volvíamos a ver en la vida, pero nosotras sí cumplíamos con nuestros
sagrados compromisos. Recuerdo que las dos, al mismo tiempo, nos enamoramos
perdidamente de un tal Clapés; era mayor, ¿? alto, de cara nos pareció William
Powell, pero nada de eso nos interesaba; todo el amor era debido a que en
varios festivales le vimos unas ¿? con su violín, y las dos como embrujadas por
el flautista de Hamelin le seguíamos en el momento en que le veíamos aparecer
en el ir y venir de la calle y única carretera. Al llegar a casa y ver mi padre la bolsa
llena de cosas de comer no se preocupaba de preguntarme por mi tardanza. Tanto Maruja como yo no podíamos asistir
al Instituto, pero nos consideraban como compañeras y hasta contaron conmigo
para poner en escena con fines benéficos la obra del tan querido Casona “Nuestra
Natacha”.
Yo hacía un papel muy bonito,
Flora, la estudiante de Filosofía que se enamoraba de un chico biólogo la mar
de despistado, siendo ella la que lleva
toda la iniciativa amorosa. Resultó la mar de bien, y ya me consideraban una
más de la F.U.E. Yo pertenecía al Socorro Rojo de Madrid, eso ya era una
garantía, y en nuestras reuniones, siempre para ensayar, jamás se tocó el
factor político, ni la marcha de la guerra.
En
casa y sobre todo en la cocina me defendía bien. Aprendía cosas que os
parecerán inverosímiles: Un cocido sin carne ni tocino, sin otra cosa que
garbanzos puestos a cocer con una cebolla grande y al tiempo de echar la patata
se freía un ajo, se echaba al puchero con un poco de polvos amarillos y la sal.
Al rato se sacaba el caldo y se hacía la sopa con un poco de pan y luego el
resto; ¡nos parecía tan rico! La tortilla de patata sin huevo, era de lo más
original; se hervían las patatas con sal, se hacía una mezcla de agua y harina,
con los polvillos amarillos y unidos todos los ingredientes en la sartén se les
daba la forma de la tan célebre y española receta culinaria. El café se
sustituyó por cebada tostada que, una vez hervida, también nos resultaba
estupendo para el desayuno. A veces con la cartilla recibíamos un chocolate que
parecía tierra, ese se guardaba solo para los niños, los pobres lo celebraban
dando palmadas.
Pero hijos, la abuela en la Guardería,
procuraba recoger de las sobras pan, huevos duros, leche en polvo y hasta algún
bote de carne rusa, tan sabrosa a mi entonces paladar, que jamás probé cosa
parecida. Ahora estoy segura que era mucho debido a lo pobre de nuestros menús
caseros.
Os
dejo por hoy; en la próxima os contaré las complicaciones que empecé a notar en
casa, y otras muchas más que me estaban ocultando, aunque el abuelo sí que
estaba enterado, y que al fin tuve que ser yo casi la protagonista de tantas
cosas muy serias como allí había, y de las que yo estaba de lo más
ignorante.
Juan Carlos me llama a menudo………………………………
………………………………………………………………………………..
Para todos
el cariño de vuestra
Madre
CARTA XVIII
Burgos 13- 5 - 1.985
Queridos
hijos: Mucho me alegran las salidas de…….
…estoy muy
ocupada, por la mañana escribo y recuerdo, y por la tarde pinto…ayer al
entregar “El Arco de Santa María”, una tinta china, la señora me encargó otro
de igual tamaño…………………………………. ……………………………………………………………………………….
Continuando
mi relato, seguiré con nuestra estancia en la Ciudad Encantada, durante el
primer año:
Muchas
tardes íbamos a la Guardería a ver a la abuela y a los hermanos, tío Pepín
pasaba temporadas allí y otras con nosotros.
Resultó que
al llegar el Grupo escolar del abuelo, el llamado “Carmen Rojo”, dio la
casualidad de no venir ningún niño de la clase de mi padre, y de no haber nadie
conocido, ya que los profesores encargados eran menos; total que por ese lado
no teníamos miedo a que nadie pudiera reconocerle como expulsado de su escuela
por sus ideas religiosas y derechistas.
La
Guardería estaba instalada en lo que había sido el seminario de los Paules,
frente a las célebres “Casas Colgadas”. El paisaje maravilloso y el edificio
muy propio para albergar a tantos niños y profesores como se llegaron a juntar,
pues acogieron a varios Centro Escolares.
La abuela
seguía trabajando sin descanso, se ocupaba del ropero, de vigilar a sus niños,
de sus enfermedades y de estar en contacto con las familias que habían quedado
en Madrid. Para ella no había más tiempos que para trabajar, no tenía descanso;
nunca la vi en recreo alguno; de un sitio pasaba a otro con su actividad
envidiable. De lo que sobraba en la cocina solía guardarnos algo, y mucho de su
mismo plato.
Para aquellos niños no hubo problemas
de alimentación, aunque nunca como los primeros meses en el hotel del Marqués
de Cavanas, que como os dije, era algo sorprenderle cuando llegaba el camión
los sábados cargado hasta los topes desde los pueblos cercanos. Aquí, en San
Pablo, así seguían llamando a la Guardería (era el nombre como se conocía en
Cuenca aquel lugar), se recibía mucha ayuda de Rusia. A más de prendas de
abrigo, mandaban margarina en latas de varios kilos, quesos, carnes en
conserva, leche en polvo y muchas cosas más. Los niño seguían siendo cuidados
cuanto se podía, dadas su edad y situación familiar. La ciudad continuaba
tranquila, se llenaba de soldados que venían unos días de descanso desde el
frente de Teruel, y lo animaban todo; los alimentos iban escaseando poco a
poco, pero nunca lo que debía estar ocurriendo en Madrid; yo, gracias a Dios,
nunca me acosté con hambre, aunque la dieta no fuese, lo que se dice, muy
nutritiva. Lo que sí recuerdo es que todo el mundo que sufría del estómago o
del hígado, se curaba rápidamente sin otro medicamento, y caso raro, hasta
muchos enfermos nerviosos, que a mi parecer ante una situación crítica tendrían
que empeorar, pues ellos mismos luchando por su sobrevivencia diaria, mejoraron
muchísimo, sin atreverse a decir que estaban curados.
En cuanto a los bombardeos, también fueron
pocos los que sufrió Cuenca. Recuerdo el primero y tal vez el peor, fue en el
casco de la ciudad. Era sobre medio día,
yo me encontraba en la cocina, junto al hornillo del carbón de encina y dándole
al soplillo para lograr que no se apagaran las escasas ascuas. En casa solo
estábamos tía Lolita y yo. Empezaron a moverse los cristales, oí claramente los
aviones enemigos y sonar, quizá un poco retrasadas, las sirenas para avisarnos
del peligro y la orden de acudir a los refugios. Me asusté mucho, retiré las
patatas de la lumbre y cogiendo a tía Lolita en brazos eché a correr cuesta
arriba, donde había una cueva enorme abierta en la roca; pero los altavoces
mandaron tirarnos al suelo, y así, a rastras, seguí subiendo la cuesta; yo
cubría con mi cuerpo a “mi niña”, os prometo que solo en ese momento pensé en
que no fuese a saltarle algo de metralla a ella, al mismo tiempo que lograr
alcanzar el refugio.
Entonces pensé
en el abuelo y en tía Amparito, que raras veces salían de casa. ¿Dónde les
habría cogido el bombardeo? En la guardería tenían rocas tremendas muy cerca
que hacían de refugio natural más eficiente. No me preocupé por ellos. No duró
mucho, y sobre las cuatro de la tarde estábamos los cuatro en casa la mar de
contentos.
Otro bombardeo, que fue prácticamente
solo en la estación, destruyó varios vagones, pero además mataron muchos burros
que pastaban tranquilamente en sus alrededores.
Al otro día en las carnicerías se repartió carne
fibrosa, durísima y dulce; mi padre no la probó y yo prometí no volver a hacerlo,
pues su sabor era de lo más desagradable.
También
tuvieron que suspender la proyección del estreno de “Tiempos Modernos” de
Charló. Nos hicieron salir de la sala despacio, y cuando el ruido de las
sirenas y las bombas cesó, volvimos a saborear las ¿? del film… ¡Qué diferencia
con los meses anteriores en Madrid!
En casa y con mis
amigos seguíamos igual; limpiaba la habitación alquilada, fregaba los suelos al
estilo de entonces, con estropajo de esparto, de rodillas y sin jabón. Y a
propósito de jabón; eso sí que era un gran problema, para muchas cosas usábamos
la greda, vosotros ni la habéis visto; es una especie de tierra pegajosa color
gris, que se saca de algunos desmontes y desengrasa mucho, ¡pero las ropas
blancas!... Era horrible, yo no podía de forma alguna lavar las sábanas en la
pila pequeña que allí solamente teníamos, ni dominar su tamaño, nunca he
tenido, ni tengo, fuerzas; la solución era el río, el Júcar pasaba cerca,
bajando por la puerta de San Juan. Los días buenos íbamos a pasarlos allí, de
esa manera me era más fácil y tendida la ropa al sol la regaba y la llevábamos
limpia a casa. Las niñas jugaban sobre la hierba y el abuelo me ayudaba con el
peso hasta casa.
Por
entonces fue a visitar la Guardería Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Era una
mujer de unos cuarenta y cuatro años, la misma edad que la abuela, peinaba moño
bajo, era fuerte, activa y muy trabajadora. Con mi madre se portó muy bien, la
abrazó la mar de cariñosa y agradeció cuanto hacía por aquellas criaturas
inocentes cuyos padres y madres morían en los frentes de batalla. Hicieron una
película jugando al corro con los niños y coincidió que mi madre daba la mano a
la célebre política internacional. Se marchó pronto, pero dejó un gran recuerdo
entre niños y mayores.
Yo en los ratos libres acompañaba a probar y entregar vestidos a los clientes
de Teresa, seguía frecuentando ensayos para festivales a beneficio de los
huérfanos de guerra u hospitales de sangre. Eran todos estudiantes de la F.U.E.
la mayoría, y otros de la C.N.T. o de la F.A.I. Me llevaba bien con todos, y en
verdad os prometo que sentía envidia de no poder asistir a sus clases. El
abuelo, como siempre incansable, me seguía hacer repasar el célebre tercero,
que aún hoy repito sin mirar los libros. Ya os voy a dejar por ahora, pero os
prometo que mis próximas cartas, van a ser la mar de movidas, y que cambiaron
por completo mi forma de ir viviendo la guerra de manera que yo diría que
alegre y distraída; pues aunque se decían muchas cosas de los frentes, la
mayoría eran falsas, si bien sabíamos que las tropas de Franco avanzaban, pero
sin grandes detalles, pues nadie se exponía a hablar de ello sin conocer a
ciencia cierta las ideas del otro, y en casa procuraban ocultarme todo,
considerando mis pocos años y las amistades de aparentes ideas avanzadas y
distintas a las nuestras.
Ya me decías tú Pepe Luis que los niños……………….
…………………………………………………………………………...... Cuidaros mucho. Y ya sabéis lo mucho que os quiere vuestra
CARTA XIX
Burgos 22- 5 - 1.985
Queridos
hijos: Otro día con vosotros y con mis recuerdos de años ya tan lejanos que a
veces creo han sido un sueño. Pero
quiero seguir con vuestro encargo que hay días me cuesta cumplir por no sé qué
pereza que al principio no sentía.
Ya os decía
que hasta aquí los días que pasábamos con “las primas” eran francamente
agradables para mí. En casa me entretenía mucho con la costura y el dibujo de
los figurines que Teresa me encargaba; a más de otras atenciones de comer,
solía hacerme alguna blusita o falda con restos de tela, y no me cobró nunca nada;
tenía un buen carácter y hablábamos mucho de mi colegio y de su pueblo, el
mismo del abuelo, como ya os dije, Zarza de Tajo. Se acordaba de mis abuelos, de mis tíos, y
como era tan guasona y tenía tanta gracia yo pasaba los ratos más buenos a su
lado siempre que no tuviera ensayo para los festivales que organizaba el
Instituto y al que me consideraban como alumna del Cisneros de Madrid y me
llegaron a hacer miembro del Cuadro Artístico.
En las
colas, oí comentar que habían tomado las fuerzas de Franco la capital de
Teruel, también me enteré, días después que habían sido rechazadas y que los
combates eran muy duros. Recuerdo, era por los días últimos de enero, sobre el
20, o 22, pero no sé la fecha exacta; por segunda vez las fuerzas republicanas
tuvieron que retirarse entre un frío congelador. Esa noche, desde las seis de
la mañana, la pasé en la cola del pan mientras el termómetro marcaba 16º bajo
cero; de no haberme levantado tan pronto no hubiéramos tenido pan, pues se
repartió muy poco.
Había nevado, pero de tal forma, que en los
sitios que la nieve estaba más blanda, se me colaba entre mis botas altas;
hasta después de las nueve no abrieron la panadería, y creo que aquel frío,
durante tanto tiempo, fue el que me hizo caer con fiebres muy altas.
Como entre sueños me pareció ver a mi madre
junto a mí y decir al abuelo debían avisar a un médico, pero les daba vergüenza
que tuviese que verme sin cama, sobre un colchón encima de un montón de leña y
tablas.
Ahora que me doy cuenta, creo que no os he
dicho, que mis primas se llevaron la camita que me dieron al llegar por no
sabía qué necesidades y, en su lugar, colocaron la leña de la estufa bien
apilada, que haciendo un montón de medio metro de altura servía de poyete para
sostener el colchón de ¿?. Yo también dormía a pierna suelta de esta forma pero
muchas veces notaba en la espalda los trozos de leña.
El médico no vino, pero yo puede
levantarme pronto y hacer mi vida normal, aunque la tos persistía y persistió
por mucho tiempo (después de la guerra se supo la causa).
Cuando me
levanté noté en mis primas cierto movimiento de comidas y limpiezas. Guisaban
en el piso superior; me dijeron que el fogón de abajo tiraba mal.
Antonia y Amelia pasaban muchos ratos en los
pisos de arriba, me decían se veía mejor para bordar y escribir a máquina.
Antonia estaba empezando a teclear. Una mañana vino una señora mayor, una
clienta me dijeron, pero en lugar de pasarla a la salita de costumbre la
subieron al piso alto. A nada de ello daba yo la menor importancia.
Por entonces vino a Cuenca un destacamento
de soldados y nos invitaron a una fiesta o “guateque”. Teresa me había
arreglado un vestido de mi madre color marrón, como era tan oscuro, le adornó
con un cuello y lazo anaranjado y yo me encontré la mar de bien; así que con
las chicas del Instituto asistí encantada. Al abuelo no se le podía hablar de
bailes, así que le conté que iba de ensayo.
Ahora os dará risa y tal vez
os parezca mentira, pero lo cierto es que la música consistía en un acordeón
que tocaba un chico y la merienda, media naranja y unas raspitas de bacalao que
los pobres chicos habían logrado guardar en el frente para poder obsequiarnos.
La reunión y el baile se repitieron
varios días, pero sin merienda claro; ahora sí, con una alegría desenfrenada.
Nadie pensaba que tal vez al volver al frente les esperaban días muy tristes. Nosotras nos hacíamos sus “madrinas”,
les prometíamos una foto, escribirles con frecuencia y mandarles paquetes y
alguna cajetilla, esto era lo que más insistían todos, pues estaba el tabaco
muy racionalizado hasta para ellos.
Muchas noches, como las veladas se hacían
largas, todos reunidos junto a la estufa circular que presidía la espaciosa
cocina y que alimentada con ¿? de los pinos serranos, chisporroteaba
alegremente, me hicieron, no sé cómo, centro y estrella durante aquellas horas
casi misteriosas en que poca gente o casi nadie pasaba por las calles.
– Juani – decía Teresa, recita el Piyayo
Y sin
hacerme de rogar empezaba la función que muchas noches terminaban con un alegre
fin de fiesta, bailando el charlestón que todos coreaban. Una noche en que los tíos dormían (Lolita,
Amparito, Pepín), por lo avanzado de la hora, Teresa me animó mucho, no dejando
nada de mi repertorio sin que saliera a escena. Mi padre también había subido
de nuestra habitación y se le veía contento, me aconsejaba sobre las pausas y
puntos de mis monólogos y le veía reír y aplaudir la mar de satisfecho.
Estaba ya en el final de la función, cuando
miré hacia el techo; en la pared de la parte alta había un ventanuco pequeño,
con un visillo lo suficientemente transparente como para ver claramente, tres
cabezas de hombres, muy apiñadas que contemplaban la actuación la mar de
divertidos. Me asusté, me quedé parada, ellos lo notaron y desaparecieron.
Nadie me explicó nada, ni yo pregunté. Aquella
noche, digamos que en mi “cama”, no podía dormir. El miedo del primer momento
había desaparecido, yo veía a mi padre tranquilo y empecé a reflexionar y a
enlazar ideas despacio. No cabía dudas, en el piso tercero vivían tres hombres
que yo no conocía, las subidas de mis “primas” tardes enteras, las limpiezas
diarias de aquella parte de la casa que yo creía vacía, la cama que me habían
quitado a mí… Pronto llegué a la conclusión de que eran personas perseguidas y
que se ocultaban por miedo a ser detenidas
Desde aquella noche mi vida cambió mucho.
Era como si me hubiera encontrado otra vez con la guerra. Comprendí que estaba
nuevamente rodeada de gentes y cosas en peligro.
Procuraba subir a tender la ropa al camarón
del cuarto piso muy temprano, cuando suponía dormían aquellos tres hombres;
sentía miedo de encontrarme con alguno, eran para mí, en aquella casa tan
tranquila, fantasmas de rasgos poco definidos. Las funciones nocturnas no
volverían a repetirse, pero os repito que ni el abuelo ni las primas me
explicaron nada. Yo tampoco pregunté.
Sin embargo, me prometí a mí misma, ayudar en lo que fuese y, por el
momento en callar y no hablar de ello a nadie. Y así fue. Supuse que mi madre lo sabría
también y que todos quisieron que yo no conociese nada de semejantes problemas,
no fuese a descubrir el escondite en el que seguramente se encontraban y la
responsabilidad de los que les ocultaban.
Hijos míos, por hoy basta. No dejéis de
llamarme… ……………………………………………………………………………….
Besos a los
niños y a vosotros el cariño inmenso de vuestra
Madre
CARTA XX
Burgos 2- 6 - 1.985
Queridos
hijos: Quiero escribiros estas cartas con más frecuencia, pues pienso pasar
unos días fuera y dejar ya terminadas tantas cosas como ocurrieron en estos
últimos meses, con esa lucha que aún continuaba.
……………………………………………………………………………….
Pero voy a
seguir con mis recuerdos.
Desde la noche que deduje vivían en la casa
personas para mí desconocidas o en secreto, volvió a mí la idea que tanto me
atormentó meses antes. Si esto se
descubría, mi padre, mis primas y tal vez mi madre, serían detenidos y todos
ellos en verdadero peligro.
Pensaba en el gran sacrificio que estas
chicas estaban haciendo, pues no era solo lo compro-metido del caso, es que
además, y esto me parecía heroico, es que había que darles de comer sin
cartillas de racionamiento, sin dinero para comprar nada de estraperlo, y todo
ello por meses y meses. Comprendí los viajes a los pueblos serranos,
para cambiar vestidos y juegos de cama bordados por cosas de comer. Traían
huevos, algo de matanza, quesos, ¿?...y siempre aparentemente tranquilas y la
mar de alegres.
También supe, como Antonia y Amalia eran medio
novias de los dos que me parecieron jóvenes (delante de mí hablaban de ellos)…Ya no ponían
pretexto para subir al piso alto, ni para buscarles libros y novelas entre sus
amistades; comprendía también se trataban de chicos cultos y perseguidos, pues
sus lecturas y folletos eran para gente intelectual y de derechas.
Una mañana, al bajar a abrir la puerta, una
chica de la casa lindante habló a Teresa confidencialmente y se marchó corriendo.
Estaban haciendo casa por casa un registro
muy minucioso (en la suya habían terminado). Mi padre debía salir
inmediatamente, pues al no vivir ya en la guardería carecía de documentación.
Cogió a mis hermanas pequeñas y salió como a dar un paseo. Antonia llevaba dos
días fuera con sus problemas de alimentos.
Mi prima Teresa me llamó muy preocupada:
- Mira Juani, ya te has dado cuenta que
tenemos en el piso de arriba a tres escondidos. Se trata de dos chicos, muy
buscados por la policía, uno es el Jefe de Falange, estaban empleados en la
Delegación de Hacienda, son abogados. El otro es el Sr. Deán de la Catedral, ya
es mayor y está muy delicado, tienes que ayudarnos.
Sin decir más echamos a correr escaleras
arriba. Los tres hombres estaban todavía
en la cama, leían con las ventanas cerradas, siempre con miedo de ser vistos
por los vecinos y con tan poca luz que parecía mentira que pudieran
hacerlo.
Mientras se
vestían nosotras subimos al camarón. Empezamos a sacar libros de un armario que
sin patas estaba colocado junto al tabique de la casa inmediata. Enseguida los
chicos arrastraron el armario hacia un lado y quedó al descubierto un boquete
capaz de ser atravesado por una persona que se fuera arrastrando. Rápidamente
metieron al que pensé era el Deán en un baúl sin tapa y empujaron para meterlo en el camarón
contiguo; ellos pasaron rápidamente con toda facilidad y nosotras volvimos a
situar el armario en su sitio y a meter en él los libros y objetos que
antes tenía, todo corriendo, pues ya se
oía como sonaba con fuerza el picaporte de la puerta. Antes de abrir, pasé
corriendo también y coloqué en el balcón de nuestro cuarto una maceta, era la
señal para que el abuelo no subiera a casa, digamos un “stop”. Me dijeron mis
primas que procurara entretener a los visitantes y les enseñarse las
habitaciones bajas, mientras ellas se pusieron a coser y bordar respectivamente
en la cocina.
Les expliqué que mi padre, mis hermanos y yo
éramos de Madrid. Bueno, no os he dicho que venían cuatro milicianos, con los
consabidos “monos” azules, sus gorros de campaña y los pañuelos rojos anudados
al cuello. Les expliqué como mi madre era la Directora de la Guardería del
Socorro Rojo y que por ser pequeños mis hermanos estábamos evacuados en esa
casa. Les pasé a las habitaciones del primer piso; el tío Jesús que dormía de
mañana por su trabajo nocturno se levantó.
Lo miraban
todo, hasta la leña que hacía de camastro mío la revolvieron, pasaron a
la salita seguidamente y al dormitorio que había en su interior, del tío
Jesús.
El registro continuó palmo a
palmo. Se notaba llevaban alguna sospecha o denuncia, pues miraban todo
detenidamente. De todos modos el saber que estábamos evacuados cinco personas
de Madrid pertenecientes al Socorro Rojo debió tranquilizarles bastante.
Así, piso a piso llegamos al Camarón, en el
seguían picoteando las gallinas y revoloteando las palomas. Tiraron varios cajones vacíos, revolvieron la
leña y abrieron el armario viejo y medio desvencijado, como correspondía al
sitio que ocupaba, y después de mirar hasta por las vigas del techo, sin apenas
saludar, empezaron a bajas las escaleras. Teresa me miró mientras sonreía. Al
poco todo volvió a su sitio, yo recogí la maceta del balcón y al rato llegó el
abuelo con los pequeños. Como siempre dimos gracias a Dios.
También yo se las doy hoy, hijos míos, por
veros tan…………………………………………………………………………. Muchos besos y hasta pronto, vuestra
Madre
CARTA XXI
Burgos 10- 6 - 1.985
Queridos
hijos: Ya tenemos en Burgos hasta calor… ….. pero voy a seguir con mis andanzas.
Al volver
nuevamente al camarón los “prófugos” de idéntica manera que se fueron, aunque
no me dijeron quiénes eran, les conocí rápidamente. Estaban nerviosos, pero tan
contentos que pronto volvió el armario (sin decir palabra) a estar en su sitio,
es decir, tapando el agujero que comunicaba con la casa de la Sra. de al lado,
que trabajaba en Hacienda, y comprendí que era la que buscó el escondite a los
chicos jóvenes. Todo quedó ordenadamente desordenado y animado por los
simpáticos animalitos que buscaban y rebuscaban entre las pajas del suelo, y
revoloteaban por los cajones y demás trastos.
Comprendí que el novio de Antonia o Toni,
como él la llamaba, era Joaquín, tendía unos 28 años, moreno, fuerte con
bigote, y una vez en casa se colocó unos lentes, me pareció el más simpático.
Ramón, el amor de Amelia era más alto, delgado, de aspecto enfermizo, a más de
la palidez que todos tenían se le veía menos vital o más cansado.
El Sr. Deán tendría cerca de setenta años, el pelo blanco
pero abundante, vestía cazadora marrón y pantalón gris, se notaba mucho que era
sacerdote hasta en la forma de andar y de moverse. Al sacarle del baúl sonreía
y me miró con cierta gratitud, pero yo me bajé rápidamente, estaba violenta y
no crucé con ninguno ni una sola palabra.
¡Ya conocía a “los fantasmas”
¡Pobrecillos!... Pensé, ¿Cuánto durará
su encierro? Pues aquellas cosas que decía el abuelo al empezar la guerra ya no
las creíamos; él aseguraba era cosa de quince días todo lo más…
Desde ese
día empezaron todos a tener en mí confianza. Me enviaban con novelas, cartas, o
recados a otras casas en las que también había gente escondida. Decía Teresa,
que aunque ellos no se habían destacado en política en todo
Cuenca se sabían sus ideas religiosas y derechistas, y por tanto eran más fácil que las siguieran en sus salidas y venidas que a mí, una niña madrileña y evacuada y que había llegado con el Socorro Rojo donde vivía el resto de su familia; y tenía razón, así que comprendí muy natural fuese yo la que se ocupara de esos menesteres.
Cuenca se sabían sus ideas religiosas y derechistas, y por tanto eran más fácil que las siguieran en sus salidas y venidas que a mí, una niña madrileña y evacuada y que había llegado con el Socorro Rojo donde vivía el resto de su familia; y tenía razón, así que comprendí muy natural fuese yo la que se ocupara de esos menesteres.
Por las mañanas salía de
casa con mi bolsa de comprar a las colas y de paso me acercaba a los domicilios
que me indicaban con el encargo o “el parte” del día la mar de contenta. Algo
tenía lo prohibido y peligroso que atrae, al menos con aquellos años.
Lo de “parte” era lo siguiente, por la
noche todos los habitantes de la casa “semideshabitada” bajaban a la cueva,
ésta estaba en la entrada bajo una puerta en el suelo; allí oían Radio Burgos y
se enteraban de los avances de las tropas de Franco, esto se perseguía, así que
ocultaban la radio entre las tablas y ¿? de la estufa y nadie más sabía en casa
de ese aparato, que por entonces no había muchos y transistores no se conocían.
La mayoría de las veces el “parte” lo llevaba escrito entre las tapas y forro
de la novela que cambiaban y otras me lo daban oral y yo lo repetía de memoria.
De esta forma empecé a conocer gentes que se escondían en los sitios más
inverosímiles y a mantener secretos demasiados serios para mi edad, pero
entonces no me preocupaba lo más mínimo y me producían una cierta alegría,
poder hacerlo
Ya os
contaré un caso que al final de la guerra me hizo pasar el más angustioso de
los ratos que he pasado en mi vida, y ya van siendo muchos. Mi padre conocía
mis nuevas andanzas y aunque no me comentaba nada, tampoco me lo prohibió.
A veces, estando en alguna casa, o si
encontraba a alguna amiga, ponía algún pretexto y me despistaba un ratito para
cumplir mi encargo.
La señas o los domicilios nunca los llevé
escritos y si alguien me preguntaba qué hacía, al verme salir de alguna casa la
respuesta era siempre la misma:“Estoy
buscando una habitación para mudarnos, yo no tengo ni cama”.
La guerra
continuaba; en la Ciudad se iba notando como iban escaseando los víveres y el
frente parecía se acercaba, aunque eso sí, muy lentamente. Sabíamos que en
Madrid se resistía heroicamente luchando en los sitios más próximos y que era
bombardeada con obuses constantemente.
En nuestra
casa habían recogido a dos familias con niños, la portera, nuestra querida Srª
Isidra nos lo comunicó al tiempo que los pobres estaban quemando sillas para
poder malguisar, pues sus casas habían desaparecido entre los escombros.
Nada
parecía importarles a mis padres, pero ellos seguían mandando el alquiler al
piso; por cierto que una de las veces que fui a correos para efectuar el giro
de dos mensualidades, me quitaron el dinero sin yo darme cuenta. ¡Cómo recuerdo
mi dolor y mi angustia…! ¡Cómo subí llorando las escaleras de la calle del
Agua…!
Por otra parte, a nosotros y aunque nos
llamaban evacuados seguimos pagando el alquiler de nuestra habitación; el cerco
económico ya pobre de por sí se iba cerrando. Las cosas de comer que nos
guardaba la abuela también eran menos, pero yo procuraba subir a casa cuanto
podía. Muchas veces me ofrecía como ayudante de los puestos de verduras y así
al final me servían mejores raciones de lo que fuese.
Hijos míos, no me cansaré
nunca de repetiros que procuréis respetar las ideas de todo el mundo aunque no
coincidan con las vuestras; que busquéis siempre con amor el diálogo y que no
permitáis jamás otra guerra civil, en la que el enemigo está dentro del entorno
vuestro. Allí toda persona es sospechosa, muchas veces ocurrió dentro de una
familia. Yo seguí con mis paseos por
Carretería, con mis ensayos en el Instituto con su Cuadro Artístico y con el
trajín de casa; para mí el problema mayor eran las sábanas; en los días de
invierno en aquella “pililla” tan chica y mis pobres fuerzas… Ahora comprendo
cómo (¿?) era responsable del gran problema que estábamos viviendo todos los de
la casa. Esto se vio mejor después… pero ya no estábamos. Ya sé que lo sabéis
como ocurrió todo, pero iremos por partes y despacito os lo contaré. Por hoy os voy a dejar, ya tengo deseos de
acabar, pero faltan cosas muy importantes. Me maravilla como solo tengo que
pararme para ordenar ideas; pero las tengo frescas como si hubieran ocurrido
ayer, ¡si hoy no recuerdo nada de un día para otro!... en parte es debido a que
os lo he contado, eso debe ser lo que ha impedido que se me olvidase totalmente
como otras cosas; bueno eso…y la edad, esa bendita edad en que todo se queda
como con un cincel en la roca.
Para todos muchos besos, vuestra Madre
CARTA XXII
Burgos 30- 6 - 1.985
Queridos
hijos: Hoy tengo que referiros un trozo de mi vida en guerra muy desagradable,
pero que al cabo de ella fue causa de aquel otro para mí horrible.
Pues
ocurrió que una mañana, me encargaron fuese a llevar unas novelas y a recoger
otras en un piso segundo de cierta calle estrecha de la parte antigua. Salió a
recogerlas Mª Luisa, una chica de la que había oído hablar mucho a mis primas.
Era la única chica de cinco hermanos. Al empezar la guerra fueron detenidos su
padre y los cuatro chicos y… Prefiero
sean ellos quien os lo cuenten.
Nada más llamar a la puerta con no
recuerdo qué señal con los nudillos, me abrió una joven todo enlutada, alta,
delgada, yo diría delgadísima, y de ojos negros muy profundos. Me advirtió no
hablase por el pasillo, tenían miedo de ser oídas por los vecinos; al principio
de éste había un dormitorio cuya única ventana daba a un callejón sin salida e
inhabitado
En él, y a medio vestir, había un chico
joven moreno, de pelo negrísimo, de cara
pálida, no muy alto y francamente nervioso. No dudé, era él el destina-tario de
las novelas. A pesar de mi silencio se puso en pie y me saludó con el consabido
“¡Arriba España!”
Allí, y siempre bajito empezó a preguntarme
cómo estaban Ramón y Joaquín, que qué tal mis primas y si llevaba el parte de
guerra de Radio Burgos, pues ellos no tenían aparato y carecían de noticias
“frescas”. Yo contesté con lo que sabía, y así empezó un rato de charla que
Julio, así se llamaba, tenía deseos de narrarme. Vivía milagrosamente, pues había sido “fusilado”
junto con su padre y sus tres hermanos. Detenidos los cinco hombres de la casa
por pertenecer a Falange Española, una noche fueron sacados de la cárcel y con
otros doce más llevados junto al Júcar, en un sitio próximo, cerca de una
carretera o camino (no recuerdo), y allí fueron ejecutados. Iban atados pero la
noche era muy oscura, y el caso fue que al tiempo de disparar Julio pudo
tirarse al río, allí buceando primero, y nadando silenciosamente después, notó
que solo sangraba por un hombro. Estuvo mucho tiempo escondido dentro del agua
entre unos matorrales; al fin, y cerca de las tres de la mañana llegaba a su
casa sin ser visto; y se ocultó en el escondite en el que ahora se encontraba.
La mayor parte del día ponían un perchero de los que entonces se llevaban,
tapando la puerta, y de no conocer la casa esa habitación quedaba totalmente
oculta.
Tanto Mª Luisa como él, me fueron la mar de
simpáticos y la Historia de su segundo nacimiento me impresionó grandemente. Ya
en el final del relato entró la madre, una señora canosa, delgada también,
entre riguroso luto que sirvió para terminar el cuadro ya de por sí “goyesco”.
Salí sigilosamente cuando pude, y prometí volver con más novelas y
cuanto necesitaran.
Durante mucho tiempo la visita de aquel
día me acompañó a todas horas. Pero mis pocos años lo superaban todo. Pronto
bajé a Carretería para ver a mis amigas y hacer las “colas” de rigor.
Cuando volví a casa, solo mis primas se
preocuparon de lo ocurrido; aseguraban que era una familia ejemplar, y Marisa
una chica encantadora, siempre al lado de su madre.
No quiero, hijos míos, que veáis en mis cartas
otra cosa que no sea la paz. Bien sabemos que cosas así o parecidas ocurrían en
la zona contraria, por ende mi intención en estos relatos es que no conozcáis
la guerra. Cuando se ama se goza, se respira; cuando se odia, se sufre
horriblemente. Siempre creí, que más que el envidiado, padece el envidioso; y
según van pasando el tiempo y la experiencia se hace la maestra, me afirmo más
a la idea.
Hijos, aún me quedan cosas interesantes
que contaros, y es verdad que paso ratos que se van sin sentir, pero también es
cierto que sufro, tal vez más que cuando los viví, al recordar cosas como esta
que os acabo de escribir.
Cuidaros mucho……………………………………………………..
Con
vosotros y el cariño de vuestra
CARTA XXIII
Burgos 5- 7 - 1.985
Mis
queridos hijos: Esta carta va a ser la última con las “cosas de mi guerra”
hasta que volváis de vacaciones……………………………………………………………..
Pues ya
continúo con los días de Cuenca; creo corresponden al segundo año de contienda.
Mi vida continuaba la mar de tranquila. Debieron
hacer cambios en la forma de llevar las noticias, y había muchos días que no
tenía que ser yo quien las llevara; por lo contrario, venían a casa, y así era
más fácil no levantar sospechas entre los vecinos. Otra vez el peligro y los
problemas entre los hermanos. Una vez
que traía la compra del día tras colas interminables, ayudaba a Teresa, y en
verdad lo pasaba muy bien. Escaseaban también los figurines, por lo que las
modistas amigas se prestaban y cambiaban los que lograban adquirir, así que la
mar de atrevida empecé a copiar en un cuaderno los vestidos, abrigos y
chaquetas que mi prima me había indicado que le interesaban. Otras veces
aprendía a coser; esto no lo hacía nunca bien, por lo que me limitaba a
ayudarla a sobrehilar y coger los bajos. El abuelo mientras con los niños, les
hacía aprender muchas cosas de viva voz; muchas tardes íbamos a la guardería a
ver a mi madre y a las tías Vicen e Isabelita.
Parece que estoy viendo al
abuelo cruzar el puente de San Pablo con tía Lolita sobre sus hombros; el
paisaje se quedó tan grabado en mí, que ya tengo un cuadro que pinté de las
“Casas Colgadas”.
Como os dije, también acompañaba a Teresa a
probar a sus clientas. Una tarde, estando en casa de una Señora la mar de
elegante pasó al saloncito uno de sus hijos, Pepito, y con esa gracia natural
que solo ella tenía, le dice: “Mira
Pepito, esta chica es de Madrid; te tienes que casar con ella”…Creo que fuimos
los dos los que nos pusimos como amapolas, y cuando nos encontrábamos en
Carreterías nos saludábamos la mar de avergonzados.
Poco después le llamaron al
frente, y una tarde se acercó a mí Pepito; quería que fuera su madrina de
guerra y me pedía una foto y la promesa de escribirle y mandarle, claro, alguna
cajetilla de tabaco. En eso quedamos, y ya no volví a saber de él más que por
cartas difíciles de llegar.
Otra cosa también graciosa fue que cierta mañana, me llamaron mis
“primas” a su habitación; sobre la coqueta había una jofaina con agua, un
estropajo de esparto (no habían otros) y un trozo de jabón verde; cual no sería
mi sorpresa cuando entre Amalia y Toñi me lavan y restriegan una y otra vez
toda la cara, y seguidamente con la toalla me vuelven a restregar bien, y miran
si había colorete. No me dijeron ni una palabra y yo apenas protesté, sus
actuaciones conmigo eran secas, todo lo contrario de cómo me trataba Teresa… la
quise mucho.
Se conoce, que como siempre he tenido buen color, pensaban traía de
Madrid algún potingue que yo no comentaba, y tuvieron el valor de cerciorarse
por sí mismas. Sabían que la pobre Juani no iba a decir ni palabra, aunque me
pusieran la cara como un tomate…que así fue como me la pusieron. Yo estaba
acostumbrada a su trato un poco despectivo. Poco después ocurrió una escena que
fue fatal para mí, pues desde entonces parecía yo su enemiga. Hacía frío,
acababa de lavar la ropa y las manos me dolían, el agua de la pila estaba
helada, cogí el cubo con la consabida carga y eché escalera arriba para tenderla.
Serían sobre las once de la mañana, que era clara y luminosa. En el camarón
encontré las cuerdas vacías y empecé a colocar con pinzas las prendas, no tan
limpias como me hubiera gustado, pues no se encontraba jabón. Desde allí
contemplaba los tejados de las casas más
bajas y las ventanas de otras buhardillas – ya os he dicho que le faltaba la
mitad del tabique que daba a la calle, y resultaba una especie de balcón
corrido. Como os decía yo tendía y quería calentarme las manos que, con el
frío, las tenía amoratadas. De pronto oí un ruido detrás de mí, se había caído
un cajón vacío y apoyado en tantos otros. No me volví, comprendí que se había
escondido, al oírme, alguno de los chicos del tercero, así que seguí tendiendo,
pero lo que si me dejó más fría todavía, fue cuando dos brazos de hombre me
rodeaban por mis hombros mientras me decían: -“Mira Juani, ya se ve desde
aquí el frente de Teruel”.
Al mismo tiempo sus dedos
colocaban sobre mis ojos unos prismáticos grandes. Yo no vi nada, os lo
prometo, pero la voz de Joaquín me seguía hablando al oído, y su cara, a medio
afeitar, se pegaba cada vez más a la mía.
No pude reaccionar, detrás de nosotros, y en
la puerta de la cámara, estaba Antonia, llena de cólera, que empezaba a gritar,
mientras tiraba una a una las prendas colgadas por mí, entre las pajas y
porquería de las ya cocidas aves.
-“Desde hoy – decía rabiosa – está prohibido que subas de tu piso sin
decírmelo a mí”.
Joaquín me dejó libre, bajó la cabeza y
cogió las escaleras para sus habitaciones. Ella me esperaba gruñendo en la
puerta mientras yo, aun nerviosa y sorprendida, empezaba a recoger mi ropa para
volverla a meter nuevamente en la pila.
Es cierto, tanto a Amalia como a
Antonia les tenía miedo. No despegué mis labios.
Bueno, hijos, ya os he contado un pasaje que
he recordado durante muchas veces. ¿Cómo es posible que una chica guapa de
veinte años, pudiera enfadarse tanto con una chiquilla que jamás había hablado
con su novio?... Pero es cierto que pasado el momento, y cuando le decía que
tenía que subir al camarón para una u otra cosa, me costaba, y en mi interior
subía con miedo; siempre pensaba que, aunque escondidos, me estaban vigilando,
y eso sí, procuraba subir bien arreglada. (* Nota de este escribiente: “¡Mujer, al fin y al cabo! – aunque fuera
tan jovencita -, ¡y presumida como pocas!, doy fe).
Quedamos
pues, Pepe Luis que………………………………. ………………………………………………………………………………..
Pasado el
verano os prometo volver a terminar estos recuerdos que una vez más os repito
parecen fueron hace unos días…y ahora soy incapaz de situar lo ocurrido en los
últimos años.
Muchos
besos a todos de vuestra
Madre
CARTA XXIV
Burgos 1-9- 1.985
Queridos
hijos: Nuevamente en casa. Este verano he pasado días estupendos……………………………………..
….…………………………………………………………………………….
Bueno, pues
a ver si me concentro, hice una especie de guion de las cosas que ocurrieron
desde que dejé mi relato y espero pronto llegar a su final, pero hoy puedo
deciros quedan recuerdos de lo más interesantes que al escribirlos despacio y
con más detalle os van a parecer casi nuevos.
Antes quisiera hablaros algo de los tíos, mis
pequeños, y del abuelo.
A mi padre le hizo la abuela una cazadora de
lana negra y con un pantalón de pana, sin corbata y jersey de cuello alto
pasaba los días y los meses de invierno, para salir se ponía un abrigo ya muy
raído que yo me echaba en la cama, pues su peso hacía que dieran más calor las
mantillas que cubrían el camastro de leña. Rezaba mucho, por las mañanas y
hasta que se despertaban los niños que con él dormían en la cama grande, le oía
como desgranaba las cuentas del rosario, por las noches también en la cama leía
y releía el libro que encontró: “A los que sufren”, y luego otro que le dio el
Sr. Deán con el que creo os dije se confesaba frecuentemente.
Su
principal ocupación eran los niños, así podía yo salir en busca de… lo que
dieran y de la limpieza y guisos. Gracias a Dios, y aunque jamás había sido
cocinera pronto aprendí a hacer la comida con lo que cada día lograba traer del
mercado de la Calle del Agua. Desde Valencia y con camiones traían bastantes
patatas y verduras, recuerdo que el aceite no llegaba a ½ kg por semana para
todos, pero en fin en esos momentos trabaja la imaginación y unos a otros en
las colas se pasaban recetas y fórmulas maravillosas. Ya os lo conté, tortillas
de patata sin huevo, cocido sin carne ni tocino, café con cebada que nosotros
teníamos que tostar y sacarina a todo pasto.
Las niñas, tío Pepín pasaba más tiempo en la
Guardería, desayunaban en la cama.
En ultramarinos daban de
vez en cuando, unas barras de una especie de tierra color marrón que decían era
Chocolate; todas se guardaban para ellas, con paciencia de ángeles o santos les
iba repartiendo las cucharadas desde el mismo tazón. Mientras les iba contando
cuentos y muchas veces pasajes de la Hª. Sagrada. Las pobres mías iban abriendo
la boca como pajaritos y se iban tragando cuanto les daba. Estaban muy guapas.
Amparito, tan guapa como la abuela, era más espigada, alta para sus cuatro o
cinco años, extrovertida, no traviesa, pero más inquieta, jugaba fácilmente con
cualquier cosa. Lolita era más tranquila, tenía un oído estupendo y repetía
pronto las canciones que le enseñaba Teresa con verdadero tono músicas. Lo que
más le gustaban eran los animales, ellas no subían nunca al camarón y de esa
forma se divertía con una simple “mariquita” que encontraba o con un caracol
que le subía yo de la plaza; sobre una hoja de lechuga pasaba horas enteras
viendo como el animal se deslizaba pausadamente royendo la verdura.
Una tarde la encontré junto a la maceta
célebre, que entraba y salía del balcón, haciendo con un palito un hoyo,
observé que quería meter en él una caja de cerillas vacía, pero que ella había
rellenado con una mariposa blanca muerta que vio en el balcón. Aquello me
impresionó grandemente y no lo olvidaré nunca. ¡Qué escena más tierna para un
cuadro, su belleza, su cutis de porcelana, sus inmensos ojos verdes… y sus tres
o cuatro años durante aquellos días.
Yo seguía por entonces ocupando los ratos
libres en los ensayos de “Nuestra Natacha”, obra preciosa de D. Alejandro
Casona, y en la que yo hacía el papel de Flora. Nos reuníamos en un aula del
Instituto que había en el puente de la Trinidad, creo que se llamaba. Natacha
era una chica morena guapa, que me pareció mayor y que lo hacía muy bien,
Marga, la rebelde, otra estudiante más menuda y delgada que tenía escenas muy
fuertes, Lalo majísimo y yo, que ya os dije hacía el papel de una estudiante de
Literatura enamorada de un tal Mario tan aplicado como despistado en el
amor.
Resultó muy bien. Fue en el teatro
Cervantes y siempre con fines benéficos de guerra.
Poco después empezamos a ensayar otra, pero no
recuerdo casi nada de ella, ni siquiera el título. Los nuevos rumbos que tomó la guerra hizo que no continuaran
los ensayos, nos dirigía un profesor joven, que tenía muchos contactos con
estudiantes de la F.U.E. Yo me llevaba muy bien con ellos, no veía nunca sus ideas revolucionarias o de
extrema izquierda, algunos pertenecían a la C.N.T. pero para mí eran compañeros
amigos, jamás vi en ninguno mi enemigo; hasta pensaba muchas veces cual sería
el verdadero partido político interior, al que verdaderamente pertenecían, pues
nunca nos daba tiempo de hablar de la guerra o al menos se evitaba por parte de
todos.
Y así estábamos cuando en
casa ocurrió una “función”, mejor dicho, un sainete que si lo coge Muñoz Seca
hace algo divertidísimo. En mi próxima carta os lo relataré paso a paso y ya sé
que os reis siempre que os lo cuento.
Hasta
pronto. Os recuerdo mucho, todo mi cariño y los besos de vuestra
Madre
CARTA XXV
Burgos 7-9- 1.985
Queridos
hijos: Otra vez con vosotros. Me figuro
seguiréis aprovechando estos días………………………… ……………………………………………………………………………….
Os decía en
mi carta anterior que os iba a contar la función que organizaron las primas a
la llegada de otras también lejanas del pueblo del abuelo, pero he pensado os
cuente antes otro pasaje interesan-tísimo que desde luego fue anterior ya que
uno de los protagonistas tuvo que ser sustituido pues no estaba en casa ya. Así
que iremos en todo lo posible con orden cronológico
Resultó que yo veía venir a casa con
frecuencia a un hombre vestido de trabajador en la construcción, me parecía a
mí por sus ropas y demás. Ya de noche acudían otros varios mal vestidos que
comprendí era gente escondida, entre estos una vez vi a Julio (el “asesinado”),
que hablaba con ellos mientras subían al piso de arriba. Con mi padre no hablé
nada, pero mis primas no se ocultaban ya en hablar delante de mí y me enteré de
lo que estaba ocurriendo.
Había venido de Valencia un camarada (el
que yo creía de la construcción) de Falange y que se proponía pasar mediante un
guía pagado, a los jóvenes escondidos, por el frente de la Zona Nacional. No
supe los kilómetros a que se encontraba, pero sí que era preciso cruzar andando
tres noches. Los guías tenían preparadas
cuevas o chozas para descansar. Aquellas reuniones no tenían otro objeto;
preparar la huida con todo detalle y aún con peligro de ser descubiertos,
incluso ser detenidos en el momento de la salida. Oí que lo harían con mil
precauciones y rodeando por donde no había guardias a las afueras.
Fueron días muy agitados, llevé dos o tres
recados a las casas de los escondidos y mis primas no paraban buscando calzado
apropiado y ropa de abrigo, comida y meriendas, pues aún eran las noches
frescas y largas; esto debió ser por primavera del 2º año.
Llegó
el día fijado y de casa salieron varios, no supe el número total de los
“excursionistas” pero yo vi salir de la casa siete. Joaquín, Ramón, Julio (el
“fusilado”), un señor de unos cincuenta y tantos años y tres más, uno hijo de
éste, que no conocía y cuya novia era una amiga íntima de la casa; rubia muy
arreglada, muy mona, la vi que bajaba llorando las escaleras. Sentí miedo
¿podrían llegar a feliz término el viaje? Todos iban disfrazados, varios de
mujeres de pueblo, entonces con faldas largas y negras, pañolones a la cabeza
y mantón de lana, otros de mono y
chaquetones gordos con boinas metidas
hasta los ojos.
También vi salir a D. Luis, el Deán; él iba
vestido de vieja y lo parecía totalmente entre el pañuelo de la cabeza y el
mantón apenas se distinguía su cara. Pero claro él no entraba en la expedición,
él no quería quedarse solo y le cambiaban de casa; había venido un joven para
acompañarle. Al bajar, junto a mi rellano, puso su mano sobre la mía apoyada en
la barandilla y dijo bajito:
-
Adiós
Juani, que sigas así.
Mi padre ya
estaba acostado con las niñas pero supe se había confesado y despedido horas
antes y que sabía su nuevo escondite. Estas cosas sucedían continuamente por
varios frentes y por radio Burgos, daban la contraseña a sus familiares que
esperaban ansiosos noticias de su paso a la libertad. ¡Cómo debían desearla
tras tantos meses de encierro!
Supe que cada uno llevaba al
cuello una cinta con un color y un número y cada noche después del parte
comunicaban a sus familias la feliz llegada de fulano y mengano, sin decir
nombres, claro está. Fueron días de
verdadera tensión, al fin durante la emisión de radio Burgos dieron las cintas
y los números de cinco de nuestra expedición, Julio había llegado pero Ramón
no; el hijo del señor que yo vi mayor que el resto, tampoco. Mis primas hacían
mil conjeturas, ¿estarían descansando en alguna choza o cueva? ¿Les habrían
cogido? Como os digo, fueron días angustiosos. Nati, aquella chica rubia que
acompañaba a su novio hasta la puerta de casa, vino varias veces por si
teníamos noticias. Lloraba a cada momento y la verdad que mis primas no sabían
cómo consolarla. Unos días después se descubrió el enigma.
Serían las cinco de la madrugada, aun sin luz
de día, cuando me despertaron los aldabonazos del llamador; noté eran golpes
con contraseña de la casa y tanto el abuelo como yo nos tiramos de la cama, y
abrimos las contraventanas del balcón, a la tenue luz de una bombilla de la
calle distinguimos un hombre, pero ya bajaban Teresa y Antonia por la escalera asegurando
era Ramón sólo. ¡Hijos mío qué
momentos!...
Y así era; después de abrazarlas llorando
les contó que él había tenido que descansar dos días en la choza del pastor y
viendo no alcanzaría el frente dando el rodeo necesario que faltaba, había
decidido volver, pero que Ángel había sufrido un infarto y había muerto. Su
mismo padre y ellos tuvieron que enterrarle antes de continuar. Muy bajo
siguieron hablando y nosotros volvimos a la cama pero ya claro no pude volver a
dormirme.
Cuando
me levanté no se hizo comentario alguno, pero se dieron cuenta de que nos
habíamos enterado de todo. No sé de quién se valdrían pero llevaron enseguida
la noticia a casa del muchacho; el padre claro, pudo resistir la caminata y
encontrar el aire y sol tanto tiempo perdido, pero debió ser terrible ver morir
un hijo tan joven en un intento por alcanzar la libertad.
¿Lo veis hijos míos? ¿Veis a qué conducen las
guerras? ¡Cuántas penas, cuantas lágrimas
derramadas, cuántos corazones rotos de dolor y angustia…! Huir de la guerra una
vez más lo repito. Sed condescendientes y tratar de arreglar las cosas, como
debe ser, entre hermanos, entre hijos de Dios,
aunque Éste se llame de forma distinta. Si otros no ceden, no se avienen
a vuestros deseos, os queda un arma maravillosa, la oración, el sacrificio, el
ver en todo es Dios quien lo permite y aceptar su voluntad… ¿pero la Guerra…?
Por favor Pepe Luis, tú tan ¿? y tan ¿?, procura huir de ella, es casi
preferible morir, ser víctima, que vivir rodeado de tanto crimen.
Pronto la casa volvió casi como estaba; dos
chicos jóvenes vinieron a ocupar las camas de D. Luis y Joaquín, así que con Ramón volvieron a ser
tres los “fantasmas” nocturnos. Preferían dormir de día y así no hacer ruidos
de día, cuando venía gente a probarse o traer costura; para esto último seguían
utilizando mis figurines. Yo creo que desde entonces los trajes que me han
hecho he tenido la costumbre de diseñarlos yo, hasta el de mi boda y el de
Madrina para serlo en la tuya. Nadie como una para conocer sus defectos y
tratar de disimularlos. Bueno ahora que despacio os voy relatando tantas cosas como
me tocó vivir en mi adolescencia me parece más bien una novela cargada de imaginación
y de aventuras. Pero nada más cierto hijos míos, todo lo que os escribo es
verdad, solo he cambiado los nombres, pero no las personalidades de cada una de
las gentes con las que viví esos tres años. Ahora bien, esto y mucho más
podrían contar y habrán contado las personas de mi edad que vivieron la
tragedia en ambas zonas.
Cuidaros mucho, Juan Carlos con su trabajo y
sus estudios de su 3ª carrera. ¡Qué barbaridad! Tú Pepe Luis con el dichoso
globo; tampoco me dejas tranquila.
Muchos besos de vuestra
Madre
CARTA XXVI
Burgos 12- 9- 1.985
Queridos
hijos: No sabéis lo que celebro ver a mi nieto volver a clase tan contento…………………………..
……………………………………………………………………………… Ahora nuevamente con mis recuerdos. Mi
vida en Cuenca nunca fue monótona, no ya por las cosas que ocurrían en casa,
sino porque Cuenca era para mí en aquellos años, y a pesar de la guerra, una
también Ciudad Encantada.
Por las mañanas y después de arreglar mi
habitación y a los niños salía la mar de contenta; las colas, una vueltecita
por Carretería muchas veces con mi amiga de Madrid y a conocer chicos que iban
y venían del frente. No sé ya cuántos ahijados de guerra tuve, ellos preferían
cuatro o cinco Madrinas, mejor que una y nosotras no les desanimábamos y les
prometíamos cartas y… regalos. La mayoría de las veces acababa todo en agua de
borrajas, pero lo hacíamos seguras de cumplir tantas promesas. Pero
económicamente iba viendo que todo se ponía peor; era difícil lograr cosas para
comer con cartilla y que nada podíamos comprar de estraperlo, dado su precio.
Los ahorros que llevaban los abuelos se acababan y yo era la que mejor me daba
cuenta del problema.
Una mañana me enteré buscaban una mecanógrafa
para unas horas en una casa que fabricaban jabón de lavar. Ni corta ni perezosa
me presenté, lo debí de hacer “tan bien” que al final de las dos semanas me
dieron unos ladrillos de jabón verde y no me dijeron que volviese; yo apenas
sabía buscar las letras en el teclado de la máquina y así debió salir el
trabajo.
El tiempo avanzaba y el final de la guerra
se veía más próximo. Los hombres eran llevados al frente cada vez más jóvenes
(casi niños) y más viejos (casi abuelos). Muertos, heridos, desaparecidos eran
las noticias de boca en boca y hasta aquel rincón tranquilo salpicaban las
preocupaciones.
Yo no sabía qué hacer para ayudar en la casa,
y mira por donde ocurrió que una tarde en un ensayo del Instituto unos
compañeros comentaron pedían Auxiliares Docentes para cubrir plazas vacantes de
Maestros ausentes. Me dijeron exigían por lo menos tres años de Bachillerato y
unos justificantes de ser adictos al régimen.
Yo les conté que mis documentos de estudios
era imposible presentarlos, pues en Madrid habían desaparecido, pero que me
sometía al examen que quisieran hacerme y es que claro, el tercero lo tenía sin
validez oficial. Les pareció natural y dos de los chicos del Instituto se
ofrecieron a acompañarme y avalarme políticamente. Dicho y hecho, sin decir
nada a los abuelos me presenté en el domicilio que me indicaron donde me
pareció estaba presidido por la C.N.T.
Ya desde la calle y por las
escaleras, todo estaba invadido por pasquines y banderas. En los salones del
local había un lío horrible, camaradas que entraban y salían puño en alto,
adornados por brazaletes rojos y negros y estrellas de cinco puntas etc. etc.
No sé si atribuirlo a valor o a
ignorancia e insensatez. Yo contestaba a sus saludos y actuaba como un camarada
más, nadie me objetó nada, creyeron el cuento de mis documentos perdidos por
los bombardeos de Madrid, no me examinaron ni preguntaron nada y rellenando una
solicitud y firmada y avalada por mis estudiantes amigos con carnet de la
F.U.E. fue ésta admitida en espera de nombramiento. Yo había puesto en primer
lugar de los tres pueblos preferidos el de Zarza de Tajo, pensando allí tenía
toda la familia del abuelo que nos ayudarían mucho.
No pasaron muchos días, cuando recibimos el
nombramiento como Maestra o Auxiliar de Zarza. Fue para todos una gran sorpresa
y una mayor alegría, allí con mi sueldo podíamos los tres pequeños, el abuelo y
yo esperar el final de la guerra. Era primeros de enero y duró ésta hasta
finales de marzo (¿?).
Ya y con los preparativos de mi marcha a
tomar posesión, me enteré de otro Falangista de Valencia, que quería volver a
pasar una expedición de gente escondida o deseosa de llegar a la otra zona.
Esta vez dijo que el camino iba a ser mucho más corto, unas paradas y descansos
y finalmente vendría un camión nacional que terminaría de incorporarles a las
tropas de Franco.
Ante tantas y tan buenas perspectivas
volvieron mis primas a preparar la segunda escapatoria. De casa saldrían los
tres, Ramón ya más animado, Andrés y el otro chico que apenas conocí. Creo que
el organizador preguntó por el abuelo y
Teresa le dijo, que ese señor no se ocupaba más que de sus hijos, conque no
tuvieran miedo de él pues se trataba de un Profesor destituido y muy de ideas
religiosas y demás, pero que no le dijeran nada. Naturalmente mi padre no pasó
nunca a las reuniones preparatorias.
Por lo visto estaba todo tan bien organizado
que cuantos más se unieran en esta salida mejor, así que pasaron varias semanas
sin que se efectuara la marcha.
De esta forma llegó el momento de mi
marcha y todo seguía igual, muy contenta y avisados los tíos Perico y Magdalena
nos empezaron a preparar la casa de la prima Anita, que una vez asesinado José
su marido, marchó del pueblo con su hermana Piedad, Maestra de Villarrubio con
sus tres hijos pequeñísimos.
De tal manera y hasta que la abuela
preparase al abuelo y a los tres pequeños que me seguirían al pueblo marché yo
sola a tomar posesión de una (¿?), con calcetines, dieciséis años y unos sabañones
que me hacían llorar muchas veces.
Y vamos a dejarlo aquí, os prometo que os hará
gracia mi nueva carta y más sabiendo que todo terminó bien. Que sigáis tan
buenos, os lo desea y abraza vuestra
Madre
CARTA
XXVII
Burgos 21- 9- 1.985
Queridos
hijos: Esta vez tengo que retrasar mi relato. Lo dejé en la carta anterior
con mi feliz llegada a Zarza como Auxiliar Docente de la Escuela que un maestro
(no recuerdo el nombre, ni tampoco lo diría) había dejado vacía por
incorporarse al frente; estaba casado con D.ª Catalina, la Maestra titular de
niñas, pero se habían huido ambos (¿?) y la cosa resultaba difícil dada la
diversidad de niveles y conocimientos de los educandos. Tampoco encontré
obstáculos, hice varios grupos y me las arreglaba como podía, pues de Pedagogía
llevaba solo la heredada de mis padres y los muchos comentarios que en casa se
hacían de esta materia.
Bien, pues días antes de salir de
Cuenca ocurrió el pasaje más cómico que podéis imaginar y que yo trataré de
contaros, mientras me río sólo de recordarlo.
En una de las últimas cartas ya os
decía que os iba a contar la función, o mejor dicho el sainete, que organizaron
mis primas a causa de la llegada de otra pariente acompañada de su hija, una
chiquilla viva y espabilada, también de Zarza y como casi todos ellos también
parientes.
Lo retrasé porque veáis Joaquín no tomó
parte y sí uno de los chicos nuevos, la mar de gracioso, Joaquín estaba ya en
la zona llamada Nacional. Pues bien allá voy.
¡Bendita Teresa! Ya me había comentado el
abuelo que todas ellas, pero ésta precisamente era la más parecida a su madre
en cuanto a bromas y ocurrencias, siendo bien conocidas en todo el pueblo y
haciendo reír a carcajadas por sus guasas y verdadera gracia.
Ella fue la que lo organizó todo y en esta
ocasión lo demostró plenamente.
Ocurrió que por aquellos días aparecieron
sin previo aviso la tía Honorata y su hija Miguela; traían como presente dos
hermosos panes y un pollo, y como asunto para resolver el caso de un hijo mayor
que había desaparecido del frente, y querían solicitar el pago mensual que
otros recibían al ser baja en las tropas que luchaban.
Quiero recordaros hijos míos, que iba
corriendo el segundo año de lucha, y el ambiente no tenía ya nada de eufórico.
Se iban perdiendo capitales y las tierras y cotas más estratégicas iban cayendo
del lado del bando opuesto.
Los alimentos escaseaban más, el dinero,
todo en papel, valía cada vez menos y el estraperlo subía de tal forma, que era
casi imposible comprar nada; pero en los pueblos se defendían de forma distinta
y tía Honorata, que era como se la conocía en el pueblo se le ocurrió arreglar
los “papeles” en Cuenca y hospedarse los días precisos en casa de sus lejanos
parientes. Pensaban ellas se llevarían un buen “pellizco” pues cobrarían los
atrasos ya que su desaparición hacía más de un año.
Antes de seguir os pongo en antecedentes que
el tal desaparecido, un tal José, vivía hacia años en Madrid, era policía, y
reconocido por todos como un miembro destacado de derechas; y que se rumoreaba
e incluso se aseguraba que se había “pasado” a las filas nacionales, al poco de
llegar a las trincheras. Venían la “tía” Honorata y su niña, totalmente
enlutadas, con sus sayas negras de la época, el pañuelo de cabeza casi hasta cubrir
los ojos y demás indumentaria. Me falta decir que otro pañuelo de mano no se
les caía de ella, pues lloraban con verdaderos aspavientos la “muerte” de José
en cada momento.
Estaba yo fregando las escaleras y
descansillo de mi habitación cuando oí risas, que salían de la salita. Hablaban
de ensayo, de “chico tonto” de la tía Honorata y entre las tres primas estaban
las voces de dos de los escondidos, la de Ramón, que se reponía de su regreso
de la expedición y la de uno de los nuevos un tal Andrés.
Recuerdo perfectamente que dije para mí: “Esto no me lo pierdo”. Seguía
escuchando Antonia insistía en la necesidad, de que tanto la madre como la
hija, no podían permanecer en la casa un día más sin llegar a darse cuenta del
peligro que suponía tener tres hombres escondidos fichados y buscados por la policía. Había que inventar algo para lograr salieran
de casa cuanto antes; y vaya si lo inventaron.
No olvidéis hijos míos, que os tengo dicho
los consabido huéspedes eran de una familia bien acomodada económicamente,
aunque en Zarza no haya latifundios se les consideraba como ricos. Pero ¿y
dejar de cobrar 60 duros todos los meses…?
Había que probar fortuna. Bueno,
pues habiéndoos recordado todo esto, voy al grano. Yo seguí fregando el suelo
de mi dormitorio, con la puerta abierta
y efectivamente entre risas y chanzas no dejaban de ensayar de viva voz como
iba a desarrollarse la función.
Por supuesto Honorata y compañía habían
salido de visita y aprovecharon el rato bajando de la parte alta los
“fantasmas” como yo les decía y preparando el enredo.
Como lo pensé lo hice. Al anochecer y sin
decir nada al abuelo, entré en el cuarto de estar donde se hallaban todas
reunidas, con mi merienda cena. Lo recuerdo bien un trozo de pan y un poco de
queso durísimo, que me había dado Teresa; debía ser verano pues estoy viendo el
balcón abierto a la calle trasera de la principal muy estrecha y oscura, me
metí en él haciéndome la distraída mirando a la tenue luz de la bombilla, los
pocos transeúntes que pasaban.
Y en efecto en seguida empezó la función.
En escena Teresa que cosía a mano, Amalia que
remataba unas servilletas y Antonia o Toni, que le daba a la máquina de
escribir como Dios quería pues estaba procurando aprender para colocarse en
algún sitio terminada la guerra, como así fue. Mientras escribía, se quejaba de que iba a
venir el “Capitán” y no tenía terminado su trabajo encomen-dado. Muy
modestamente sentadas la madre y la hija no decían una palabra, pero con los
ojos, lo observaban todo.
Fue Teresa la que rompió el
silencio.
– Ya verá “tía Honorata”, si el “Capitán” se
ocupa de ello, que se ocupará… le arregla sus papeles en veinticuatro horas.
Nos quiere mucho, Toni es su secretaria particular, le trae el trabajo y a
otras horas viene a recogerle.
Vd. no pude suponerse los trabajos y asuntos
que lleva, está ocupadísimo, pero en las cosas de las pensiones es el amo; solo
se hace lo que él manda. Han tenido suerte con venir aquí, eso está hecho. – Falta hace – comentó la buena señora - pues el tío Julián y los muchachos están
solos, y ya sabes hija lo que son los hombres, todo el día en el campo… la casa
sola…
- Sí –continuó Teresa la mar de seria, estas
cosas de papeleo lleva muchos días, pero con recomen-dación…
Yo seguía en el balcón royendo el queso,
pero sin perderme un detalle, de lo que solo una imaginación maravillosa y una
gracia especial podían haber planeado en tan poco tiempo. Y no digamos con la
soltura y naturalidad como la cosa había empezado.
No habían pasado
diez minutos cuando llamaron a la puerta de la calle. Amalia se levantó para
abrir; tirando de una cuerda no era preciso bajar los dos pisos.
– Ya está aquí el Capitán – dijo Teresa sin
dejar su costura. La tía Honorata se arregló con esmero el pañuelo negro de la
cabeza y la niña también me pareció preparaba mejor postura en el asiento.
Teresa siguió aconsejando a la forastera mientras le decía
– No se preocupe por nada; Vd. le explica al
Capitán todo lo de José, en el frente que estaba, el tiempo que hace que no
saben nada de él y le da los papeles que trae del ayuntamiento de Zarza… Y en ese momento me volví desde mi balcón,
para ver la entrada del célebre “Capitán”, que yo suponía quien lo
representaría, Ramón, el que era el mayor de los tres escondidos en esos días y
el de más prestancia, pero cual sería mi sorpresa al ver entrar a Andrés, uno
de los chicos nuevos vestido de soldado correctamente, hasta le habían cortado
el pelo. A penas entró en el cuarto de estar levantó el puño para saludar con
el consabido – Salud camaradas.
¿Está aquí el Capitán Rico?
Pero en todos sus ademanes representaba al
que por la mañana yo había oído decir el
“chico tonto”. Medio tartamudo, patizambo, arrastrando los pies daba la
impresión de no poder ni con las botas.
Mi asombro fue tal que creí tendría que salir de la habitación por no
poder contener la risa, pero no quería perderme la función, me di media vuelta
como si mirase a la calle con interés y metí en mi boca un trozo de queso para
seguir royendo.
Teresa fue la que
continuó la farsa.
– Siéntate un momento, el Capitán Rico no
tardará, está ya a esta hora todos los días.- Tú ¿de dónde eres?... ¿Cuántos hermanos
tienes? Y… ¿tus padres viven? A penas terminó Teresa sonaron unos estrepitosos
golpes en la puerta de entrada.
Ahora sí que era el “Capitán”.
Mientras
subía las escaleras se le notaba su mal genio, al hablar con Amalia. Al hablar
con Antonia sacaba y metía papeles en la máquina que ya os dije a penas
conocía, pero representaba su papel de secretaria importante.
La llegada del esperado Jefe me dejó
perpleja.
Se
conoce no habían encontrado uniforme de tal graduación, pero no se pararon en
ello, como entonces los uniformes a veces eran todo menos uniformes, le
habían colocado un mono caqui, en él habían clavado condecoraciones estrellas
de cinco puntas el consabido martillo
con su hoz y tanto en el pecho como en el gorro de campaña que portaba
las tres barras de su graduación. La zona roja no usaba estrellas en los
uniformes militares, en su lugar llevaban barras doradas, una de alférez, dos
los tenientes y tres el capitán, del uniforme de los jefes no recuerdo nada; lo
que sí parece le estoy viendo es un pañuelo rojo al cuello con las siglas
U.H.P., Uníos Hijos Proletarios, tan usado aquellos años y que los de distintas
ideas leían en voz baja “Uníos Hijos de P…” Bueno el actor era esta vez Ramón,
tan delgado con cara de amargado y peor genio, entraba sin apenas saludar para
recoger los papeles que le entregaba Antonia.
El “chico tonto” se puso de pie para saludar
con el puño en la sien y el…”Salud camarada Capitán”. Ramón se hizo el sorprendido al verle y
contestó al saludo.
-¡Salud! ¿Y tú qué deseas? le dijo sin apenas
pararse a mirar al soldadito.
– Vengo de parte de mis padres porque el
Antolín mi hermano, hace mucho que no escribe, no saben qué será de él pues al
Ayuntamiento no llega la baja y no cobran nada todavía.
El Capitán se puso más serio todavía, miró al
pobre soldadito de arriba abajo y dijo secamente.
– Antonia escribe. Anota datos personales. Y
con muestras de mal humor continuó preguntando secamente mientras se colocaba
los lentes que por no ser de él se escurrían por su nariz. Yo no podía
comprender como todo aquello se verificaba con tal maestría.
- ¿Qué es tu padre?
- Es barbero, mi Capitán. ¿Y… tendrá alguna tierrecita?
- Sí, mi Capitán alguna.
– ¿Y casa, y animales para trabajarlas?
-Sí, mi Capitán – contestaba tartamudeando
mi buen Andrés, sin desfallecer de risa ni un momento.
- ¿Y no tenéis su baja
como muerto?
- No, mi Capitán,
solo como desaparecido.
– Desaparecido – Rumió mi buen Ramón con cara
de perro – Vienes a exigir la paga con una barbería propia, unas tierras no
requisadas un…capital y de un hijo mala madre que seguramente se ha pasado a
los fascistas.
Aquí los gritos parecían retronar toda la
casa.
-
Vosotros, vosotros sois la Quinta Columna, la que está minando y estafando a la
España Leal, a Rusia y a la República. Vosotros los que vais retrasando el
triunfo del Frente Popular y el Proletariado. Vosotros los Burgueses que
trabajáis escondidos y agazapados en nuestras filas aniquilando nuestra
ya pobre economía, queriendo destrozar al Ejército del Pueblo…
Toma buena nota de todo Antonia y una vez
investigado el camarada desaparecido, y si es así como yo me figuro, esta
familia… ¡Al Paredón…!
El “chico tonto”, cuadrado y con el puño en
alto saludó medio temblando mientras desaparecía por el “foro”.
- ¿Hay algún otro asunto? – gritó
dirigiéndose a Antonia.
Y éste fue el momento cumbre del sainete.
Teresa sentada junto a las conocidas
zarceñas, le daba con el codo y le decía bajito.
– Ahora Vd. tía Honorata.
La pobre mujer no despegó los labios.
Yo salí de la habitación como pude. Esa noche
el abuelo lloraba y reía como jamás le vi, mientras le relataba la consabida
función, solo repetía:
- Increíble, para estas cosas su madre se
pintaba sola. ¡Cómo se hereda!
A la mañana siguiente, la “tía Honorata” y su niña ya no estaban. Se
habían marchado a Zarza, dejando en Cuenca el pollo y los dos hermosísimos
panes.
Hijos míos ya os dejé por escrito la escena
que tanta gracia os hacía cuando os la comentaba. La verdad es que era
peligrosísimo que nadie viviera en esa casa unos días; los chicos escondidos no
permitían huéspedes, y fue esta ocurrencia por ellos interpretada, la que los
dejó tranquilos en su encierro.
No
dejéis de llamarme. Me alegra mucho hayáis tomado la determinación de……………………………………………………………………………...............
Os quiero mucho.
Besos
vuestra
Madre
CARTA XXVIII
Burgos 12- 10- 1.985
Mis
queridos hijos: Hoy cojo la pluma llena de nostalgia y miles de recuerdos. Toda la vida pensé casarme este día, el día
de la Virgen del Pilar………………………………………………………. ………………………………………………………………………………. Voy a seguir con mi relato, ya me va
costando terminar, pero si Dios quiere lo haré pues va quedando poco.
Os acordáis que os contaba había hecho yo
una solicitud para llevar una escuela como Auxiliar, dado el número de hombres
que estaban movilizados. Fue cosa milagrosa, encontré amigos de la C.N.T. que
pronto me avalaron como evacuada de Madrid con el Socorro Rojo pero sin
documentación escolar, total que en pocos días tomé el tren y avisados los tíos
Magdalena y Pedro pronto arreglaron como pudieron la casa de tía Anita que salió huyendo del
pueblo con su hermana Piedad Maestra de Villarrubio con sus tres hijos. Habían
matado a José su marido, un hombre bueno y cabal, trabajador, pero que envidias
y rencores llevaron a la muerte a muchos hijos del pueblo.
Cuando llegué a Santa Cruz me esperaba como
siempre el tío Perico con su carrito y su “macho”. ¡Cuántos años fueron mis
compañeros! Pues desde pequeña fue siempre mi lugar de descanso preferido y
encontrándome con esta familia tan bien,
tan parecida al abuelo que no dudo en decir les quiero y he querido
siempre de un modo especial.
Después de unos 7 km. que dista Zarza de
Santa Cruz, llegamos al pueblo sin novedad.
Tomé posesión de mi escuela y recuerdo tenía
entonces 16 años, llevaba calcetines y unos enormes sabañones que me
acompañaron todos los años de guerra.
El día primero que abrí la clase me apenó
su estado. El aula era grande y espaciosa, pero el mobiliario era fatal. Los
bancos eran viejos, desvencijados, en las ventanas no había cristales, era una
especie de sábana o (¿?) la que cubría el hueco, dejando entrar el frío y
poquísima luz.
Los niños que acudían no eran pocos, creo
que entre 40 y 50 de diversas edades y niveles, pero no me asusté.
Sería
casi un mes lo que tardaron en llegar los pequeños y el abuelo, yo que había
estado viviendo en casa de los tíos me marché con ellos a casa de la tía Anita
que tenían cerrada desde principios de la guerra, como ya dije.
Por la mañana el abuelo muy temprano encendía el fuego, los tíos nos
dieron de todo, sarmientos, paja, cepas y troncos de algún árbol del valle que
ellos tenían. Por cierto que en uno de estos troncos, el abuelo hizo un hueco
con su navaja y en él guardó o escondió unos duros de plata que circulaban
antes de la contienda, y que fueron recogidos por el actual gobierno. Lo hizo
muy bien, guardado el “tesoro” volvió a cubrir el agujero con la misma corteza, líquenes y
hojarasca, pero eso sí, con una señal que yo solo conocía, para que nunca lo
pusiera en el fuego bajo que era donde nos calentábamos y hacíamos las comidas.
Bueno, sigo con el programa de todos los
días, una vez encendido el hogar el abuelo se encargaba de hacer las gachas de
harina de almortas con las que desayunábamos todos, mientras yo vestía y
arreglaba a mis hermanos, Amparito iba a clase con la Compañera, tío Pepín, se
quedaba, creo que era el abuelo su profesor.
En
mi aula me sorprendió no ver cristales en la ventana grande y espaciosa habían
colocado a modo de bastidor un trozo de tela o lienzo de (¿?) y claro la luz no
era demasiado buena. Tenía tiza y una gran pizarra, yo no recuerdo como dividí
o agrupé (pero lo hice), los niños y niñas que llegarían a más de cuarenta y
tantos. En el recreo, salía corriendo a casa (todo estaba cerca, vivíamos en la
Plaza) entonces hacía las camas y
preparaba la comida que el abuelo se ocupaba de cuidar y nuevamente volvía a mi
clase.
Muchas tardes me quedaba con mujeres mayores
que querían aprender a leer y escribir para cartearse con sus novios y maridos
sin tener que recurrir a otras personas; éstas me pagaban con huevos, aceite,
jabón que junto con el sueldo y la gran ayuda de los tíos íbamos viviendo sin
necesidades.
Como la casa estaba abandonada temporalmente no
había más que una bombilla en la cocina y el resto de la casa la iluminábamos
con un candil; así de esta forma al acostarnos llevaba junto a mi cama la tenue
luz y allí pasaba unas horas estupendas leyendo libros que me dejaron unas
amigas. Esas veladas las recuerdo con verdadero deleite, pues por entonces se
leía bastante más que ahora con la televisión. Y así iba pasando el invierno un
tanto tranquilo ya que nada o poco llegaba allí de luchas y problemas de guerra
al tiempo que se iba mastican-do el final, con los avances últimos de las
tropas de Franco
Vinieron a Zarza unos amigos de mi familia que
habían pasado la guerra en Cuenca parientes también de mis primas y nos
trajeron noticias de lo ocurrido y de la causa de que ellas se encontrasen detenidas
en la cárcel desde la misma noche en que mi padre salió para Zarza.
Pero esto lo dejo para otro día.
Hijos
míos cuidaros mucho y cuidar a mis nietos como hasta ahora. Os abraza a todos
con el mayor cariño de vuestra
CARTA XXIX
Burgos 18- 10- 1.985
Mis
queridos hijos: Ya sabes Pepe Luis que el día primero de este mes te felicité
personalmente........ ……………………………………………………………………………..................
Pero quiero seguir con mi relato, como
os prometí y ya en la última etapa, pues apenas quedaban unos meses para
terminar la guerra tan llena de pasajes novelescos y que os repito no pudieron
ser más reales
A pocos días de reunirme con mis pequeños
hermanos y mi padre, llegaron de Cuenca unos amigos que habían pasado unos días
con asuntos de médicos. Muy preocupados corrieron a contarnos la suerte que
habíamos tenido al venir a Zarza y salir de la casa del tío Jesús. Habían ocurrido muchas cosas y todas
precisamente la noche que el abuelo decidió irse a dormir al vagón del tren que
a la mañana de madrugada salía para Santa Cruz. Resultó que el pobre mío se encontró
solo, cargado de bultos, con tres criaturas pequeñas y siempre tan previsor que
decidió irse al atardecer despacito, a la estación y allí en un vagón preparado
para la mañana siguiente dar de cenar a los niños y acostarlos allí en los
asientos.
Él vio en
todo siempre la Providencia y la verdad que una vez más acompañado del Ángel
San Gabriel del que nunca se olvidó en sus pasos, le condujo sacándolo de
los peligros una vez más.
No serían más de las once,
cuando ya los chicos escondidos salieron como la otra vez camino de Teruel,
oyeron mis primas llamar de forma un tanto infrecuente. Al abrir se presentaron
unos cámara-das con orden de registro. Uno más pensaron, pero esta vez la casa
estaba vacía y no creían tener preocupación alguna.
Lo primero que abrieron fue la cueva de
la entrada y pronto advirtieron muy extrañadas que estos hombres no buscaban ni
dudaban nada. Rápidamente sacaron la Radio de entre la leña, con la que se oían
los partes nacionales, y sin dudarlo levantaron las trampillas para sacar
también, la Custodia, el cáliz una patena y muchas cosas más del convento
próximo y que durante la guerra habían salvado de otros registros, seguidamente
y después de mirar nuestra habitación y el resto de la casa se marcharon, pero
llevándose a las tres detenidas por conspiración complicidad etc. etc.
Lo primero que pensaron fue que por
unas horas la expedición estaría ya al alcance de ellos y los chicos se habrían salvado de forma milagrosa.
Fueron conducidas a la cárcel, sin sospechar
bien de donde podían venir las denuncias tan concretas que conocían pelos y
señales de tantos escondites.
La respuesta la encontraron días después de
la forma más inesperada.
Estando
una mañana tras las rejas de la cárcel se entretenían en ver pasar por el patio
a los hombres en su rato de recreo, resultaba que en aquella época la cárcel
estaba separada en varios patios, los primeros eran de los hombres y arriba lo
destinaban a las féminas; pues bien como os decía hijos míos, cuál no sería su
asombro al ver pasear en dicho patio a toda la expedición segunda. Resultó que
tan pronto fue salir de casa engañados por el “camarada falangista”, eran
conducidos al Comité que los iba condenando por…etc., etc.
No cabe duda que fue una operación de
contraespionaje fantástica; cayeron como corderi-tos de la forma más cómoda.
Enseguida compren-dimos el deseo de aquel falso enlace nacional, quería fuera
la expedición con gran número de personas, de conocer los escondrijos de todos
y de todo, de prometer para animarlos de tantas cómodas facilidades de huida en
fin, el resto podéis imaginarlo. Tanto el abuelo, como los tíos y yo no
dejábamos de dar gracias a Dios y al tío Cristino que una vez más le había
salvado de este serio trance. Creo que mis primas se comunicaban como podían
con los chicos cuando unos u otros paseaban por el patio y que ellas tan
valientes como siempre no dejaban de animarles con su siempre espíritu
valeroso.
Bueno hijos míos, no me negareis que este
episodio no deja de ser interesante, no cabe duda que la cosa se estudió y
preparó de maravilla, pues nadie dudó nunca de la naturaleza del nuevo “enlace”
dado el nº de detalles idénticos a la expedición anterior. Se vio habían sido informados plenamente.
Pero claro ya la guerra estaba muy avanzada,
los clásicos “paseos” de los primeros meses no eran corrientes, ahora se les
juzgaba y demás, pues de haber sido en otra época la cosa hubiera variado
mucho.
Bueno hijos pues un episodio
más, tenéis escrito, ya va quedando menos, espero terminarlos antes de Navidad
para llevarlos yo a León personalmente.
Como siempre deseo muchas cosas buenas para vosotros y para Juan Carlos
trabajo y paciencia en su trabajo y estudios.
Para todo el cariño inmenso de vuestra
Madre
CARTA XXX
Burgos 30- 10- 1.985
Queridos
hijos: Con el gripazo que he pasado estos días ya hemos tenido comunicación
suficiente, y sabéis que sin gravedad alguna…………………………….......................... ............……………………………………………………………………….......................
Hoy rompo la pereza que este no hacer va
creando y quiero terminar mi relato como se iba terminando ya la lucha en todos
o en casi en todos los frentes. Ya os
dije cuando detuvieron a los escondidos, de la segunda tanda, y a las primas,
nos encontrábamos todos en Zarza de Tajo. Bien conocían allí la situación y las
ideas del abuelo, pero nadie nos molestó. El pueblo estaba silencioso, apagado;
no ya la juventud, también casi la edad muy madura, habían sido llamados para
el frente y la victoria de Franco se conocía hasta en los lugares más remotos. Por
las noches, las chicas, hijas y hermanas de los muertos en los primeros
momentos tan llenos de odio, nos reuníamos para hacer banderas y
brazaletes; camisas azules que
“bordábamos” con el emblema de Falange… Ensayábamos el “Cara al Sol” y
gozábamos lo infinito viendo llegar cada vez más próximo el día de la paz
Por entonces tuve que ir más días a Cuenca
para ver al dentista; llevaba noches terribles con una muela y decidieron
terminar con ella de una vez.
En cuanto tuve un momento libre fui a la
cárcel; pude ver a las tres primas. Las encontré muy guapas, más blancas pero
animadísimas me comunicaron que tras un juicio y demás habían sido condenadas a
muerte, pero ellas reían y me preguntaron por mi nueva vida escolar. Tras las
rejas con ese valor y decisión que siempre admiraré en ellas, me aseguraron que
pronto acabaría todo, que veían desde sus celdas a los chicos que paseaban por
el patio y que también estaban igualmente condenados a muerte, pero aunque os
sorprenda hijos míos, jamás las vi más contentas y sonrientes; me pareció que
el régimen penitenciario de entonces no pasaba de ser de lo más permisivo. La
cosa variaba por días y es que en efecto, ya casi nadie se ocultaba de hablar
de nada en cuestión bélica. Cuando volví a Zarza había muerto el tío Luis, vino del frente con permiso y debió
ser una apendicitis, pero mal atendido, la cosa fue fulminante. Yo mientras en
la capital, paseaba con mis amistades iba al cine y bailaba en los guateques
acostum-brados.
Esto ha sido una cosa que me ha remordido
toda la vida. Era el tío Luis el marido de la tía Mª Eugenia, muy joven y que
nunca pensé que tuviera otra cosa que un “atracón” de aceitunas y de cuanto
encontró en su casa, pues venía del frente totalmente desnutrido. El médico me
indicó buscase en Cuenca unas inyecciones y al volver y encontrar el caso
terminado, mi dolor fue grande, no me creí tan joven como para perder unos días
en diversiones y no haber llevado el encargo al día siguiente como hubiese sido
lo que debí hacer. Pero nunca pensé fuera grave la enfermedad del tío, ni quise
desaprovechar unos días que en Zarza no se podían conocer ni soñar. Os repito
que esa muerte me ha intranquilizado muchas veces.
Como os dije los días últimos del invierno
de 1.939 se marchaban rápidos llenos de la seguridad de una pronta liberación
pero dentro de la monotonía habitual.
Una mañana el levantarme vino a mí el abuelo,
llorando de alegría, en la torre de la Iglesia se veía ondear una bandera
blanca. ¡La guerra había terminado! Mi padre se abrazó a mí y como siempre
teníamos por costumbre dimos gracias a Dios.
Otro día os contaré más cosas
emocionantes y sorprendentes; aparecían personas que creíamos muertas,
tomaron el pueblo las fuerzas Nacionales… Bueno ya queda poco pero sí, el día
más trágico que he vivido en ya mis muchos años.
Hasta pronto. Estar tranquilos, de la gripe
solo quedan restos y me encuentro con apetito que al principio perdí totalmente.
Cuidaros vosotros mucho.
Con todo el cariño de vuestra
Madre
P.D.- Pero ese “otro día”
no llegó…o, por lo menos yo no recibí la correspondiente carta en la que se nos
narrarían aquellas “cosas emocionantes y sorprendentes”, ni los hechos que
dieron lugar al que, según mamá, fuera “el día más trágico de su vida”.
No obstante, tanto mi
familia como yo, tenemos en la mente una escena, que ella nos contó, y que
sucedió a la llegada de las tropas Nacionales a Zarza, y que es lo
suficientemente dura como para que pudiera ser el último renglón de esta
historia.
Como aún recuerda tía
Amparo – que por entonces andaría por los seis años -, el recibimiento a los
que para muchos del pueblo eran los salvadores, fue apoteósico, y entre aquella
gente destacaba -¡cómo no!- “la Juani”, que enarbolando una gran bandera de
España, animaba a todos.
Es de suponer que otros muchos permanecían
encerrados en sus casas, algunos con miedo.
De pronto, entre los
lugareños, se produjo un silencio que mi madre no supo interpretar…hasta que
alguien le explicó lo que sucedía: Resulta que entre los liberadores iba un
hombre joven, natural de Zarza, al que todos daban por muerto, pues era uno de
los que habían sido fusilados, al principio de la contienda, por vecinos
afectos a la República (posiblemente los mismos que mataron a nuestros
parientes).
Pensamos, que la escena
que vamos a narrar ahora, es a la que mamá se refiere cuando habla de esa gran
impresión que vivió aquel día.
A partir de aquel
momento, aquel muchacho se convirtió en el foco de atención de la gente que
andaba por la calle, y, con una cierta prudencia, le seguían por el pueblo…
aunque el recorrido fue corto. Se dirigió a una casa y, con la pistola en la
mano, golpeó la puerta.
Juani – pienso que más
por inocencia y desconocimiento que por curiosidad -, estaba al lado, mirando
la escena en primera fila… y de ahí, seguramente, la impresión que le dejaron
los acontecimientos.
Abrió la puerta un hombre
que, al ver quién era el que llamaba, no solo se quedó inmóvil, sino que – y esto es lo que más caló en mamá -, su
rostro se puso lívido, de un pálido mortal… ¡Se trataba de uno de los que
componían aquel pelotón de fusilamiento!
COLOFÓN
Como
colofón a esta “Historia Terrible”, que
todos los españoles sufrieron, pero mi familia materna en particular, me
gustaría confirmar los deseos y consejos que nuestra madre expresa reiterativamente
en muchos de estos capítulos:
-
“QUE NO HAY BUENOS Y MALOS; QUE TODOS SOMOS HIJOS DEL MISMO DIOS”.
-
“Que ante todo prime siempre LA PAZ, y que no nos dejemos llevar por ODIOS y
VIOLENCIAS”… ¡QUE NOS PERDONEMOS LOS UNOS A LOS OTROS!”
Y como muestra de que esta familia cumplió con
estos principios, contaré que cuando en Membrilla llamaron a nuestra abuela
Isabel para que declarase contra uno de los “manda más” que ordenaron el
fusilamiento del tío Cristino, su hermano cura, la abuela NO QUISO ACUSARLE.
En
León, a 15 de agosto del 2.017.
¡Ostras!,
he tardado 22 años en cumplir la promesa que le hice a mi madre de “pasar a
máquina” sus memorias y tratar de publicarlas, pero, por lo menos, lo he
terminado en un día muy especial:
¡”EL
DE LA VIRGEN”!
Juana María nació en Madrid, el 10 de noviembre de 1.922. Era hija de José Romualdo
y de Isabel, ambos maestros nacionales, y fue la mayor de seis hermanos, cinco
mujeres y un varón.
Murió en paz con Dios y los hombres en León, el 4 de marzo del 2.009, a los 87 años de edad.
AGRADECIMIENTO
El ser el
mayor de un montón de nietos, de una familia con un montón de hijos, retoños
todos de unos ABUELOS MARAVILLOS, tiene muchas ventajas… y es que he podido
disfrutar más tiempo de ese Cariño y de esa Generosidad que PEPE e ISABEL
repartieron a puñados durante sus largas vidas.
Pero no crean
que esa magnanimidad quedaba enmarcada en el ámbito familiar, ¡qué va!; en
aquella casa -“La Posada del Peine”, como la definía mi Abuela-, cabíamos
todos… y cuando digo todos, es TODOS: hijos, nietos, el matrimonio, dos
muchachas, parientes próximos y lejanos, así como toda clase de “membrillatos”
y “zarceños” de paso por “la capital” o soldados con permiso de fin de semana…
pronto descubrí que esa era una de las razones por lo que las camas de aquella
vivienda eran altísimas, y es que en todas había dos colchones… Cuando se
cubría el cupo de camas, pues se tiraban los “segundos” colchones al suelo, ¡y
arreglado!
¡Y todos
éramos felices!
Otra cosa es
lo que pudieran pensar los vecinos, porque, además de ser tantos, en esta
familia somos bastante “chillones”… y es que hablamos a voces, así que siempre
teníamos un guirigay nada despreciable.
Pero
nosotros: “¡Éramos Felices!”.
Evidentemente
Vds. podrán pensar, con lógica, que la herencia material que nos dejaron
aquellos santos no podía ser muy copiosa: La casa de Membrilla y la de
Rodríguez San Pedro…
Cierto, pero,
¡ay amigos!, el legado de Cariño y de Felices Recuerdos es enorme.
Cariño y
Generosidad que mis tíos nos prestaron a Juan Carlitos y a mí, pero - ¡y muy
especialmente! -, a JUANA MARÍA (“Juani”, para ellos), a lo largo de toda la
vida, pero, en particular, en sus últimos años, acogiéndola en sus casas cuando
la soledad de la viudedad se le hacía casi insoportable.
Sí, por eso y
por tantas otras muestras de vuestra bondad, mamá quiso dedicaros el recuerdo
de estas vivencias que os hemos presentado.
Vivencias
que, a veces, contaba con dolor, y en otras, en cambio, con un increíble buen
humor, y es que – como nos decía -, con esos años (13, 14, 15 y 16), las cosas
se viven de otra manera, pero eran narraciones que toda la familia escuchaba
con interés, disfrutando con ese gracejo y desparpajo suyos.
¡VA POR TODOS
VOSOTROS!... ¡GRACIAS!
Y, claro,
¡GRACIAS DIOS POR SU PROVIDENCIA!








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